¿El giro hacia dónde? Anotaciones tras el 37º Congreso del PSOE

El recientemente celebrado 37º Congreso Federal del PSOE no ha hecho sino acrecentar, en sus prolegómenos, su desarrollo y sus conclusiones, la creciente sensación de desorientación y agarrotamiento que el gobierno socialista y el partido que le sustenta vienen despertando, en grado más que preocupante, desde hace ya medio año. ¿Está perdiendo el rumbo el gobierno socialista? ¿Ha agotado ya Zapatero, recién conquistada su segunda mayoría electoral, su proyecto de país?

La propia campaña electoral para el 9-M resultó ya decepcionante. Porque, si por un lado se defendía una primera legislatura socialista que en general osciló entre lo aceptable y lo bueno, rozando en ocasiones lo excelente, y además se plantaba cara a un Partido Popular echado al monte del extremismo, la crispación y la mentira, por otro, ¿con qué programa se presentaba Zapatero ante los electores para su segundo mandato? ¿Devolver 400 euros del IRPF? ¿Es eso un proyecto de país para cuatro años? Después, la insoportable parálisis del gobierno socialista ante la crisis económica, la configuración de un equipo de gobierno de muy corto vuelo político (que perdía a dos magníficos ministros como Caldera y Narbona, muy justamente estimados por las sensibilidades más progresistas del electorado socialista, y trataba de compensarlo con intrascendentes golpes de efecto como la incorporación de Bibiana Aido y la creación de su Ministerio de Igualdad) y a algunas decisiones que no pueden calificarse más que de impresentables en el ámbito europeo (el respaldo, aún después de su rechazo en el referendo irlandés, a un Tratado de Lisboa socialmente regresivo y políticamente antidemocrático, la tibia abstención ante la salvajada caciquil de la jornada laboral de 65 horas o el vergonzoso voto favorable a la racista y fascistoide directiva de criminalización de los trabajadores y trabajadoras sin papeles) viene ahora a sumarse un Congreso en el que no se han tomado más que un puñado de vaguísimas resoluciones, sin duda positivas en lo referente a materias sobre eutanasia, aborto o laicidad, pero con muy escasa proyección práctica, sin compromisos concretos para su fecha de aplicación y para las que hubiera bastado y sobrado un simple Consejo de Ministros ordinario.

¿Qué le pasa a este gobierno? ¿Dónde están el temple y el coraje del Zapatero de la retirada de Iraq, del proceso de paz en Euskadi, de la Ley de Dependencia, de la Ley de la Memoria Histórica, en este otro Zapatero que lleva semanas encabronando al país (incluida una buena porción de su propio electorado) y regalando argumentos a las sabandijas matinales de la COPE con su constante y ridículo enroque dialéctico sobre la crisis económica, y que parece no tener oídos, ante una situación que no hace sino agravarse día a día, más que para las inoportunas sandeces de Miguel Sebastián y la inamovible ortodoxia neoliberal de Pedro Solbes? A este Zapatero desdibujado dan cada día más ganas de gritarle, como le gritaba el cómico italiano Nanni Moretti en una de sus películas al líder socialista de su país: «¡pero haz algo de izquierdas!»

Lo que necesita este gobierno para recuperar el pulso no es una ministra de Defensa catalana o una ministra de Igualdad treintañera, por mucho que ambos resulten gestos saludables. Necesita un proyecto de izquierdas sólido, contundente y rupturista en las materias esenciales que ahora están más decisivamente en juego: la economía, el empleo, la energía, la inmigración, el proyecto europeo… Retirar los símbolos religiosos de los edificios y los actos públicos puede ser una muy buena idea, pero no tapa la vergüenza de haber votado favorablemente una directiva europea de inmigración escrita al dictado de la extrema derecha berlusconiana y que amenaza con convertir a Europa en un inmenso Guantánamo para millones de trabajadores inmigrantes. La tarea de la política no se resuelve con juegos de manos ni sacándose ministerios de la chistera, ¿qué narices importa una ministra más o menos cuando la mano de obra femenina sigue salarialmente discriminada en porcentajes impropios de una sociedad civilizada y decenas de mujeres son masacradas anualmente por el terrorismo machista? ¿Qué se arregla con 400 euros mientras la temporalidad extrema no se reduce, los beneficios empresariales y las hipotecas se tragan las condiciones de vida de los trabajadores y la siniestralidad laboral sigue dejando una carnicería interminable al pie de los andamios? Cuando se aborden estas cuestiones de un modo radical, imaginativo y valiente, podremos por fin hablar del giro a la izquierda de los socialistas. De momento, lo único que vemos es su exasperante trayecto en círculos, buscando dar el perfil bueno ante las cámaras a la vez que se ocultan unas manos vergonzosamente atadas a la espalda.

Aunque hay que repartir responsabilidades con cierta ecuanimidad, y no todos los palos deben caer sobre las espaldas del PSOE, el gobierno socialista y José Luis Rodríguez Zapatero. Seguramente con 50.000 manifestantes de izquierdas pegando gritos a las puertas de su Congreso, reclamando el cumplimiento del derecho constitucionalmente reconocido a una vivienda, exigiendo medidas contra la especulación alimentaria o demandando un nuevo modelo energético que destierre para siempre el fantasma de la energía nuclear y comience la desconexión con la economía dependiente del petróleo, los delegados socialistas hubieran sido más prudentes a la hora de emitir alharacas triunfalistas, hubieran hablado con los pies más cerca de la tierra y hubieran acertado a alumbrar propuestas más ajustadas a lo que sus votantes esperamos de ellos. En este sentido, quizás tengamos algo que aprender de la izquierda social brasileña, que ha sabido movilizarse de un modo mucho más constante y eficaz para fiscalizar e imponer una agenda netamente progresista al gobierno del Partido de los Trabajadores de Ignacio Lula de Silva. «Hicimos campaña, votamos a Lula«, declaraba recientemente Joao Pedro Stédile, uno de los portavoces del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra brasileño, «pero eso no nos quita, al contrario, nos da más legitimidad moral para criticar al gobierno Lula. Esa es la relación que mantenemos: cuando el gobierno hace algo bueno para la clase trabajadora, lo reconocemos y lo agradecemos, y cuando no lo hace, lo criticamos«.

Ese sería un buen modelo de independencia y de compromiso para comenzar a debatir y dar forma a una intensa agenda de movilizaciones que, desde posiciones incontrovertiblemente de izquierdas, en las que converjan las razones y las energías del respaldo crítico y de la oposición responsable (y, por supuesto, sin el menor rastro de connivencia con el discurso interesado, incoherente y destructivo de la derecha y sus voceros mediáticos), recuerden este otoño al presidente Zapatero y a su partido que se les ha votado para que sean de izquierdas, no sólo para que lo aparenten. Para la izquierda social y el electorado progresista el reto es ahora definir un programa transversal de mínimos compartidos, un cahier de doléances que resulte masivamente movilizador para la sociedad civil y las clases trabajadoras y pueda servir de orientación al gobierno a la hora de abordar ese imprescindible giro, esta vez sí coherente y decididamente hacia la izquierda, que se le demanda.

Jónatham F. Moriche, julio de 2008

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