El feminicidio no está en cuarentena

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Días, semanas, meses, una cantidad indeterminada de tiempo ha pasado desde que el mundo parece paralizado por el viaje del SAR-CoV-2. La falta de certeza aumenta la ansiedad. El virus, como escribe Arundhati Roy, “busca propagarse, no hacer ganancias, y por lo tanto, inadvertidamente y hasta cierto punto, ha revertido la dirección del flujo [de capital]. Se ha burlado de los controles migratorios y biométricos, de la vigilancia digital y de cualquier otro tipo de análisis de datos, y ha golpeado fuerte, hasta ahora, a las naciones más ricas y poderosas del mundo, deteniendo de manera estrepitosa el motor del capitalismo”. El confinamiento se ha vuelto casi universal, el planeta está más silencioso, el canto de los pájaros más fuerte. El cauto “hasta ahora” de Arundhati Roy es importante porque el virus está llegando a las zonas de pobreza extrema, a los barrios marginales de Dharavi (India) y Cidade de Deus (Brasil).

Un gran informe de las Naciones Unidas con el título esperanzador de “Shared Responsibility, Global Solidarity” (“Responsabilidad compartida, solidaridad mundial”, traducción libre) señala que la pandemia mundial “está atacando al núcleo de nuestras sociedades”. En muchas parte del mundo las instituciones sociales y estatales han sido tan vaciadas que simplemente no son capaces de manejar la crisis sanitaria, ni las crisis social y económica. La directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, dijo que no hay posibilidad de una recuperación económica antes de 2021. Estamos en abril de 2020, es casi como si todo el calendario del año 2020 hubiera sido cancelado.

Eileen Agar, The Autobiography of an Embryo, 1933-34.

Eileen Agar, The Autobiography of an Embryo, 1933-34.

Una cosa parece unir a una gran variedad de personas: el total desconcierto frente al fracaso del orden burgués, y un giro importante en la creencia de que el “libre mercado” asignará adecuadamente los recursos. Hasta el Financial Times adoptó esta visión:

Reformas radicales —que reviertan la dirección política que ha predominado por cuatro décadas— tendrán que ponerse sobre la mesa. Los gobiernos deberán aceptar tener un rol más activo en la economía. Deben considerar los servicios públicos como una inversión, no como pasivos, y buscar maneras para hacer menos inseguros los mercados laborales. La redistribución volverá a estar en la agenda, los privilegios de los mayores y los más ricos volverán a ser cuestionados. Políticas que hasta ahora eran consideradas excéntricas, como un ingreso básico e impuestos a la riqueza, tendrán que ser parte de la mezcla.

Phumzile Mlambo-Ngcuka, secretaria general adjunta de la ONU y directora ejecutiva de ONU Mujeres, escribió recientemente que la pandemia mundial “es un shock profundo para nuestras sociedades y economías, que pone de manifiesto las deficiencias de los acuerdos públicos y privados que actualmente funcionan solo si las mujeres desempeñan múltiples funciones no remuneradas”. Esta es una declaración categórica que merece una reflexión seria.

Shia Yih Ying, Miss Nature, 2016.

Shia Yih Ying, Miss Nature, 2016.

Trabajadorxs de la salud

Casi tres de cada cuatro trabajadorxs esenciales de primera línea son mujeres, desde el personal médico hasta el de lavandería médica. Una cosa es aplaudir para celebrar a estxs trabajadorxs y otra es aceptar su larga lucha por la sindicalización, por mejores salarios y condiciones laborales, y por el liderazgo en su sector de trabajo. Casi todos los administradores en el sector hospitalario a nivel mundial son hombres.

En India, el peso de cualquier emergencia sanitaria es sostenido fundamentalmente por las 990.000 Activistas Acreditadas de la Salud Social (ASHA), las trabajadoras Anganwadi o de guarderías, y las matronas y enfermeras auxiliares. Estas trabajadoras, casi todas mujeres, están mal pagadas (sus bajos salarios a menudo se retienen por meses), mal entrenadas e incluso se les niega la protección laboral más básica (son tratadas como “voluntarias a honorarios”, una categoría ridícula creada por el gobierno). El año pasado, las trabajadoras ASHA estuvieron involucradas en un ciclo de protestas para mejorar sus condiciones laborales; más allá de algunas pequeñas victorias, fueron ignoradas (para más información sobre esto, vea la entrevista a K. Hemalata, presidenta de la Central de Sindicatos de la India, en el dossier nº 18 de julio de 2019). Durante esta pandemia, son las trabajadoras ASHA y Anganwadi quienes van casa a casa ayudando a las familias, haciéndolo sin la protección mínima (como mascarillas y alcohol-gel). Estxs son lxs trabajadorxs de la primera línea de la salud pública que ahora son celebradxs retóricamente, pero que no tienen protecciones básicas como sindicalización, seguridad laboral y salarios dignos.

Mónica Mayer, Primero de diciembre, 1977.

Mónica Mayer, Primero de diciembre, 1977.

Roles de género reforzados

Hace dos años, la Organización Internacional del Trabajo publicó un estudio que mostraba que las mujeres realizan el 76,2% del trabajo de cuidados no remunerado, tres veces más que los hombres. La OIT encontró que “las actitudes hacia la división sexual del trabajo remunerado y del trabajo de cuidados no remunerado están cambiando, pero el modelo familiar en el que el hombre es el proveedor sigue estando, en general, profundamente arraigado en la estructura de las sociedades, y la función de cuidadora de las mujeres en la familia continúa siendo central”. Esta es la situación durante los tiempos “normales”, pero durante los periodos de pandemias la desigualdad estructural y los sesgos culturales se vuelven un suplicio.

Las instituciones y estructuras sociales que habían facilitado algunos aspectos del trabajo de cuidados ahora están clausuradas. Las escuelas están cerradas, así que lxs niñxs están en casa con la presión de educarlos desde allí; las personas mayores no pueden reunirse en los parques, así que deben ser atendidas y entretenidas en el hogar. Comprar es más caro y limpiar es más necesario, todas tareas que la evidencia muestra que recaen en los hombros de las mujeres.

Violencia contra las mujeres

Antes del CoronaShock, alrededor de 137 mujeres de todo el mundo eran asesinadas por un miembro de su familia cada día. Esta cifra es brutal. Como señala Rita Segato, no solo ha aumentado la frecuencia de la violencia contra las mujeres durante la pandemia, también se ha intensificado su crueldad, en la medida en que ideas neofascistas sobre la subordinación femenina eclipsan las ideas progresistas sobre la emancipación de las mujeres. En Argentina, la consigna “el feminicidio no se toma cuarentena” apunta con claridad a la violencia que ha estallado por el confinamiento mundial. En todos los países los informes indican un aumento en la violencia contra las mujeres. Las líneas telefónicas de apoyo están sobrepasadas, no se puede llegar a los refugios.

En Trento (Italia), el fiscal Sandro Raimondi declaró que en los casos de violencia contra la mujer, el abusador debe dejar la casa, no la víctima. La Confederación General Italiana del Trabajo dijo: “El confinamiento en la casa debido al coronavirus es difícil para todos, pero se vuelve una verdadera pesadilla para las mujeres víctimas de violencia de género”. Son necesarios enfoques creativos para enfrentar la violencia contra las mujeres.

La Coordinadora Feminista 8M de Chile elaboró un Plan de emergencia feminista ante la crisis del coronavirus. Este plan —que se asemeja en algunos elementos a la plataforma creada por la Asamblea Internacional de los Pueblos y el Instituto Tricontinental—, tiene cuatro puntos clave:

  1. Estrategias de cuidado colectivo en los territorios. Crear redes de solidaridad y ayuda mutua para luchar contra el individualismo respectando el distanciamiento social. Primero, realizar catastros de la población en riesgo en los barrios. Segundo, organizar equipos de cuidado comunitario para lxs niñxs. Tercero, hacer catastros y movilizar a lxs técnicxs y profesionales de la salud en la comunidad.
  2. Feministas contra la violencia patriarcal. Crear y fortalecer mecanismos para responder colectivamente frente a casos de violencia de género, como líneas telefónicas de emergencia y refugios. Generar planes de emergencia barriales para que mujeres y niñxs puedan escapar de situaciones peligrosas.
  3. Huelga por la vida. Llamado a huelga de todas las labores productivas no destinadas exclusivamente a sostener el sistema de salud, cuidados y abastecimiento, en defensa del derecho a permanecer en casa frente a una situación de emergencia sanitaria. Mantener el sueldo de trabajadorxs formales y crear un fondo público para apoyar a trabajadorxs informales.
  4. Medidas de emergencia: nuestro cuidado sobre sus ganancias. Nuestras vidas no tienen precio. Demandas por licencias médicas pagadas, acceso libre y gratuito a la atención médica en centros de salud públicos y privados, arresto domiciliario para quienes están en prisión preventiva y para población de riesgo (con excepciones específicas como violaciones a los DDHH), prohibición de despedir a trabajadorxs en el actual contexto, congelamiento de precios de primera necesidad, suspensión del pago de deudas y dividendos por 6 meses, asegurar el acceso a agua potable y electricidad, entre otras.
Cecilia Vicuña, El Paro/The Strike, 2018.

Cecilia Vicuña, El Paro/The Strike, 2018.

Cada uno de esos puntos es totalmente intuitivo, y son útiles no solo en América Latina sino en todo el mundo. Pero este plan de emergencia es solo —como lo pone la poeta algeriana Rabi’a Jalti en Shizufriniya (Esquizofrenia)— una calle. Siempre está esa otra calle.

Me he transformado en dos calles.

Una mira hacia el durazno y el narciso,
Y la mañana de los poemas.
Entra en el mar del lenguaje.
Y la otra
Es aquella cuyo nombre está colgado en el horizonte y el color del pan,
Cuyo rostro ha cercado todas direcciones,
Cuyo aliento ha sellado todos los círculos.
Casi me asfixia.

Esa calle que asfixia es la que ha llevado al gobierno local de Durban (Sudáfrica) a desalojar a la fuerza a lxs pobladorxs de barracas. Porque estamos pensando desde la otra calle, Arundhati Roy, Noam Chomsky, Naomi Klein, Yanis Varoufakis y yo escribimos esta declaración. A lo largo de esta otra calle la gente tiene hambre de tierra, no solo para construir sus hogares sino también para cultivarla. Desde Sudáfrica hasta India y Brasil, el hambre impulsa el hambre de tierra.

Nuestra última publicación, el dossier nº 27 (abril de 2020) “Reforma agraria popular y lucha por la tierra en Brasil”, muestra cómo esa hambre de tierra motiva una lucha que no es solamente por la tierra, sino por la transformación social. Nuestra oficina de São Paulo escribe que en el corazón de esta lucha está “la construcción de nuevas relaciones humanas, sociales y de género, enfrentando el machismo y la lgbtfobia, por ejemplo” y la demanda por garantizar el acceso a la educación en todos los niveles en el medio rural.

Estaremos compartiendo más sobre la lucha por la tierra en los boletines de las próximas semanas, a los que se pueden suscribir en nuestro sitio web en inglés, español, portugués, hindi, francés, mandarín, ruso y alemán.

Antes del CoronaShock, mientras lee este boletín, dos feminicidios habrían ocurrido en algún lugar del mundo; durante el CoronaShock, el número es aun más alto. Esto debe terminar.

Traducido por Daniela Schroder

Tricontinental

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