El fin de la escolática europea

 La alegría era entendida por Spinoza como el paso a un estado de mayor perfección, cuando eso estaba unido a la idea de una causa exterior, hablaba de amor. Algo así uno podría esperar de la educación. Y si puede ser jugando, con la seriedad que pone el niño en sus juegos, pues mejor. Sin embargo la educación muchas veces lo que pretende es la repetición de las miserias. Ya Aristóteles, hombre claro y práctico, elogiaba a Platón por haber dicho que el fin de la educación estribaba en enseñar a desear lo que se debía desear.

   La cuestión no es sólo saber quién va a pagar todo esto, sino ante todo saber quién manda. Quién decide que hay que hacer qué, qué enseñar, en qué consiste estar bien educado, quién insiste en que no hay diferencia entre derecha e izquierda, en que no hay diferencia de clase. Esta negación simbólica de la diferencia permite al dominante hacerse reconocer por parte el dominado (éste percibe la condescendencia como un muestra de sencillez y falta de afectación) garantizando su adhesión y reforzando la diferencia social (el dominante «muestra» que es capaz de «descender», de «ponerse a nivel del otro”). En sentido inverso, las fiestas populares y las grandes sacudidas revolucionarias se acompañan de una liquidación de las formas y en un decir que traduce la suspensión temporal de la «buena educación»; es decir, de la adhesión simbólica de los dominados.

  Recuerdo cuando por hablar siempre de sexo se nos llamaba miserables freudianos, o cuando por hablar siempre de Nietzsche se nos mentaba lo del Superhombre o se nos llamaba nazis. Por volver siempre a Proust no me han llamado nunca nada. Así que puedo volver a buscar el tiempo perdido, el que ocupamos amando. «Pero no sois nuestro igual sino mejor que nosotros» parecían decir con todas sus acciones los Guermantes: y ellos lo decían de la manera más gentil que pueda imaginarse, para ser amados, admirados, pero no para ser creídos; que se supusiera el carácter ficticio de esta amabilidad, era lo que ellos llamaban estar bien educados, creer esta amabilidad real, era, mala educación. 

  La antigua socialdemocracia había anunciado el lema “saber es poder” como una receta prácticamente racional. Y en ello no se lo pensó mucho. Se consideraba que habrá que aprender algo adecuado para tenerlo, posteriormente mucho más fácil. Una confianza pequeño-burguesa en la escuela era la que había dictado la frase. Esta confianza está hoy en descomposición. Quien no busca el poder tampoco querrá su saber, su equipamiento sapiencial, y quien rechaza ambos ya no es, en secreto, ciudadano de esta civilización. Son numerosos los que no están dispuestos ya a creer que habría que “aprender algo” primeramente, para, después, tenerlo un poco más fácil. En ellos, creo, crece una intuición de aquello que en el antiguo quinismo era certeza: el que primeramente hay que tenerlo más fácil para poder aprender algo racional. ¿Hasta qué punto la educación que no nos saca de pobres nos condena a serlo? ¿No hay que ser un poco mal educado para resistir y arriesgarse para combatir a la pobreza con la que la educación, con su manía de convertir a los pobres en tontos, es decir en inofensivos, parece empeñada en conducirnos?

  El proceso de integración en la sociedad a través de la escolarización tal como sucede en nuestro país, es un embobamiento a priori tras el cual el aprender no implica apenas   buenas oportunidades de que las cosas vuelvan a ser mejores alguna vez. La reversión de la relación de la vida con el aprendizaje está en el aire, es decir, el fin de la confianza en la educación, el fin de la escolástica europea. Esto es lo que les aterra en igual medida tanto a los conservadores como a los pragmáticos, tanto a los  voyeurs de la decadencia como a los bienintencionados. En el fondo, ya ningún hombre cree que el aprender de hoy solucione los “problemas de mañana”; más bien, es casi seguro que los provoca.

  En lugar de ser un regalo, un juego, una alegría, un pasar a un estado de mayor perfección, para gran parte de los estudiantes la educación es un castigo.”Vosotros hombres serviciales y bienintencionados, si queréis participar en una acción provechosa ¿Por qué no ayudáis a erradicar del mundo esa mala hierba que crece por todas partes: la idea de Castigo? ¡Parece como si la educación de la humanidad hubiese estado dirigida hasta ahora por la imaginación de carceleros y verdugos!”

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