El gallinero y la cueva – del Reino de España –

Por Diogo Tabuada

Es precisamente – !qué azarosa casualidad! – la consolidación de este modelo de desarrollo, causa real de las múltiples anormalidades concretas – sobre todo, la filológica – que denuncia la pija gauche divine de artistitas, intelectuales y periodistas gallegos, aquello con lo que no se quiere gastar

Por Diego Taboada

Existe la pedantería snob y clasista en las academias como existe, también, el populismo rústico de cortas miras fuera de ella. Ni la primera ni el segundo son, desde luego, buen punto de partida para una política – y una cultura – de la emancipación. Si la primera suele escudarse en la auctoritas del especialista, del lego en la materia, el segundo suele escudarse en la auctoritas  del gusto estético o capriccio político de las sacrosantas mayorías.

Si ya es de por sí delicada la situación de la lengua gallega, del mismo calibre que las pésimas condiciones socio-laborales de la clase obrera en todo el estado, más delicada es si cabe la obsesión filológica – una obsesión que, en algunos casos, tiene mucho de estéril auto-exhibicionismo, de galleguismo Bollywoodiense – que se ha impuesto hace mucho tiempo entre los intelectuales y artistitas que suelen tener voz y voto en el triste páramo cultural que es la televisión autonómica de Galicia.

El problema sería menor si, dentro de la extensa nómina de gente obrera en paro, no hubiese tantos filólogos anhelantes al cetro normalizador de la lengua gallega. Por si no bastase con la histórica esquizofrenia identitaria de este país, siempre columpiándose bipolarmente entre el auto-odio y el épico narcisismo homérico de las esencias patrias, arrastramos también desde hace décadas unas gotitas de esquizofrenia lingüística.

¿Alguien puede definirme qué es una sociedad normal?. ¿Alguien, siquiera, qué es un sujeto o persona normal?. ¿Bastará la aspiración a la normalización integral – en clave galleguista – de todo el cuerpo social de Galicia para solucionar todos nuestros males?. Lo más simpático del asunto es que los aspirantes a normalizadores no tienen claro siquiera qué y cómo quieren normalizar la intrínseca anormalidad estructural de la sociedad civil gallega. Eso sí, la palabra no deja de repetirse en los múltiples libelos propagandísticos de las supuestas políticas normalizadoras de la Xunta de Galicia, así como en el discurso de algún aspirante a intelectual-marca del Reino de Galicia.

Estas políticas, por supuesto, son inexistentes, y suelen tener como tragicómico efecto el hecho de que surjan, aquí y allá, una miríada de corralitos culturales aspirantes a hacer lobby político-cultural por la normalización real de la sociedad gallega, para contrarrestar la esterilidad de las inexistentes políticas normalizadoras de la Xunta.

En ciencias sociales y en lingüística no existen, ni sociedades – o lenguas – normales, ni sociedades – o lenguas – ideales, existen las sociedades – o lenguas – tal y como han cristalizado históricamente y tal y como a nosotros nos vienen dadas cuando nacemos en y con ellas. Que las asimétricas y violentas relaciones de poder han sido siempre la partícula elemental antes de que nos hayan transmitido el aprendizaje de la lengua y antes de que  hayamos comenzado nuestro proceso de socialización desde chicos, nadie lo duda, a no ser puritanos de la más diversa laye. Por este motivo, precisamente, sigo sin entender la obsesión normalizadora y filologista de tantos artistitas, intelectuales y periodistas en Galicia : la existencia de una anormalidad socio-lingüística no es el problema real de la lengua gallega; en honor a la precisión no puede definirse como anormalidad lo que es un síntoma, un efecto, un impacto grave que las nuevas generaciones de potenciales gallegohablantes no perciben como tal por una cuestión muy simple : por carencia total de memoria histórica y por carencia total de herramientas de analítica social.

Hablemos claro : entre la clase obrera, en Galicia, y en todos los sectores – hostelería, industria, agricultura, pesca, sector servicios -, la pérdida de habilidades y capacidades lecto-escritas en gallego, castellano e tutti quanti va unida a la pérdida progresiva de gallego hablantes. Eso es un hecho, sí, pero no es un hecho incausado, azaroso; está profundamente relacionado con la existencia de un modelo de desarrollo neoliberal que antepone los criterios de rentabilidad y utilidad económico-contable a cualquier otro tipo de criterio. Dicho de un modo simple : del mismo modo que la búsqueda de plusvalor precariza, al mismo tiempo, las condiciones materiales de existencia de la clase obrera, así mismo también precariza y erosiona la cultura material con la que ésta interactúa y se comunica. La lengua, así pues, como el modus vivendi de las economías rurales, también sufren el fuertísimo impacto del abandono institucional, económico y financiero de un modelo económico de desarrollo que concentra toda su actividad inversora en, por y para el centro de las ciudades.

Es precisamente – !qué azarosa casualidad! – la consolidación de este modelo de desarrollo, causa real de las múltiples anormalidades concretas – sobre todo, la filológica – que denuncia la pija gauche divine de artistitas, intelectuales y periodistas gallegos, aquello con lo que no se quiere gastar energías críticas. Por algo será.

Tengo que reconocer que, a lo largo de mi vida, he escuchado argumentos de la más diversa índole para justificar el confinamiento del gallego en un guetto :

1 – Argumentos pseudo-económicos : “!no es útil para los negocios!”

2 – Argumentos pseudo-jurídicos : “!tratan de imponérnoslo!”

3 –  Argumentos indiferentes : “no me interesa la cuestión”

4 –  Argumentos pseudo-culturalistas : “sólo sirve para hacer poesía”

5 – Argumentos pseudo-cosmopolitas y muy desinformados : “!En inglés hay más oportunidades de trabajo!”.

Lo cierto es que el paro estructural y la exclusión no entiende de lenguas, ni en el centro ni en la periferia,

6 – Argumentos pseudo-pedagógicos : “!No sirve para el razonamiento matemático y filosófico-científico!”.

Al parecer, en gallego dos más dos pueden no ser cuatro.

Cómo pueden estos clichés mentales y prejuicios llegar a interiorizarse en buena parte de la sociedad civil gallega creo que no tiene difícil explicación : el mercado excluye lo que no deviene rentable, y eso toca a las habilidades y capacidades del sujeto tanto como a la – o las – lenguas y culturas materiales en las que su personalidad se ha desarrollado. Sólo hace falta escuchar cómo tertulianos como Roberto Blanco Valdés – en sus artículos de La Voz de Galicia y sus intervenciones en Vía V -, con su omnímodo cachibache intelectual que es el derecho constitucional, así como filósofos como Fernando Savater – en sus artículos en el diario El país y sus esporádicas apariciones en los medios -, con su peculiar forma de entender el filosofar, ayudan a solidificar con códigos cultos ese sentido común tan acríticamente asimilado por buena parte de la sociedad civil gallega y aledañas al estado.

El interesado ejercicio de nominalismo filosófico de Fernando Savater, por ejemplo, excluye la conveniencia de partir de un análisis socio-lingüístico previo que pudiese ilustrar, sin trampa ni cartón, la asimétrica y desigual convivencia lingüística en los pueblos del estado, así como el nonsense implícito en el hecho de separar el hecho lingüístico del hecho jurídico, y el hecho jurídico de la valoración ético-moral  : “Lo que importa son las personas, no las lenguas” –. Agárrenme esta mosca por el rabo, por favor. Además, en más de una ocasión Fernando Savater ha afirmado que el castellano debiera tener la consideración político-cultural de única lengua común del estado. Repito, la única. Agárrenme también esa mosca por el rabo.

Por si no bastase con basurita filosófica, tenemos que bregar también con basurita jurídica. El interesado ejercicio de positivismo jurídico de Roberto Blanco Valdés, por ejemplo, excluye la conveniencia de partir de una crítica político-moral de los contenidos normativos existentes en la sacrosanta constitución española del 78, así como la posibilidad de hacerle una necesaria enmienda a la totalidad de algunos de sus artículos. Además, también él, con esa histriónica vehemencia que le caracteriza, considera la posibilidad de existencia de un individuo-isla deslenguado, desculturizado, ahistórico, asexuado y aclasista : así son las cosas para nuestros tensos plumillas y tertulianos en el aséptico y neutral reino celestial del positivismo jurídico.

Todo starting point filosófico y epistemológico, por erróneo que sea, lleva en sí mismo la semilla de un discurso político que puede devenir, por así decirlo, sentido común socializado. Creo que es demasiado tarde para pedir decencia y honestidad a sujetos como Fernando Savater y Roberto Blanco Valdés, o semejantes. Sin embargo, no es, ni mucho menos, tarde, para decirles en alto lo siguiente : callad de una vez vuestro narcisista monólogo y exponed vuestras afirmaciones a análisis y diálogo crítico.

Como escritor me siento impulsado por la bellezza, por un sano inconformismo estético. Como científico me siento impulsado por la veritá, por un sano inconformismo filosófico. Por eso, cada vez que escucho a sujetos como Savater o Blanco Valdés, entre tantos otros que pueblan el cutre gallinero cultural del Reino de España, me tomo la molestia de perder el tiempo para, al menos, tratar de dejar claro que en la calle existe mucha más luz y más intelligentsia que la que muestra el platónico teatrillo de sombras de nuestra caverna mediática.

Yo también, ingenuo de mí, aspiro a vivir en un país que no sea, ni un gallinero, ni una cueva.

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