Publicado en: 8 enero, 2019

El gobierno del pueblo es un eufemismo

Por JM. Rodríguez

La derecha, y también la izquierda, gusta de los eufemismos.

 

Democracia representativa o democracia popular son el antifaz tras el que se oculta la convicción del tutelaje necesario. Es de las más dañinas excreciones del pensamiento político. Ambas adjetivaciones convierte la sustancia en instrumento, pero la derecha la acompaña, además, con la supremacía de razas y clases, la supervivencia del más apto y el libre mercado. Tres cosas que etiqueta su tutelaje. La izquierda, sin avalar ninguna de ellas, está convencida de la necesidad de tutelar a la sociedad porque el capitalismo permanentemente bloqueará todo  accionar socialista.

Si bien ambas visiones ven el tutelaje como el disyuntor que permite poner juntas cosas que no se llevan bien, la derecha asume que es bueno que esos tutores se roten amarrando la democracia a un doble supuesto: la alternabilidad y la separación de poderes. Saben muy bien que es una fantasía habilidosa hablar de eso cuando la rotación es entre iguales. En Venezuela AD y Copei no representaron regímenes democráticos diferentes. Fueron gobiernos conservadores al servicio del capitalismo internacional, con todos los poderes controlados, turnándose a lo largo de 40 años. Igual en México, donde el PRI y el PAN, ambos de la derecha, gobernaron por 89 años seguidos. USA no festejó la alternabilidad de López Obrador, pero si la de Bolsonaro, como si sus 242 años de plutocracia no existieran. Bueno, hasta Platón llega los cuentos de democracia “de los mejores”.

Los conductores de tales regímenes los manejan como si fuera un payloader, aplanando o levantando diques según conveniencia. Es para ellos sólo una herramienta. Y para dejar claro que son sus portavoces, cambiaron los conceptos de derecha e izquierda por “demócratas y populistas”. Los primeros son ellos, los otros se combaten, dándoles así argumento a los gobernantes de izquierda para tutelar en nombre del estado de guerra. Cuando Marx, en 1848, afirmó que sólo los revolucionarios pueden conquistar la democracia, tenía claro el asunto. Tan claro como lo tenía Santander cuando, 18 años antes, mandó a asesinar a Sucre mientras arengaba a sus seguidores con la necesidad de la “alternabilidad”.

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