El franquismo ubicuo. Medio siglo de oprobio no se borra de la noche a la mañana

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Franco y los franquistas. Medio siglo de oprobio no se borra de la noche a la mañana. El franquismo fue acunado por los Estados Unidos a partir de los años cincuenta y reconocido internacionalmente como la única alternativa viable a la ruptura revolucionaria en España hasta el final de sus días. Eso es lo que explica la deshonesta tolerancia de los regímenes “liberales y democráticos” con la última dictadura fascista en el corazón de Europa durante décadas.

Las multinacionales norteamericanas sirvieron combustible a un precio amigable al ejército franquista desde el primer momento de la Guerra Civil, mientras las potencias socialdemócratas y liberales europeas jugaban a la comedia de la “no intervención”, que en realidad significaba entregar al pueblo español, desarmado y aislado, a la barbarie de un genocidio operado con absoluta sistematicidad y crueldad.

Y el franquismo duró décadas, muchas décadas, para travestirse finalmente, él mismo, en reforma democrática. En evolución del régimen a un bipartidismo imperfecto que ha generado otros cuarenta años de “paz”, es decir, de silencio sepulcral, sobre las cenizas de los cuarenta años de oprobio. La Constitución otorgada por el monarca coronado por Franco tomó su legitimidad de las propias Corte del dictador, y las principales instituciones de su régimen sobrevivieron con una muy limitada mudanza de sus actores principales, sus caladeros de recursos humanos, sus bases de funcionamiento cotidiano y su normativa fundamental.

En los años setenta (a la llamada vuelta de la democracia), el franquismo no fue socialmente debatido ni la memoria de sus víctimas fue recuperada. No hubo ruptura democrática ni exigencia de responsabilidades. El silencio sustituyó al fragor de las proclamas abiertamente fascistas. Entendámonos: el siempre ubicuo silencio de los perdedores, porque los franquistas siguieron alimentando sus mitos fratricidas desde las cátedras, los medios de comunicación y la política, como habían hecho los cuarenta años anteriores, sin más limitaciones.

Sin debate sobre lo ocurrido, sin análisis de las trayectorias de los represores, ladrones y torturadores, los franquistas transmutaron en demócratas “de toda la vida”, mientras nos contaban que teníamos democracia “gracias al Rey” (“el primer republicano de la Nación”), que la Guerra Civil había sido una “lucha entre hermanos” en la que no hubo víctimas, y que el franquismo (¡Incluso en los años cuarenta, en los que las ejecuciones de militantes republicanos alcanzaron a ser de decenas de sino de centenares de miles!) había sido sólo un “régimen moderadamente autoritario” que “modernizó España” y “acabó con el caos anterior”.

Socialistas y populares (el bipartidismo del nuevo régimen) condecoraron y ascendieron a torturadores y represores, y garantizaron la continuidad de las grandes familias empresariales que se había erigido con montañas de corrupción, trabajo esclavo de presos políticos y componendas con el régimen. El aparato judicial, los medios de comunicación, la policía, el Ejército… nada se tocó. Todos siguieron en sus puestos, rodeados de la pátina de respetabilidad ganada por haber tenido a bien no repetir, de nuevo, el genocidio. Acunados por el apoyo estadounidense (ganado gracias a las genuflexiones y la entrega de territorio nacional para la construcción de bases militares). Financiados por la gran banca europea, que prefiere una clase política corrupta y una economía decrépita y dependiente en el Sur para no tener competencia alguna, para que Europa no se convierta en un proyecto de construcción social sostenible, sino que sólo sea un caladero de plusvalor en decadencia para los fondos financieros globales.

Ahora, un gobierno social-liberal, con ministros ornamentales desde la izquierda posmoderna, habla de penalizar la “apología del franquismo”. Pero ¿Cómo convertir en delito la apología de algo que, en sí mismo, no se considera delito? ¿Será delito hablar bien del policía González Pacheco, condecorado por socialistas y populares en democracia, por, precisamente, las mismas razones por las que le condecoraron (esto es, aplicar técnicas de interrogatorio usuales en el franquismo -hablando claro, torturar- a los militantes de la izquierda transformadora)? ¿Será delito contar que fue Franco el que coronó al “Rey demócrata” al que efectivamente coronó? ¿Será delito hablar bien de Manuel Fraga (“Don Manuel Fraga”, dicen siempre los medios de comunicación), adalid de la “Transición” y firmante de penas de muerte como Ministro del Interior del Régimen de Franco?

El franquismo ejecutó contra una gran parte del pueblo español, claramente, un delito de genocidio. Pero los mismos tribunales que deberían aplicar esa penalización de la apología, se han negado reiteradamente a considerar punible dicho genocidio. Al final, como ha ocurrido con la regulación de los delitos de odio, raperos y tuiteros de izquierdas serán los únicos encausados por un tipo penal que se expandirá para penar a “extremistas” de todo pelaje (comunistas, anarquistas, independentistas…). Vamos a una “democracia parlamentaria militante”, como tuvimos una “democracia orgánica” durante mucho tiempo.

El franquismo está en las calles, en las televisiones, en el Parlamento (no otra cosa es Vox, financiado por las redes globales de la ultraderecha trumpiana), en la judicatura (que tiene una comprensión del Estado de Derecho y de las libertades nacida en las cátedras de los prebostes académicos del Movimiento Nacional, ya fueran “opusinos” o falangistas). El franquismo se transmite, en la sociedad española, por ósmosis, porque en cuarenta años de “democracia” nadie ha tratado de transmitir nada distinto.

Ni se han exigido responsabilidades. Ni se ha recuperado la memoria de la izquierda (e, incluso, el liberalismo) anterior al golpe de Estado franquista. Ni se han devuelto propiedades. NI se ha dejado abrir cunetas. Ni se piensa, ni por un instante (y esto no lo hace ni siquiera la izquierda parlamentaria), en abrir un proceso constituyente que pueda ratificar, cambiar o abolir, la arquitectura política y territorial aprobada en un momento en el que, como sus propios defensores afirman, “no hubo más remedio, por el ruido de sables, que aprobar lo que se aprobó”.

“¿Qué es el franquismo?” nos preguntan los portavoces de los principales partidos parlamentarios españoles, mientras clavan en nuestras pupilas sus pupilas azules. Debemos responder como hacía Bécquer en su famoso poema: “el franquismo eres tú”.

Imaginemos a Gustavo Adolfo Bécquer, junto a su hermano Valeriano, dibujando y escribiendo su colección de láminas satíricas “Los borbones en pelota”, sobre la familia real española. Imaginemos que, alguna vez, recobraremos la memoria de lo que era el franquismo. Un paso imprescindible para inventar lo nuevo que, ahora, deje, por fin, de ser el franquismo, deje de ser el Régimen, travestido y embozado. La nueva alternativa democrática, social y federal para una España que se despereza tras casi un siglo de oprobio.

José Luis Carretero Miramar.

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