El garzón

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Son semanas, tal vez meses que lo observo. Cada vez que entro al supermercado y cruzo por la sección de licores me lo encuentro. Alzado en un pedestal, se eleva entre una formación de botellas que parecen ser su elemento. Lo miro a los ojos y no me devuelve la mirada. Es un anti-Monalisa. Su mirada atraviesa todos los objetos y todos los seres que cruzan frente a él; no arroja una mirada inquisitiva, no escruta el alma ni los pensamientos. Él no está aquí, pero ha sido hecho para estar aquí. Nunca lo he tocado. Podría ser de madera policromada como las efigies de Cristo. Quizás sea de plástico o de cera, pero quiero creer que fue tallado por algún ebanista que le imprimió cada rasgo, cada arruga, que plasmó sus facciones y hasta su modo de ser. No ha nacido de un molde, me digo, no hay otro como él en ningún otro lugar.

Es un garzón viejo, tradicional. Chaqueta escarlata de solapas negras. Pajarita del mismo color. Camisa blanca y delantal a la cintura. Del antebrazo le cuelga un paño blanco, sostiene con ambas manos una bandeja redonda donde hay una gran botella de vino. Todo es de madera, nada es plástico, me repito frente a él con deseos de abrazarlo. Una medalla con cinta tricolor (colores patrios) pende en su pecho.

¿Quién te hizo?, me pregunto a cada encuentro. ¿Y por qué te hicieron? Su pelo gris bordea las orejas y cae en gruesas patillas grises, encanecidas como sus cejas. Tras sus gafas redondas, unos ojos bonachones no traslucen bondad sino adormilamiento; ha nacido para servir, nunca se ha preguntado si podría hacer algo distinto, su alma no esconde fisuras o un doble fondo donde se agazape el resentimiento. Es uno con su destino, me digo. Y me vuelvo a preguntar: ¿qué manos te hicieron así?

Me entristece y me abisma. Aunque estoy seguro de que él duerme mucho más tranquilo que yo. Si lo abrazo le transmitiré mi inquietud, me digo. Trabaja el día entero, de sol a sombra, y por las noches se acuesta a dormir sin preocupaciones. Mañana hará lo mismo, y el día subsiguiente también. Y así por el resto de su vida de madera. Su sonrisa esbozada, de comisuras hacia arriba, expresa conformidad, adecuación a su destino. Pero algunos días descubro algo distinto. Tal vez dependa de mi propio ánimo; tal vez del ángulo con que lo contemplo. A veces creo que su saliva es amarga, esas burbujitas ácidas que asoman entre sus labios de viejo garzón. ¿Te lo aguantas, viejo? ¿Te tragas la acidez?, le pregunto con mis pensamientos en el supermercado.

Nunca me contesta. Era que sí. A su mirada esquiva estoy acostumbrado. Sus anteojos ahondan la distancia que nos separa, que lo separa de todos. Está sumido en el sueño, en una nube de servidumbre. ¿Quién te hizo el sirviente perfecto?, me pregunto de nuevo. ¿Qué manos? ¿Quién puede creer que vinimos al mundo para servir a otros, por siempre, mientras esos otros nacieron para ser servidos? No sabes cómo espero el día en que me dirijas la mirada y cambie como un rayo tu beatífica expresión.

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