El lenguaje autoritario y las desviaciones lingüísticas: Una introducción.

 
Cuando nos referimos al lenguaje autoritario hablamos de aquel lenguaje que, habiéndose inscrito en el poder, parte de unas relaciones desiguales entre emisor y receptor, pretendiendo, en definitiva, imponer algo, unas condiciones o una idea, dependiendo de los intereses en juego. El lenguaje autoritario lo utilizan profesores, sacerdotes, padres y madres, abuelos y abuelas, hermanos mayores. Extrapolándolo al análisis sociológico, el lenguaje autoritario es, en sí mismo, un mecanismo del poder que sirve a los intereses de la ideología dominante, que, a través de la reproducción social que se desarrolla en la educación y en la familia, se filtra en la ideología autoritaria. Asimismo, el lenguaje autoritario lo utilizan los medios de comunicación, dependientes de grupos financieros, los policías y los funcionarios, los partidos políticos ejecutando la disciplina interna; lo advertimos en personas de nuestro entorno, nos chantajean, presionan, culpan, acusan, pensando que tienen derecho a juzgarnos, pero incluso nosotr@s hemos podido equivocarnos.
 
El lenguaje autoritario es un instrumento de la ideología autoritaria, está fundido a esas ideas y depende de ellas, plantea los conflictos en clave de desviación de los términos en conflicto:
 
En efecto, el principio de autoridad ocultaba los distintos conflictos por el procedimiento de aplastar o desviar uno de los términos, “solución” que la humanidad pagaba a un precio muy elevado. El conflicto entre el amor y el odio se resolvía mediante la proyección, preparada por el condicionamiento autoritario, de la agresividad sobre un enemigo designado para ello; el “extranjero” o el heterodoxo. El conflicto entre la vida y la muerte quedaba solucionado por la promesa de la vida eterna, de un más allá, por la creencia de un Dios: esta perspectiva contribuía, además, a quitar hierro al asunto entre las necesidades del individuo y de la sociedad. El conflicto entre la locura y la razón, entre el inconsciente y lo consciente, se hallaba atemperado por todo un montaje de instituciones socioculturales, verdadero aparato ortopédico para “sujetar” al individuo. El conflicto entre el arcaísmo y la maduración recibía solución obligando autoritariamente a la mujer y al niño a encarnar la proyección del arcaísmo, mientras que los aspectos relativos a la maduración recalaban en el varón adulto. La retroalimentación permanente de este sistema de distribución de papeles quedaba asegurada con los hijos; al educarlos, al formarlos, al corregirlos, el adulto mantenía con un gasto mínimo la línea de defensa erigida en su propio interior por la educación de antaño (1).
 
Añadimos que el conflicto entre la vida y la muerte se desvía a “esperar algo” que resuelva el conflicto. Citando Trópico de cáncer:
 
 En cierto modo, la comprensión de que no había nada que esperar tuvo un efecto saludable para mí. Durante semanas y meses, años, toda mi vida, de hecho, había estado esperando que algo ocurriera, algún acontecimiento extrínseco que transformase la vida y en aquel momento, inspirado por la absoluta desconfianza de todo, me sentí de pronto aliviado, sentí como si me hubieran quitado un gran peso de encima (2).
 
 
NOTAS:
De las ediciones consultadas:
1.       Medel, G. y Vogt, C. El manifiesto de la educación. Madrid: Siglo XXI, 1975.
2.      Miller, H. Trópico de cáncer. Madrid: Punto de Lectura, 2007.
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