EL Machikini

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Por Carmen Godino Megía y Daniel Pineda López-Páez

Al fin un día libre, y ¡menos mal, hace buen tiempo! Tras dos semanas de currar sin parar necesito mi momento de relax. Cojo mi bolsa de playa, me preparo: toalla, lectura escogida, buena música y ganas de desconectar. Entre semana no hay nadie, hay bastante sitio, me pongo en un lugar tranquilo cerca de la orilla. Disfruto de la brisa, el salitre, mis pies sobre la arena, el sol en mi piel, aprovecho para quitarme la parte de arriba del bikini, tomo el sol hasta quedarme frita, me pego un baño. Me siento, gafas de sol, miro a un lado y… ahí están.
A unos metros a mi derecha, eran tres, tumbados, escucho sus risas desde hace rato, pero mis ganas de desconectar y no hacer caso a ninguna existencia me pueden. Les he mirado hace un rato de reojo, hablan entre ellos, hacen bromas de tipo sexual, me analizan. Intento hacer caso omiso: una se acostumbra, por desgracia, eso siempre está ahí. O bien, no te acostumbras, pero empiezas a seleccionar cuando y donde quieres entablar una guerra. En este momento, yo solo quiero descansar.
Uno de ellos se levanta, y fíjate, no tenía otro rumbo, otro camino que coger, que el directo hacía mí. «Va, pasará de largo, seguro que tiene algún familiar cercano en la otra punta de la playa, no seas malpensada, así que tranquila, tú como si nada». Me pongo la parte de arriba, abro el libro por cualquier página, me suena el móvil, aprovecho para mirar los mensajes. Olas más fuertes, ruido, levanto la vista: ahí está, delante de mí, con su mejor vestimenta, la que siempre lleva, la que siempre llevan: el «machikini».
El «machikini» es una prenda que siempre está de moda. Siempre está de rebajas si tu nivel de machismo es el suficientemente alto para que puedas alardear de él bajo el sol, apestando a crema protectora contra la inteligencia y el respeto. Cubre al machirulo desde la cabeza a los pies, tapando tu espacio, el mismo que invade con sus sobresalientes frases de hombre que va a la salvación de una desvalida mujer solitaria (¡oh, por favor, las mujeres no pueden estar solas! ¿Qué clase de tragedia es esa?¿Cómo sobreviven sin un macho alfa?).
La temporada de «machikini» aparece con el primer: «¡qué bien que llega el verano y puedo ver a las mujeres fresquitas!», «es que las mujeres en verano se visten de unas formas tan provocativas, ¡qué es imposible contenerse!» y continúa en las miradas de un grupo de hombres que te siguen desde la toalla hasta el agua, desde el agua a la toalla, mientras te comes un sandwich, analizando tu cuerpo, poniendo de manifiesto que lo están analizando. El «machikini» no entiende como las gordas, las feas, las mujeres mayores, todas aquellas que no pasan por el filtro normativo se permiten el lujo de ir a la playa a estropearles el paisaje. El «machikini» quiere playas con mujeres de calendario. Y poder acercarse a ellas o invadirles el espacio con un solo gesto.
Existen diferentes tallas y colores de «machikini». Éste que tengo delante usa la XL: extra-larga-sinvergüenza. Algunos, los que usan la S, dicen “hola, ¿qué tal?” sin venir a cuento, pero los XL se otorgan el derecho de valorarte sin reparos “eres muy guapa, bonito bikini». El XL dice: “llevo un rato mirándote” y el sudor frío de incomodidad se mezcla con el sudor del sol sofocante, consiguiendo joder mi anhelado momento de tranquilidad. Quería darme a la lectura, a la paz mental, a la nada. Pero el «machikini» me recuerda que no puedo elegir momentos, que son ellos los que deciden por mi. Da igual que no haya mostrado interés, da igual que vaya sola, SOLA, da igual absolutamente todo, porque ellos quieren que sepa que están ahí, que estarán siempre.
“¿Estas esperando al novio?” ¡Oh sí, mi existencia reducida al hombre, a las frases de este poeta de playa! ¡A este seductor/cazador que quiere saber si su presa tiene dueño! Tu dogma, el patriarcado, te ha vendido esta prenda que me impones aunque yo no quiera. Tras varias respuestas negativas en las cuales mi rechazo hacia ti progresivamente se va haciendo más visible, viene el momento «ofendidito» que todo «mackini» lleva como complemento: “vaya, no seas borde, solo he venido a saludarte, ¿haces algo esta noche?”. La insistencia como arma para ganar por agotamiento, la manipulación afectiva para buscar mi compasión. Mi negativa sigue y se hace más potente. El «machikini» va a reventar en cualquier momento. «¡Creída de mierda!». ¡Reventó! Y tomó forma de ego masculino dolido. Y claro, este mundo es sustento del ego masculino, ¡no podemos permitirnos el lujo de que sienta rechazo o frustración!
No es la primera, ni la segunda, ni la última, que tengo que aguantar a «machistos» como tú paseándose libremente con el «machikini» que llevas, mirándonos, hablando de nosotras, haciéndonos vídeos y fotos, para luego compartirlas en tus grupos de whatsapp con tus amiguetes, alardeando de quién la tiene más larga y gorda. Yo creo que en realidad la competición va de otra cosa, de quién tiene menos cerebro y quién más larga la sinvergüencería machista. Y ahí sigues, con tu vida de blanco occidental llena de privilegios sin que nadie, absolutamente nadie, te diga nada sobre lo ridículo que estás con tu «machikini», excepto nosotras: que no nos cansamos de responderte, responderos, y lo seguiremos haciendo.
Tras irte, después de darme por saco y amargarme la mañana, leo en las noticias que han multado a unas mujeres en Francia por llevar lo que los blancos machistas islamófobos occidentales llaman el “burkini”, mientras en esta misma playa, en la que yo estoy ahora y en tantas y tantas otras, los machirulos misóginos se pasean, marcando paquete, marcando machismo, con su machikini. Para la sociedad patriarcal llena de discriminaciones hacia las mujeres, el «machikini» no es el problema, está permitido y está de moda siempre. El «machikini» es acoso, pero es divertido. O eso nos dicen. El «machikini» como libre elección del machuno. Da igual las libertades que coarte. Da igual que invada espacios ajenos, que merme mi libertad. El «burkini» visto como una ofensa. De una persona que se lo puso hacía el resto. Una persona con una prenda. Una prenda que no ha venido a mi toalla a molestarme. Una prenda, en un cuerpo, que no ha venido a llamarme «creída», a mirarme lascivamente, a reírse y señalarme.
Me imagino la noticia: “Multan a cuatro hombres en una playa por actitudes machistas y lucir machikini” y a la caverna bertinosborniana lanzando fuego valyrio sobre el feminismo, sobre la enorme opresión que el macho ibérico chulo playas sufre en SUS costas, donde están en pleno derecho de pasarse por el forro el «no» de una mujer, donde valorar el cuerpo de una mujer con más o menos ropa, donde la opinión y elección de ella no cuenta, porque la opinión valiosa siempre es la de el hombre, lo que debe ser, lo que es, lo natural, lo de siempre.
La temporada del «machikini» parece bastante larga. No los podemos multar pero sí combatirlos. En mi cuerpo mando yo. En mi toalla y sobre la arena, también. 
 
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