El mar de los muertos

Cuando observamos el trato infame a los jóvenes subsaharianos que intentan pasar a España por Ceuta o Melilla, a los que se recibe con vallas de cuchillas y cargas policiales españolas y marroquíes, uno siente dolor, vergüenza y rabia al ver cómo se denigra la condición del que debiera acoger, tratando como a un animal al que debería ver como a un hermano o al menos como a un igual necesitado de ayuda. Que hablen luego de caridad cristiana o derechos humanos estos energúmenos, especialmente quienes les dirigen desde los palacios religiosos y civiles  y los parlamentos. Todo esos visten traje de ceremonia en las cumbres políticas o en los fastos del Vaticano,pero es para ceremoniar la muerte, porque no tienen disculpa estos crímenes ni tampoco los responsables de la migración masiva: ellos y  las grandes industrias armamentistas y energéticas y sus guerras;  las diversas multinacionales con sus complejos circuitos financieros, tan legales como espiritualmente ilegítimos por sus principios egoístas, su falta de principios espirituales , su nula humanidad y conciencia y sus acciones destructivas sobre personas y sobre el medio ambiente. Pero su poder es tan grande que corrompen a los gobiernos y les presionan de tal manera para conseguir sus objetivos, que los sistemas democráticos y los parlamentos se pliegan a sus deseos mientras elevan murallas de desconfianza y de prisiones -los llamados CIES-  por no ser capaces de oponerse a la injusticia global ni asumir las consecuencias de su servidumbre política. Sin embargo sabemos de sobra que si los políticos cerraran filas para contribuir al desarrollo económico y social de los países de origen de los inmigrantes, en lugar de ser siervos de los grupos financieros y grandes corporaciones, y montar guerras para apropiarse de materias primas y poder estratégico, este problema desaparecería. Y sabemos de sobra que todo ser humano debe tener los mismos derechos que cualquiera otro, sea de donde sea, incluido el derecho a pasar fronteras que han sido inventadas para impedir, precisamente, ese derecho.

Hemos llegado así al punto de que los gobiernos llamados democráticos son cada vez más representativos, sí,  pero  no de la voluntad popular, sino de la voluntad empresarial que desconoce la piedad, la compasión, el amor y todo valor  que no sea el del mercado de valores. Apoyemos a los inmigrantes en la medida que podamos: son nuestros hermanos, no podemos quedarnos indiferentes ante tamaña doble injusticia: la de ser pobre y la de ser agredido y rechazado por serlo. Por lo demás, todos somos conscientes de que la inmigración no cesará. No se le pueden poner puertas al campo. Ni puertas, ni vallas con cuchillas afiladas, ni muros de hormigón. El hambre  no reconoce fronteras, pero vive rodeada de  muros que separan todos los nortes de todos los sures. Es preciso y urgente  derribar esos muros, todos los muros y todas sus vallas.Eso solo puede hacerlo un equipo de gobierno independiente, y no como hasta ahora, formado por gentes sin moral y sumisos a partes iguales a la Iglesia, a las decisiones del FMI, a Alemania, a la Banca y al rey de Marruecos.

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