El mayor de los fundamentalismos

Recuerdo cuando las comunas, qué mal llevábamos al disidente, al intransigente. Algunas al no poderse recuperar de las medidas que tomaron contra ellos no volvieron a ser nunca las mismas. También recuerdo cómo acabamos los hippies de los sesenta, los del Mayo del 68 o los años previos a la caída del muro cuando el comunismo realmente existente se cayó del guindo. Pero ninguna cosa ilustra tanto el momento actual, ante la aparición del supuesto fundamentalismo de Podemos o de Esquerra, como el asunto de los Verdes, de los Grünen, en la Alemania unificada. No quisiera que cometieran los mismo errores, por mucho que la historia guste de patrones, de repetirse.

  La discrepancia del pragmático respecto del fundamentalista es que los cambios importantes requieren tiempo y el tiempo disponible para hacerlos es breve. Que aunque no se sepa cómo curar la enfermedad se tiene que hacer lo que se pueda por frenarla. La palabra fundamentalismo que parecía cosa sólo de los musulmanes acabó sirviendo para designar las dos piernas de los Verdes. Realos y fundis adoptaron los calificativos que para ellos habían forjado sus adversarios políticos con la astuta intención de conseguir lo que finalmente ocurrió: que armando la bronca entre sí llegaran a confundirse de enemigo.

  El fundamentalismo, el pragmatismo no son ideas, son actitudes. Sin embargo hay ideas que no pueden no ser una cosa u otra. El nazismo, la yihad son ideas que no pueden no ser fundamentalistas. Para algunos el capitalismo tampoco aunque parezca mucho más pragmático. El fundamentalismo no se entiende sin un enemigo, sin una imagen del enemigo rígida, inamovible y autojustificadora se queda en nada. Todos los judíos son malos, todos los que no creen en Alá pueden ser sacrificados o todos los políticos son corruptos, Europa, España, los banqueros nos roban…  eso ayuda a disipar las dudas.

  Los vendedores de prosperidad son los fundamentalistas del otro bando. Un estudio retrospectivo del fundamentalismo de los años ochenta y noventa demostraría fácilmente que la espiral comenzó con el asalto al poder por el fundamentalismo neoliberal. Ya se ha dicho, pero no lo suficientemente alto: el mayor de los fundamentalismos es el del mercado. Los fundamentalismos rojo y verde son sus hijos, lo han convertido en su enemigo. La realidad social no es algo que esté ahí fuera, incontrovertible y evidente. Ni está sólo fuera, ni se deja ver del todo y está siempre cambiando. El realo no la percibe mejor, por el sólo hecho de serlo, que el más enconado fundi (o viceversa). Uno no ve al enemigo entre los suyos y el otro sólo lo ve fuera. Unos pierden de vista su identidad y los otros la realidad. Unos comprenden sin vivir y otros viven sin comprender.

  “Los hombres que comienzan por combatir a la Iglesia en nombre de la libertad y la humanidad terminan renegando de la libertad y de la humanidad si eso les permite combatir a la Iglesia”. Decía Chesterton. ¿Acaso los guerreros liberales que están tan ansiosos por combatir el fundamentalismo antidemocrático, no terminan por dejar de lado la libertad y la democracia mismas con el único objetivo de combatir la crisis? Cuando más universal deviene la lógica del Capital, más lo que se opone a ella asume el aspecto de “fundamentalismo irracional”. Se nos ha llamado felices quienes vivimos bajo el imperio de cínicos manipuladores de la opinión pública, en lugar de hacerlo bajo el de los virtuosos y sinceros fundamentalistas dispuestos a comprometerse plenamente con sus proyectos.

  Sin embargo para que la idea de lo público, en oposición a lo privado, haya sido inventada, han sido precisas generaciones de juristas y pensadores. La propiedad social genera una cohesión, un reforzamiento de los vínculos sociales de solidaridad, que los apóstoles del mercado han tratado de romper de modo irresponsable. Paradójicamente la  marejada neoliberal, que hacía cada vez más necesaria la acción concertada de organismos internacionales para velar por el interés general de los pueblos, intensificó los sentimientos localistas, nacionalistas, identitarios, es decir reaccionarios. En estos treinta últimos años la globalización de capitales volátiles, el fundamentalismo del mercado especulativo, ha dado alas a los fundamentalismos religiosos, a la xenofobia y a los nacionalismos. La realidad, la identidad, sean lo que sea, son nuestros enemigos favoritos. A por ellos.

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