El idiota de María Zambrano y…los de otros

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Por Iñaki Urdanibia

« Los inventores y los genios han sido siempre considerados como imbéciles al comienzo ( y muy a menudo al final) de sus carreras respectivas ; ésta es una perogrullada bien conocida de todos »

  ( F.M. Dostoyevski, El idiota, p. 464)

« La palabra idiocia, Idiôtès, idiota, significa sencillo, particular, único; después, por una extensión semántica cuya significación filosófica es de gran amplitud, persona desposeída de inteligencia, ser desprovisto de razón »

 ( Clément Rosset, Le réel, Traité de idiotie, p. 42)

Las dos citas exergo pueden servir para evitar la entrada en el charco de despejar las connotaciones peyorativas del término idiota y familiares: idiocia, idiotez, idiotismo, etc., y en el terreno de lo que los diccionarios dicen como sinónimos [ hasta casi noventa, todos, como se puede ver, despectivos: alcornoque, badulaque, bambarria, bambarría, batusino, berengo, berza, berzotas, bestia, besugo, bobelas, bolo, borde, borrego, botarate, bruto, burra, burro, calabaza, capullo, cebollino, ceporro, chabón, chorra, cretino, estafermo, estúpido, forrapelotas, ganso, gilí, guajolote, guanajo, huevo, huevón, imbécil, inflagaitas, Juan Lanas, lila, macho, mamarracho, mameluco, mamerto, mamón, mastuerzo, medio tonto, melón, mema, memo, mentecata, mentecato, mequetrefe, merluzo, muermo, necia, necio, ninchi, oligofrénico, pajillero, palurdo, pandero, pánfilo, panoli, papahuevos, papamoscas, papanatas, patán, pavipollo, pavo, payaso, pendejo, percebe, piernas, pollino, porro, pringado, que padece cretinismo, retrasado, retrasado mental, sinsustancia, soplagaitas, tarado, tiparraco, tipejo, tonta, tontaina, tonto, zambeque, zángano, zopenco, zoquete, zulú, adoquín (informal), animal (informal), bodoque (informal)]. Se puede añadir a lo anterior que no es lo mismo ser que hacer(se), del mismo modo que ya en la Grecia clásica se podía ser idiota ( por voluntad) o por imposición ( mujeres, extranjeros, metecos…); ambos debiendo dedicarse a sus asuntos particulares, unos al no querer implicarse en los públicos, los otros obligados a permanecer en el ámbito privado ya que eran juzgados incapaces de dedicarse a los asuntos públicos. No seguiré por ahí, pagos por los que ya he derivado en ocasiones anteriores: ¿ Elogio de la idiocia ? | Kaos en la red // Maurizio Ferraris, explorando lo humano | Kaos en la red) mas sirvan estas notas previas a modo de aviso para navegantes ante las lecturas de la figura del idiota que son reunidas en el libro del que voy a dar cuenta, editado por la valenciana Pre-Textos, acercamientos en los que salta a la vista el tono elogioso y, presentada en su diferentes expresiones, una apuesta por la desdiabolización :« El idiota » de María Zambrano seguido de ensayos de: Clément Rosset, Walter Benjamin, José Kuis Pardo, Chantal Maillard, Ignacio Castro Rey, Juan Arnau, Jorge Gimeno, Ana-Luisa Ramírez y Esperanza López Parada.

La malagueña María Zambrano homenajea a Velázquez entregando un análisis de la figura del idiota, para lo que recurre a su clásica distinción entre la razón poética y la razón filosófica ( me permito recurrir a unos versos suyos que delimitan los campos: «El poeta no puede saber quién es; ni sabe siquiera lo que busca. El filósofo, al menos, sabe lo que busca y por ello se define fi-ló-so-fo. El poeta, como no busca, sino que encuentra, no sabe cómo llamarse ») , otorgando a la primera más cercanía con la sensibilidad, con los sentimientos antiguos de la humanidad, que posteriormente fueron domados por la filosofía; las voces del canto, fueron reducidas por la primacía del lugar otorgado a lo visible, privilegio de la palabra frente al «grito, el gemido, el silbido y los cantos paradisíacos», condena por parte de la filosofía de la palabra sensible, figurativa y musical, en las cercanías de los pagos infernales y paradisíacos…y en esa rendija asoma el idiota ocupando « un extraño lugar que parece sea el límite de la condición humana», en los bordes del silencio, avanzando errante por las sendas ajenas a la palabra, derivando de manera circular, « no transita, pues, el idiota, aunque vaya y venga, no retrocede ni avanza, no va a ninguna parte, no se dirige a lugar alguno, aunque en llegando a algunos se detenga. Está en todas partes de la misma manera, sin intención: se mueve sin causa y sin finalidad. Y nada le turba, ni altera»; privado de pretensión, encerrado en sí mismo en pura expresión de la extrema individualidad, quedándose su saber siempre en la línea de flotación. Es visto como extraño aunque haya nacido en el mismo lugar que quienes le ven , dejado de lado, o como contra-ejemplo, por parte de sus paisanos, pues siendo de nacimiento y si en cuenta se tiene que « la palabra es la luz del entendimiento, el privado de ella desde que nació estará privado igualmente de toda luz, salvo aquella que asiste a la elemental percepción»…queda el simple en tierra de nadie, ni plenitud de lo humano ni plena animalidad, excluido de la normalidad , se limita a dr vueltas, no tiene el destino ni la trayectoria marcados como la gente seria que siempre sabe hacia dónde se dirige; el idiota mantiene la palabra sin la posibilidad de salir, dominado por el silencio « que desciende desde los remotos cielos», dominado por la diferencia de su pobreza de espíritu, « un silencio sin fronteras lo envuelve todo, borrando la presencia de lo que no entra en esa revelación; un tiempo diferente se ha establecido en el sujeto que la recibe; las disensiones del pasado, del presente y del porvenir, y aun la del futuro, han dejado de fluir; se forma un tiempo compacto en el que el futuro ha sido absorbido por el pasado o se ha unido a él de alguna otra manera».

Si la pensadora andaluza fijaba su mirada en la figura pintada por Velázquez, y mencionaba a que todo pueblo y toda corte que se preciase contaba con sus idiotas…los ensayos que vienen a continuación derivan por otros caminos: así , Clément Rosset se sumerge en lo real, aquello que no tiene doble, lo que le convierte en una idiocia, desvelando la tendencia falaz de remplazar la realidad por su doble, en un intento de hacer coincidir el deso y lo real, que es la definición de la alegría. Y su discurso se desliza por la figura de Barba azul, de los paradójicos personajes de Beckett, por los bordes de la muerte, y ante ésta que nos permite seguir viviendo a pesar de conocer su inevitabilidad, la salida según Rosset viene de la gracia ( en el sentido jurídico, mágico, estético, teológico) avisando, eso sí, que « la alegría – como ls del borracho, del enamorado, del artista, del filósofo-implica una videncia: no sólo un amor, sino también un sentimiento de lo real. En la alegría, lo real se presenta tal como es, idiota, sin los colores de la significación, sin impresión de lejanía. Presencia de lo real a la que ninguna mirada, salvo la alegre, es capaz de acercarse tanto. De suerte que la alegría no es sólo un modo de reconciliación con la muerte y la insignificancia; también es un medio de conocimiento, una vía segura de acceso a lo real».

Walter Benjamin elogio el idiota de Dostoievski, destacando su universalidad, su precisión a la hora de presentar los perfiles psicológicos de sus personajes, para detenrse posteriormente en el personaje del príncipe Mishkin, de su singularidad, del papel omnipresente que juega en el relato de sus episodios en los que « su persona se retira detrás de su vida como la flor detrás de su aroma o la estrella detrás del centelleo», y sigue la trayectoria de las rememoraciones de su vida que ocupan al príncipe…asomando en sus personajes el corazón juvenil de Rusia, y el retrato de la vida humana como vida del pueblo..mostrando la novela, en los anhelos de niñez, un « movimiento entero que se parece al gigantesco derrumbe de un cráter».

José Luis Pardo deriva por la intimidad que empieza por i como idiocia, centrando sus pasos en la obra de Velázquez. Invitando a sumergirse en los niveles de la infrahumanidad para extraer de ellos lo esencialmente humano ya que « podríamos definir tentativamente la idiotez como el tipo de inhumanidad propiamente humano»…y nos conduce a los límites en los que se puede perder pie a la hora del pensar y del hablar, y a «los abismos de irracionalidad infra-individual que constituye el fondo oscuro de la idiotez y la abyección». Los dormidos y los despiertos heracliteanos, y la distinción entre los listos y los tontos le van a servir para acercarse a las iluminaciones de Zambrano y al Niño de Vallecas de Velázquez y la imposibilidad de que éste nos aclarase lo que dice el papel que tiene en su mano, ya que él es tonto, y nosotros tampoco podremos acceder al secreto ya que el pintor se cuidó muy mucho de mantener el secreto…

Chantal Maillard, elogia la sencillez de los niños y los idiotas, junto a los pobres de mente, conduciéndonos por un laberinto primero escrito en verso y luego en prosa.

Puestos a destacar, la incursión de Ignacio Castro Rey en el idiotismo irremediable de la especie, me resulta en más certero, tanto en lo que hace al enfoque como a su pertinencia de cara al presente, ante el que no cabe otra que « ser idiota, irresponsablemente enlazados a un fondo impersonal que calla, para aguantar el terrorismo sostenible de la actualidad y sus modas», y deteniéndose en las figuras del idiota, el tonto, el santo y el loco, expresadas entre otros por Dostoievski o la propia Zambrano llama a la « inocencia armada, sea de la cólera, de la calma o de una terrible ironía», situándose del lado de los poetas y apuntándose a las invitaciones de Deleuze y Baudrillard a hacer el idiota…ya que « para sobrevivir a la policía moderna se trata de pensar con lo más atrasado de nosotros mismos, aquello que tenemos más libre de las capas de maquillaje social que nos han caído encima». Un elaborado discurso contra la domesticación de los valores dominantes, reivindicando – como Witold Gombrowicz, aunque no sea citado- el mantenerse fuera de las normas adultas, elogiando el espíritu de la inocencia indicando que « para que nos convirtamos en imbéciles, endeudados a la superstición cronológica de la historia, se debe extirpar el idiota que llevamos dentro. La violencia del consenso reprime los idiotismos a favor de la estupidez conectada …»; el idiota como héroe moderno que diría Byung.Chul Han.

Juan Arnau, entrega un somero pero riguroso paseo por los pagos del pensamiento en clara reivindicación del escepticismo. Grecia y algunos aires orientales, habituales en el valenciano, son puestos en relación en la travesía que nos conduce del sólo sé que no sé nada socrático a la compañía de Pirrón, de Nicolás de Cusa, de Erasmo y Montaigne, manteniéndose en la línea de que « el escepticismo no reduce al hombre a bestia sino que lo eleva, le enseña a ser desprendido frente a lo discursivo. Ésa es la ironía fundacional de la filosofía».

Jorge Gimeno parte de una neta distinción entre el idiota de la Ilustración y el idiota preilustrado o posilustrado, apostando por el segundo en sus diferentes variantes: poeta, cómico, creyente, traumaturgo en sus posibles mezclas. Frente a las omnipotentes redes del estado y de la razón instrumental, el poeta y traductor señala los espacios que se mantienen al margen, o tratan de hacerlo, con la guía de la bandera del idiota por adquirir la conciencia plena; el recorrido propuesto por Gimeno con algunos toques de propuestas zen, taos y similares, se sitúa en la neta afirmación de que « el hombre sano, ilustrado, pimpante, repleto de categorías, el ajedrecista de la mente, se halla escindico, vive en la dualidad. El idiota es integral, la planta del pie es el llano del cráneo», y en la confirmación de tal espíritu idiota , e inmaduro, elige como casos paradigmáticos al personaje de Dostoievski, los idiotas de Lars von Trier, las propuestas de Nasrudin haciendo coincidir lo personal con lo colectivo, lo que se convierte en acto en los devaneos idiotas de las películas de Kiarostami.

Ana-Luisa Ramírez realiza una medida presentación del fabuloso Pedrito sin-terminar y sus imaginativas creaciones; y Esperanza López Parada en sus Efectos de lo real, traza unas probas pinceladas con aires de familia foucaultianos, al cual se menta por otra parte, presentando algunos casos que claman al cielo en dos sentidos, sin obviar el cabal análisis que presenta la autora de un significativo cuento de Flaubert: en la destacada capacidad creativa de algunos de los considerados anormales ( « en cuanto tal, en cuanto productor de catos raros, abandonados, imposibles, el idiota es el mayor generador de realidad, el que más efectos de lo real desencadena en ese vivir suyo y a su modo, peculiar, abandonado, autárquico, independiente e intransferible»), y en las técnicas de patologización puestas en pie por la psiquiatría y otros especialistas trazando unas netas separaciones, con encierros e exclusiones incluidas, entre lo normal y lo patológico, quedando meridianamente claro el totuum revolutum que dentro de estos últimos ha solido establecer los especialistas de la galaxia psi, con un imperio de la más absoluta de las arbitrariedades. Una colección de fotos tomadas en Imbecile Asylum muestran a los internos, que « están ahí, miran, existen, sonríen, oyen, se ofrecen restaurados, recuperados, enteros, sabios, en una especie de certeza de sí mismos, en la plena emotividad de su existencia entre las cosas y los días».

No tendré la osadía de ejercer de inspector, con pretensiones de editor, de la pertinencia o impertinencia de los materiales incluidos en el volumen, mas sí quisiera señalar algunos aspectos que hubiesen dejado la publicación como más servida y abarcante:Tal vez hay algún otro capítulo de la obra empleada de Clément Rosset más centrado ( por ejemplo es apartado Idiotie du réel; pp- 40 a 51), No habrá estado de más introducir otros idiotas como el dedicado por Jean-Paul Sartre Gustave Flaubert o ampliar las opiniones a algunos otros estudiosos, y reivindicadores de tal figura, estoy pensando, muy en concreto en Gilles Deleuze, o hasta el artículo de los hombres infames de Michel Foucault; la ocasión tampoco era ajena a la inclusión de alguna mención al art brut ( podrían considerarse que algunos aires de familia asoman en los dos últimos ensayos presentados). Precisamente al primero de estos dos nombrados en último lugar, llama la atención, conste que es una sensación de índole meramente personal, que un especialista en su obra, José Luis Pardo, ni le mencione, aunque tiene todo el derecho – ¡ faltaría más!- de derivar en sus ensayos por donde le parezca más conveniente y oportuno…dándose esa mismo silencio o ignorancia por parte de todos, si se exceptúa el trabajo de Ignacio Castro Rey. En fin, cosas…

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