El frente.

La información ha seguido a la industria del mismo modo que la industria siguió a la guerra, pero eso no quiere decir que la guerra haya terminado. Una visita a los talleres de una fábrica basta para darse cuenta de que siguen sonando aires guerreros, suenan a Wagner, Wagner que, como si lo único que pudiera despertar la pasión fuera el espectáculo malsano del sufrimiento pasivo puso música a la maquinaria. Dice Woody Allen que en cuanto escuchas a Wagner te vienen ganas de invadir Polonia.

Hay por ahí una ley cuyo nombre he olvidado que cuenta de la proporción entre el tamaño de una institución y su inercia (su resistencia al cambio). El que haya buena comunicación entre las personas constituye agregados sociales cada vez mayores. Es como aquellos especialistas en caos que sostienen que cuanto mayor es el número de variables de un conjunto menos variable es su comportamiento como tal. Si eso fuera así la Globalización deja muy poco margen de cambio, y algunos granujas gozan de información privilegiada.

Que la frontera, el frente, está en las escalas individuales, familiares, grupales, empresariales o vecinales antes que en las escalas mayores es algo que está claro para cada uno. Es posible que pueda considerarse la escala autonómica mejor que la nacional para afrontar los cambios que los tiempos barruntan, y siguiendo esta línea pudiera ser más operativo plantear los cambios a escala provincial que a escala autonómica. En cuanto reduces la escala empieza a necesitarse mejor estómago para aguantar ciertas cosas. Las broncas dentro de un mismo partido son peores que las broncas entre partidos. Basta dos para declarar la guerra, para enfrentarse. Pocos mamíferos hacen el amor de frente como nosotros, y a algunos nos da a la vez vergüenza dar la espalda al amigo y al enemigo.

Y no sólo es una cuestión de escala, también depende de lo que se comparta, como sabemos de las comunidades de vecinos: si hay una piscina en común hay más de lo que “hablar en la reunión”. Pocos generales odiaban a sus contrincantes, pero se volvían ulcerosos y sufrían ataques de apoplejía por culpa de sus aliados. La Iglesia trataba de convertir a los paganos, pero quemaba a los herejes.

¿Cuándo se puede favorecer a miembros de la propia familia, o de la propia comunidad, frente a otros seres humanos tomados al azar? El que cree que hay para preguntas de ese tipo respuestas teóricas bien fundadas -algoritmos para la resolución de dilemas morales de esta especie – es todavía un teólogo o un metafísico. Cree que existe, más allá del tiempo y del azar, un orden que determina el núcleo de la existencia humana y establece una jerarquía de responsabilidades.

Parece ser una ley política que el odio aumenta en proporción a la cantidad de convicciones e intereses compartidos con el odiado.

Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas
ni cogeré las flores
ni temeré las fieras
y pasaré los fuertes y fronteras…

Todos sabemos de nuestros fuertes y fronteras, a veces con ayuda del Amado pasamos de ellos, pero eso no quiere decir que estemos en paz con el mundo ni mucho menos, como decía aquel maldito: “en mi lucha contra el mundo, secundo al mundo”.

O el poeta:
"No extrañéis, dulces amigos
que esté mi frente arrugada:
yo vivo en paz con los hombres
y en guerra con mis entrañas".

No le convienen a las grandes guerras de hoy que descubramos frentes en pequeñas escalas, así vemos que si la idea de Globalización sustituye a la idea de Comunismo, como proyecto de sociedad global universal, es porque puede sustituirla, es decir porque comparte elementos comunes decisivos. Su odio por los que pretenden enfrentamientos personales o locales, por ejemplo. En consecuencia, tanto la ideología de la Globalización, como la ideología del Comunismo, sin perjuicio de su oposición profunda, comparten una actitud común frente al mismo enemigo: Contraria sunt circa eadem los contrarios se acercan al mismo sitio.

De Epaminondas, que pasó de la batalla para abrazar a un amigo descubierto en el bando contrario, se dijo que incluso en tiempos de paz no hacía más que pensar en cómo hacer mejor la guerra. Elegir el lugar o el momento ha sido siempre clave cuando uno adopta actitudes beligerantes. A los que queremos poder elegir el campo de batalla o el momento de presentarla, nos dicen que estamos enfermos y se nos deja en manos de la medicina psiquiátrica o de la televisión.

Pues bien, en primera línea no hay enfermos, hay bajas. Y una vez en el frente todos los agujeros son trincheras. Para algunas guerras como la que hay que luchar contra la injusticia social o la devastación del planeta no cabe el pensar local para actuar global, bastante se actúa globalmente por nosotros, sino bajar a la arena del esfuerzo de cada día a pequeña escala, dónde puede cambiarse mejor, donde hay menos inercia, donde cabe concentrar el esfuerzo, fijar el frente, acertar el momento.

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