El miedo a Vox y a un descalabro como el de Cs pone de acuerdo a PSOE y Unidas Podemos

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El “Pacto del Comedor” entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias tendrá que pasar el primer gran examen con la delicada situación en Cataluña.

Las elecciones del pasado domingo dispararon el consumo de ansiolíticos en la izquierda española. El reventón de escaños de Vox (52 diputados en un ascenso fulgurante) hizo saltar todas las alarmas, tanto en Ferraz como en la sede de Unidas Podemos. Tras conocerse los resultados de los comicios, malos para el PSOE y peores para la formación morada, esa misma noche electoral empezaron a sonar los teléfonos. Pablo Iglesias quería hablar con Pedro Sánchez. No hubo respuesta del presidente socialista en funciones. O al menos eso decían las televisiones. Sin embargo, sí debió haber algún tipo de contacto, ya que han bastado unas pocas horas para que los dos principales partidos de la izquierda española alcancen un principio acuerdo para un Gobierno de coalición que hace solo una semana parecía imposible.

¿Qué ha cambiado en apenas un par de días para que hayamos pasado del odio eterno al abrazo fraternal entre ambos líderes políticos y al preacuerdo de investidura o “Pacto del Comedor”? Nada en lo que se refiere a programas, estrategias y fobias personales. O mejor dicho, solo una cosa: el temor al ascenso de la extrema derecha. No hay cosa que una más que el miedo. El miedo rebaja los egos, las tensiones y la soberbia. El miedo es la medicina perfecta para entrar en razón y es capaz de convertir a dos enemigos irreconciliables en amigos entrañables. Antaño, cuando un niño se portaba mal se le metía en el cuarto oscuro, se le amenazaba con el hombre del saco y se le daba aceite de ricino. Vox ha sido el ricino de Pedro y Pablo, que han purgado en las urnas todos los errores que habían cometido tras meses de desavenencias, divorcios y rencillas.

Tanto un líder como otro han pensado para sus adentros aquello de “no siento las piernas” que decía el humorista. El primero porque su órdago electoral a todo o nada ha resultado fallido. El Gobierno en funciones esperaba sacar 150 diputados, tal como predecía el CIS de Tezanos, pero finalmente ha perdido 3 escaños. Por su parte, el líder de Unidas Podemos encaraba la cita electoral como un plebiscito a su gestión, una prueba de fuego para saber si sus votantes apoyaban su “no” a Sánchez tras el fiasco en la negociación. Pero el 10N tampoco ha respaldado el plan de Iglesias, que ha terminado perdiendo 7 diputados. La radiografía que quedó el domingo era trágica para el país y para la izquierda. Dos personajes goyescos atizándose duramente en un duelo mortal a garrotazos y desangrándose por los cuatro costados mientras los franquistas brindaban con champán a ritmo de pasodobles y Manolo Escobar.

Así las cosas, el futuro que les esperaba a PSOE y UP no era nada halagüeño. Si no había un acuerdo ya y prevalecía el empecinamiento, las posiciones maximalistas y la intransigencia frente al consenso, si no llegaba el ansiado pacto, el que fuese, eso ya daba igual, la consecuencia inmediata era ir a unas terceras elecciones que hubiesen sido nefastas para ambos. ¿Qué se podía esperar si de aquí a dos meses los españoles eran llamados de nuevo a las urnas? ¿Un PSOE en caída libre, arrastrando tras de sí a la socialdemocracia, y un Unidas Podemos con menos de 20 diputados? ¿Un Vox como segunda fuerza política en España dándole el sorpasso al Partido Popular? El riesgo de descalabro por ambas partes era demasiado elevado. Y la posibilidad de un país en manos del franquismo una irresponsabilidad que ni Pedro ni Pablo estaban dispuestos a que recayera sobre sus espaldas. La dimisión de Albert Rivera, presidente de Ciudadanos, era el ejemplo más claro de lo que les esperaba en caso de unos nuevos comicios. Y ya se sabe lo que dice el refrán: Cuando las barbas de tu vecino veas pelar…

A ninguno de los dos le quedaba más remedio que entenderse con el otro (aunque fuese con la nariz tapada), de ahí que hayan terminado abrazándose en el Pacto del Comedor y aceptando que a partir de ahora serán dos hombres y un destino. A Sánchez le tocará pasar largas noches de insomnio (él mismo dijo que no dormiría tranquilo con Pablo Iglesias en el Consejo de Ministros), mientras que Iglesias tendrá que acostumbrarse a departir cada viernes por la mañana con ese envarado presidente amigo de los halcones del Íbex 35. No será la situación ideal para afrontar las tareas de Gobierno y acometer las reformas que necesita el país. Menos aún si se tiene en cuenta que la coalición, caso de que se firme finalmente (lo cual está aún por ver teniendo en cuenta los antecedentes de los actores implicados en la función) dependerá en buena medida de una serie de partidos políticos minoritarios (entre ellos los independentistas) que no pondrán las cosas fáciles. No obstante, cerrar un preacuerdo a dos bandas era la solución más sensata para el futuro personal de ambos líderes de la izquierda y la mejor para los españoles. Ahora habrá que ver cómo se entienden el perro y el gato. Primer examen: el polvorín de Cataluña. ¿Qué pasará si la situación se descontrola en las calles de Barcelona y el Consejo de Ministros decide aplicar finalmente el artículo 155 de la Constitución? Será interesante ver cómo reacciona Pablo Iglesias. Por eso hay quien le da cuatro telediarios a esa coalición de izquierdas recién nacida. Y no le falta razón.

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