El gran suceso que el mundo poco o nada conoció

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EL asalto al cuartel Moncada de Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1953, fue una noticia que el mundo desconoció. Los periódicos —solo con alguna excepción— no informaron que el joven abogado cubano Fidel Castro Ruz, con un contingente de jóvenes, había asaltado la segunda fortaleza militar del país, con el propósito de revertir la situación cubana, o sea, devolver la aplastada Constitución de la República, derrocando al general Fulgencio Batista que apenas un año antes —el 10 de marzo de 1952— había dado un golpe de estado militar y desplazado del poder al presidente Carlos Prío Socarrás, electo democráticamente en las urnas.

Desde entonces se le recordaba por sus contemporáneos y el pueblo como el jefe militar que ordenó el asesinato de los revolucionarios Antonio Guiteras y el venezolano Carlos Aponte. Guiteras había formado parte del gobierno revolucionario que asumió el poder luego de la caída del tirano Gerardo Machado y en el llamado gobierno de los 100 días se desempeñó como Ministro de Gobernación, dictó las leyes más avanzadas del siglo XX hasta entonces, incluida la nacionalización de empresas extranjeras establecidas en Cuba, aunque ni él ni los demás integrantes de ese gobierno eran comunistas.

Tras estos brevísimos antecedentes históricos, se hace de rigor volver a aquel hecho que ignoró el mundo, el asalto al Moncada. Solo un reportero de una agencia cablegráfica norteamericana, desde su corresponsalía, ofreció un despacho sobre el asalto armado, pero nunca llegó a saber qué periódicos lo publicaron fuera del Habana Post, un órgano de prensa, impreso en idioma inglés que funcionaba en La Habana.

Solamente los diarios de Santiago de Cuba —en la antigua provincia de Oriente— y los de La Habana, así como la radio local, dieron la noticia, y la Sección en Cuba de la revista Bohemia, ofreció fotografías. Otros periódicos del país reprodujeron gráficas facilitadas por Bohemia. Y punto. A partir de ese mismo día se determinó por la dictadura de Batista que era llamado «el gobierno de facto», la censura de prensa más severa pues no se limitaba a una orden sino a nombrar censores en cada periódico u otro medio de difusión de noticias.

La única versión que circularía fue la información militar redactada en el Campamento de Columbia, sede del Estado Mayor del Ejército que había dado el golpe militar, encabezado por el entonces senador Batista, quien hacía poco había regresado de su exilio en Miami para participar en la elecciones generales que debían realizarse el primero de junio de 1952 y para la cual aspiraba a un acta de senador.

De tal manera el mundo ignoró que solamente un día, el propio 26 de julio —domingo— fueron torturados y finalmente asesinados, extrajudicialmente, unos 46 jóvenes apresados, y en días sucesivos la cifra ascendió a más de sesenta; aunque los partes militares decían que habían muerto en combate con el ejército. El 26 de julio solo seis combatientes revolucionarios cayeron combatiendo en la posta tres del cuartel de Santiago de Cuba.

La organización liderada por el joven abogado Fidel Castro, fue conocida luego como la Generación del Centenario, por voz popular, ya que salió a la luz —luego de meses de organización en la clandestinidad— justamente en el año 1953 en que se celebraba el Centenario del nacimiento de José Martí, Apóstol de la Independencia de Cuba del colonialismo español y Héroe Nacional.

El pensamiento de plena libertad y soberanía de Martí, su ética revolucionaria y proyección social, entre otros valores fundamentales, era la doctrina asumida por aquel contingente de jóvenes, casi todos integrantes del ala juvenil del Partido del Pueblo Cubano Ortodoxo, la agrupación política mayoritaria en el país, que seguramente habría ganado la presidencia de la República si Batista no interrumpe el proceso constitucional y se hubieran celebrado los comicios programados para el 1º de junio de 1952.

De ahí que cuando en el juicio celebrado en Santiago de Cuba a partir del 21 de septiembre de 1953 (Causa 37) el Fiscal le preguntara a Fidel quién era el autor intelectual del Moncada, éste respondiera enfáticamente que nadie tenía que preocuparse de que lo acusaran de serlo, que el único autor del asalto al Moncada era José Martí. Ya en el documento programático y de su propia voz se sabía que ellos llevaban en sí «las doctrinas del Maestro».

Aquel acontecimiento ignorado fue un revés táctico, al no lograr la primera opción: tomar el cuartel por sorpresa y llamar al pueblo a combatir contra la tiranía y restituir la Constitución de 1940, abolida por el golpe de estado, un modo de moda hasta los días de Pinochet en Chile, en América Latina, siempre apoyado —en todos los casos— por el gobierno de turno en los Estados Unidos, olvidando su defensa a ultranza de la democracia y las elecciones multipartidistas.

El revés táctico comentó a convertirse en una victoria estratégica a partir del 21 de septiembre en que el jefe del Movimiento Revolucionario y del asalto al Monada —el doctor Fidel Castro— compareció por primera vez ante el Tribunal, en el Palacio de Justicia de Santiago de Cuba, en calidad de acusado y abogado, asumiendo la defensa del asalto al Moncada. Sus declaraciones y el proceso de interrogatorio —como abogado— fueron tan demoledores de las falaces versiones divulgadas desde el día 26 de julio por Batista y sus acólitos militares, que aquel juicio en 48 horas cambió su proyecto y de acusado Fidel se convertía en acusador.

Tan demoledores fueron sus argumentos que derribaron todos los andamios del Tribunal y del llamado «gobierno de facto». Tan fuertes fueron sus razones que le fue ordenado a un médico de la prisión de Boniato (en Santiago) que certificara una enfermedad que supuestamente padeciera el doctor Fidel Castro para que no pudiera volver al juicio donde estaban siendo juzgado, con él, los demás supervivientes del asalto, así como un grupo de políticos de la oposición que nada tenían que ver con aquel Movimiento pero que el régimen involucró en el hecho.

Eran muchos oídos, si se le suma más de un centenar de miembros de las fuerzas armadas, familiares de presos, 25 abogados, empleados de la Audiencia y una veintena de periodistas, aunque sus periódicos, censurados, no podrían publicar nada. Temían lo cierto, que de boca en boca, oralmente, la población cubana, empezando por la de Santiago de Cuba, iban conociendo la verdad. Descubrían la cantidad y atrocidad de los crímenes cometidos por el ejército, bajo órdenes superiores de que por cada militar caído en combate había que matar al menos a diez asaltantes.

El juicio continuó para los demás, bajo la protesta de Fidel enviada al Tribunal a través de la doctora Melba Hernández, que con Haydée Santamaría fueron las dos mujeres que participaron en el asalto, en el caso de ellas en el grupo comandado por Abel Santamaría, el segundo Jefe del Movimiento, a quien le fue designada la retaguardia del Moncada, localizada en la zona de servicios del Hospital Civil Saturnino Lora. Mientras que el joven Raúl Castro integraba el contingente —cuya dirección asumiría— que ocupaba la otra retaguardia ubicada en la azotea del Palacio de Justicia.

No sería hasta el 16 de octubre que volvería a ser juzgado el doctor Fidel Castro. Ocurrió en una sesión celebrada por el Tribunal en una salita de estudio de las enfermeras del Hospital Civil donde, como él mismo dijera en su alegado, tenía como público a solo seis periodistas en cuyos órganos de prenda no podían publicar nada. Obviamente, continuaba establecida censura. Fue en este recinto donde Fidel pronunciara oralmente su alegato de autodefensa que se conoce en todas las latitudes hoy como La Historia me absolverá, discurso que él mismo reprodujo en texto durante el tiempo de prisión en el antiguo Presidio Modelo de Isla de Pinos.

El 16 de octubre próximo se cumplirán 55 años de aquel acontecimiento, prácticamente en solitario, del cual tampoco el mundo conoció nada, entonces, sino luego de que en 1954 se publicara y distribuyera clandestinamente en Cuba y se reprodujera por amigos revolucionarios de Nueva York, y en una modesta editorial de la República de Chile. En este último caso, por primera vez la Historia me absolverá fue exhibida en la vidriera de una librería, en ese país sudamericano.

Uno de los elementos que desde el inicio del juicio del Moncada quisieron y lograron ocultarse ante el público asistente a las sesiones en el Palacio de Justicia, fueron los valientes certificados de los médicos forenses que hicieron el levantamiento o examen de los cadáveres de los asaltantes revolucionarios. En estos se describían los actos de tortura de que fueron objeto. En algunos los médicos señalan, como evidencia del crimen, que los dedos de los muertos tenían marcas de tinta, que demostraban cómo le habían tomado las huellas digitales antes de darles muerte; y otros muchos detalles. De ellos aparece la descripción que determina cómo los jóvenes que salieron con vida del Hospital Civil, entre ellos Abel Santamaría, tenían puestas ropas de enfermos, pijamas del hospital, debajo de los pantalones color caki que no tenían manchas de sangre. Dicho sea de paso, la solidaridad del pueblo, expresada en primer lugar entre las enfermeras del Hospital, fue evidente. Ellas quisieron ocultar a los jóvenes para que no los mataran y los hicieron vestir ropa de enfermos para hacerlos pasar como internos en distintas salas. La pijama de Abel tenía las iniciales de la sala de Oftalmología, tal vez por ello en las torturas le sacaran o machacaran el ojo vendado.

Sin embargo, los certificados forenses de los militares caídos en combate eran muy claros: orificio de entrada o salida de balas. Todo los certificados constan en los volúmenes de la Causa 37 del Tribunal de Urgencia, como pruebas irrebatibles. Por si fuera poco, está la foto de José Luis Tasende, combatiente revolucionario herido en una posta que, como jefe de célula, llevaba grados de sargento y fue confundido con un militar herido (los asaltantes llevaban uniformes iguales aunque con cinturones de civil, por ejemplo, como diferencia o distintivo) e incluso se le atendió en el Hospital Militar. Tenía una herida a sedal en una pierda, fue fotografiado por el Ejército como un héroe, y luego de descubrir que se trabaja de un asaltante, fue «muerto en combate». La foto de Tasende vivo es una prueba rotunda.

Ninguna noticia al respecto conoció el mundo entonces.

Las acciones del 26 de Julio de 1953, sin embargo, transformarían el mapa político de Cuba y del resto de América, y constituiría un ejemplo contundente de que era posible una revolución social, raigal semejante. El ejemplo que mostró esa pléyade de cubanos, secundados luego por la lucha y la victoria de la amnistía; después por la expedición del Granma y la lucha del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra; la unión de los grupos revolucionarios; la huelga general del Primero de Enero de 1959 convocada por el propio Fidel, como Comandante en Jefe, y 55 años de resistencia de un pueblo, es el aval de la importancia de aquel día que el mundo no tuvo en cuenta.

* Periodista y escritora cubana. Tiene en su haber libros de testimonio y de ficción. Como novel periodista, su testimonio antológico de los hechos descritos se encuentra ampliamente en el libro El juicio del Moncada, prologado por Haydée Santamaría y Melba Hernández, así como por Alejo Carp