El infierno es un derecho humano

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Si usted fuera un Dante, y yo aquel otro. Y ésta fuera quizás una franquicia del infierno. Pues más allá de las fronteras debe haber sitios parecidos. Pues a fuerza de ensayo y error la vida tiende a reproducir sus estructuras más resistentes y exitosas. El infierno es un derecho humano, diría yo.

En este lugar los pensamientos se transmiten de forma telepática. Nuestros diálogos mentales no producen ningún efecto sobre la realidad. O sea que en ningún caso son performativos. Nadie se ofende por nada. Nadie se entristece por nada. Nadie se pone contento. Todo queda en nada, como ve; incluso la euforia ocasional. Ésa es otra ley del inframundo.

La arquitectura del infierno es y ha sido tema de controversias. No vivimos en los tiempos del Dante y ya no sabemos dónde situar el arriba y dónde el abajo. Esa es la tercera ley de este lugar. Como nadie ha logrado trazar una cartografía completa, no podemos decir que este sitio tenga forma esférica y unos anillos concéntricos parecidos a los escaparates donde se exhibe el sufrimiento. La profundidad de los espacios no mide la gravedad de las condenas. Uno pasa de una escena a la siguiente sin solución de continuidad y a veces da la impresión de que todo estuviera ligado entre sí, pero no podemos atrapar un hilo que todo lo relacione. Debe ser la cuarta ley, pienso yo.

Hay tanto que ver. Demasiado, para mi gusto. Como le digo, no sabemos dónde empieza una cosa y termina la otra. Pasearlo por estos lados es un quebradero de cabeza; uno fracasa en toda la línea como guía turístico y debe conformarse con apuntar hacia un lado y hacia otro balbuceando unas palabras por telepatía como si todo fuera pintoresco y casual al mismo tiempo. Como si ésta fuera la tierra de las casualidades y las simpatías. Pongamos que se trata de otra ley más.

Usted me pedirá imágenes fuertes. Ya que estamos en el infierno. Entonces yo le recuerdo, por telepatía, que aquí todo es casual, ligero, los hechos se consumen sin dejar gusto a nada. Suma y sigue con nuestras leyes. Le recuerdo que estamos de sobra, podríamos irnos ahora mismo y nadie nos echaría de menos. Si usted fuera un Dante y yo su Virgilio.

Por decirle algo. Cosas llamativas, nimiedades. Si nos echamos andar por las calles del infierno usted verá cómo prospera el circo ambulante, que se acompaña muy bien de la telepatía. En cualquier esquina donde encuentre un semáforo. Ya no basta con palitroques para hacer malabares, la competencia ha exacerbado las destrezas y nadie se conforma, por ejemplo, con unas pelotas girando en el aire; exigimos que esto se ejecute arriba de un monociclo, con un plato encima de la cabeza y una tea encendida en la boca o un sable metido hasta el esófago. Estamos alcanzando el nivel de los faquires y encantadores de serpientes, para que usted sepa. Pero como todo es irrelevante –menos aquello que desconocemos–, esto podría desaparecer de un plumazo y nadie lo echaría de menos. Ya se dijo, no me recuerdo en cuál ley.

Usted espera sangre, suplicios eternos. Pero habitamos un infierno VIP. Ya se lo dije, telepáticamente. Yo sólo hablo de lo que puedo ver. Casualidades, cosas pintorescas que van y vienen como las nubes. Por ejemplo, los corredores o runners, que se han tomado calles y parques junto con los ciclistas y practican eso que llaman una forma saludable de vida. Hacen, de cierto modo, hermandad con los malabaristas, cada cual en su espacio, sin atropellarse, entendiendo que el amor es un conjunto de cuentas por cobrar.

Así estamos por estos lados. Así se nos pasa el tiempo. No voy a pedirle una propina como guía turístico, porque no me la merezco. La verdad es que no me merezco nada. Pero vuelva pronto y le prometo recibirlo con un mapa mucho mejor, más completo. Me despido en silencio.

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