El manifiesto de un filósofo tramposo

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No hace todavía un mes que Fernando Savater publicó, secundado por algunos intelectuales de su cuerda, un Manifiesto por la Defensa de la Lengua Común, texto plagado de lugares comunes y frases políticamente correctas. En vista de que no logró la aclamación esperada, fustigó a sus detractores con un artículo en El País donde les espeta que no lo han leído o que tergiversan el contenido.

En realidad sus críticos han actuado con lógica, pues más que al dedo (el manifiesto), han mirado a lo que señala (el objetivo), que no es otro cosa que la supremacía de la lengua española frente al vasco, el catalán y el gallego. Savater conoce perfectamente la situación de debilidad a la cual siglos de discriminación han dejado reducidos a los otros idiomas, y sabe que en "igualdad de condiciones" seguirán un proceso de minorización hasta desaparecer. El filósofo, radicado en Madrid y respaldado por periódicos madrileños, apuesta por el darwinismo lingüístico y pide el fin de toda política de discriminación positiva hacia unas lenguas que Francisco Franco intentó borrar del mapa. Se aferra a casos puntuales de personas que han sufrido trabas al querer utilizar el castellano, para ignorar las inmensas dificultades, y a veces la completa imposibilidad, que tienen los hablantes de los otros idiomas para desarrollar la vida en sus lenguas autonómicas.

Este filósofo mediático está indignado porque la gente ha sido más inteligente de lo previsto y no se dejó engañar por su juego de manos. Conociendo bien las obsesiones personales y las orientaciones políticas del personaje, comprendieron que su objetivo no era defender un idioma vigoroso como el español, sino condenar a la agonía a las lenguas minoritarias. Sabían que hacía trampas y cometieron la insolencia de mirarle las mangas. En el salvaje oeste, que es lo que en el fondo este intelectual libertoniano desea para el prójimo, le habrían dado una buena tunda de palos. Aquí, mas civilizados, cuando le dicen que ya no puede embaucar, que lo conocen bien, se muestra despectivo, como si solo él supiera leer y escribir.

Llegó a amenazar con la publicación de una lista de los que no firmaran su manifiesto. Sin embargo, ha podido comprobarse que ya no asusta a nadie con su retórica. El año pasado todo el país pudo ver como Juan José Millás y Boris Izaguirre ganaban un concurso literario al que nuestro querido filósofo se presentó convencido de que estaba amañado a su favor. Tampoco engañó a los electores, y cosechó sólo un diputado por la capital del Reino mientras que en las tierras “oprimidas” por los nacionalistas fracasó estrepitosamente. Con su manifiesto ha logrado sólo el abrazo del oso y hasta sus incondicionales saben ya que navega en el barco de Jiménez lo Santos y Pedro J. Ramírez.