El Gabo y Mutis

bajo la óptica abierta y sangrante del ocaso de la especie humana o casi subhumana, movió los cimientos de la descomposición del hombre en su supuesto estructuralismo material y espiritual
El canto de Una temporada en el infierno de Jean Nicolas Arthur Rimbaud, unido al manantial de las voces y de actividades presurrealistas de Mallarmé, Baudelaire y Verlaine, donde el grito lírico del decadentismo, parnasianismo, operística del monasterio temático destinado a conmover a la humanidad bajo la óptica abierta y sangrante del ocaso de la especie humana o casi subhumana, movió los cimientos de la descomposición del hombre en su supuesto estructuralismo material y espiritual. La ausencia de la fe y de la credibilidad al acontecimiento de la vida, al principio utópico de la civilización, a la teatralidad de las ideologías-doctrinas, a la oferta del ser y de la otredad del prójimo, su intento evolutivo, su futuro y aspiración de porvenir o hado, estallaron con el concepto de la negación de la existencia. La solidez de la imposibilidad a la compostura y a la dignidad. Mientras que lo opuesto en el saludo de Walt Whitman, el renacimiento y el humanismo con Dante Alighieri, Francesco Petrarca, Pico della Mirandola, Erasmo de Rotterdam, defensores de la sensibilidad humanística y su infinita posibilidad evolutiva hacia destinos supremos de maravillas sociológicas. Estos dos parques de atracciones filosóficos que se contraponen aparentemente en la esencialidad de la paradoja humana rigen este artículo. Creo que el imperio de la incredulidad y la creencia en el planeta Tierra y sus habitantes debe orientarlo el equilibrio por encima de las contradicciones particulares y de los colectivos. Es ejemplo de esta cultura la amistad entre Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, uno engastado en la amistad por Cuba, Fidel, los débiles ante los imperios, y el otro recién fallecido adepto a la introspección perfectamente individual y hasta con vaivenes monárquicos en el siglo XXI. No obstante la poesía los unía con el vínculo más febril, la humanización calzada por el respeto a los contrastes dialogados, los tactos, las vivencias, los genios, los juicios, percepciones y sentires dibujaban el maremoto de la cercanía partidaria. Siempre por encima de la criatura ideológica, ante la inmensidad de la soledad infinita, casi perfecta, el estallido de la estancia sensitiva prevalecía. Luces a seguir.
Profesor UCV-Unimet-Ulac
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