El ladrón grita: ¡Ataja!, pero ya no confunde a nadie

Las globalizadas campañas mediáticas contra Cuba, financiadas desde Washington con el socorrido falso pretexto de violación de derechos humanos, hace rato demostraron ser incosteables: 50 años de Revolución victoriosa atestiguan esa verdad, evidente por sí misma, verificable por todo el que tenga ojos para ver y oídos para escuchar, y ejerza su voluntad propia.

El viejo recurso del ladrón de gritar: “¡Ataja!”, para desviar la atención sobre su propio delito e intentar inculpar a inocentes, quedó totalmente desacreditado hace mucho tiempo.

Estados Unidos no está representado en la actual Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Esto evidencia la falta de confianza de las naciones del orbe en la administración del saliente W. Bush, a la que no le concedieron esa alta responsabilidad, que sí le otorgaron a Cuba.
¿Cómo explicar entonces las voces disonantes que intentan resucitar por estos días diatribas desgastadas contra la Mayor de las Antillas, presentes en libelos de Miami y amarillentas páginas digitales, que repiten añejas consignas fascistoides, como las que el pequeño José María Aznar heredó de sus ascendientes, ese personaje estrábico, deshonor de España?

Es claro para quien mire a su alrededor: Cuba ingresó en el Grupo de Río, organismo regional de Latinoamérica en el que la voz de Washington está ausente por mandato de los propios latinoamericanos.
Cuba está en la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), integración económica y humanista de varias naciones, que avanza en la solución de variados problemas con rumbo al desarrollo de sus pueblos y la plena justicia social.

Siente Cuba el calor y el respaldo activo de sus hermanos isleños en la Comunidad del Caribe (CARICOM), y goza del apoyo inmensamente mayoritario del mundo en su legítima defensa frente al genocida bloqueo económico, comercial y financiero que EE.UU. le ha impuesto por medio siglo, como lo demostró la abrumadora votación a favor de la Isla en la Asamblea General de la o­nU.

Y en ese contexto, W. Bush, representante ejecutivo de la reacción fundamentalista de extrema derecha, se va del poder, extenuado, zapateado y hasta atrompetillado, tras ocho años de desatinos constantes, que no pueden ser aliviados por sus genuflexas posturas de despedida.

Él, W. Bush, autoconfeso médium de Dios, acaba de admitir que su política criminal contra Cuba fracasó rotundamente, a pesar de que dilapidó cientos de millones de dólares en pagar a mafiosos aprovechados del dinero de los contribuyentes norteamericanos en intento fallido de desestabilizar a la nación caribeña

Fue, además, el pretexto con el a la vez W. Bush pagó a sus servidores de la mafia anexionista de origen cubano asentada en Miami, por las trampas electoreras que en el sur de la Florida hicieron para contribuir a que se apoderara dos veces de la Casa Blanca..

Es una lástima, pero el legendario alcohólico seco acaba de comprobar que sus diálogos con el Sumo Hacedor le fallaron en relación con sus visionarios designios para las familias cubanas. Alguien debiera contarle a W. Bush la moraleja del cuento clásico sobre el niño, el pueblo y el rey desnudo.

Refiere la historia que entre la multitud del reino, temerosa por las represalias de su rey, abusivo y estúpido a la vez, que se paseaba desnudo mientras creía el iluso que vestía ropas de oro, confeccionadas pos sastres vividores, surgió un niño que con la candidez de los inocentes alertó a todos: “¡El rey va desnudo!”.

La multitud se percató entonces de que en verdad no había estado viendo, porque no había querido ver.

El símil de esa historia podríamos hallarlo esta vez en la acción de un periodista árabe, quien impulsado con ira alimentada por el genocidio del abusivo parlante W. Bush, a la vista de presentes y de cientos de miles de televidentes en el mundo, lanzó sus dos zapatos contra la cabeza del Presidente genocida.

Aunque pudo esquivar los lanzamientos, aquel gesto retador, símbolo de la voluntad de millones de seres que han sido violados en su más sagrado derecho, el derecho a la vida misma, sirvió para que muchos más se percataran de que el falso intérprete del Todopoderoso no era más que un mortal sembrador de falacias.

Y es que una mirada franca al devenir cubano muestra las legiones de maestros, técnicos y médicos que desandan cerros y llanuras, ciénagas y ciudades, llevando salud, letra y desarrollo a los humildes de decenas de países, y esta realidad trasciende cualquier discurso, y por sí misma demuestra la vocación de servir a la humanidad.

Lamentablemente, ciertos francotiradores de piedras, ilusionados por los cuentos de hadas de la prensa “bien pagá”, no acaban de percatarse del vidrio en tejados propios, y hacen el coro a supuestas violaciones al derecho de verdaderos delincuentes que cumplen sentencias por delitos probados en Cuba.

Puede ser que algunos de esos repetidores de consignas desgastadas sufran de tortícolis, y quizás por ello no vuelven el rostro para ver lo que ahora mismo sucede en Palestina, donde a diario son exterminados, sistemáticamente, seres humanos en nombre de un poderío expansionista que se burla de la humanidad y de sus verdaderos derechos.

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