El jaque mate ruso al fascismo ucraniano

Por Ramiro Gómez

Cinco años de la anexión de Crimea:
El 20 de marzo de 2014, la Duma –el parlamento ruso- vota a favor de la anexión de Crimea a Rusia. La península era parte de Ucrania desde que el líder de la URSS Nikita Krushev, decidió entregarla a dicho país para demostrar la buena voluntad de Rusia en el momento.

Por Ramiro Gómez

Con la disolución de la Unión Soviética, Ucrania mantuvo su dominio y Rusia no exigió su devolución. Pero luego de la caída del Presidente ucraniano Víctor Yanukovich, aliado de su hermano mayor eslavo, tras las protestas en la plaza de Maidan, los occidentalistas pro Europa tomaron el poder. Putin entendió el desafío que estratégico que esto significaba para Rusia; una Ucrania dentro de la OTAN y de la Unión Europea, aliada de EE.UU. podía dejar a su país sin una salida hacia el Mar Negro y, mucho más importante, sin una salida hacia el Mediterráneo, tradicional espacio de influencia rusa y ruta de provisiones vital para proveer a Siria de materiales militares en su Guerra interna.

Es así que se decidió la anexión de Crimea y Sebastopol. La península, además de ser geopolíticamente relevante, es históricamente simbólica para los rusos. Desde que Catalina II conquistó el territorio en la guerra contra los otomanos en el siglo XVIII, se ha convertido en un orgullo nacional que se ha mantenido en el tiempo. La Guerra de Crimea (1851-1853), donde los turcos aliados con las potencias europeas, derrotaron a Rusia, proveyó al espíritu patriótico un acontecimiento de relevancia: los soldados del Zar resistieron detrás de las murallas de Sebastopol por once meses los embates del enemigo. Putin, gran conocedor de la historia, sabía esto, y lo utilizó magníficamente bien para impulsar su popularidad.

Los soldados rusos –camuflados como milicianos prorusos excusándose en los temores de la rusofobia de Kiev (justificada por los movimientos de extrema derecha participantes de las protestas)- cruzaron a territorio ucraniano aprovechando el vacío de poder por las protestas y ocuparon Crimea, luego los habitantes pidieron un referéndum donde el 96% de los votos fueron positivos a la anexión. Así llegamos a nuestra efemérides.

Cinco años han pasado. La asimilación de los habitantes ha sido total –incluso de los tártaros, siempre recelosos por las persecuciones que tuvieron que sufrir en el pasado- y el poder ruso, a pesar de las sanciones, fue aceptado a regañadientes por las potencias occidentales. En conclusión, Putin obtuvo una victoria pírrica: perdió un país importantísimo para su proyecto de hegemonía en el espacio postsoviético, pero recuperó un territorio histórico y geoestratégicamente de relevancia para su proyección regional. Es necesario entender este último punto: la ocupación es injusta (no quedan dudas) pero para Rusia el peligro de quedarse sin salida al Mar Negro era de vida o muerte; para un país cercado por bases militares de sus rivales, no es nada desdeñable.

Ramiro Gómez es un comunicador alternativo latinoamericano experto en temas como el Medio Oriente, la revolución cubana, Nicaragua, Colombia, la revolución Bolivariana, la Unión Soviética y la Guerra Civil española.

COLABORA CON KAOS