El factor Colau y los intangibles

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Por Rafael Cid

Que Podemos es el gran ganador de estas elecciones nadie lo discute. Ganador por puntos, no por k.o., pero ganador sin mácula. Y lo es por partida doble. De una parte, porque se ha situado como tercera fuerza política, a moderada distancia de dos notorios perdedores, el duopolio dinástico hegemónico. Tinglado este donde uno de los actores ha cedido posiciones hasta dar con el segundo peor resultado de su historia (el PP), mientras el otro se ha abismado hasta el peor resultado absoluto de su historia (el PSOE). Y por otra parte, porque de los dos emergentes ha sido la formación morada la que ha acumulado más escaños, que es el valor de cambio con que se mide el poder en las democracias representativas.

Establecido, pues, el Indiscutible e indiscutido éxito de la escudería de Pablo Iglesias, hay que reseñar algunas circunstancias que contextualizan y dimensionan el calado de su logro. El primero es una leyenda urbana, transmitida y retransmitida por tirios y troyanos, que encumbra a Podemos como una especie de Premio Nobel de la ciencia política al presentarlo como un partido que “de la nada” se ha colocado en el olimpo del Congreso. Es una imagen bonita pero incierta. Mal que nos pese, antes hubo un partido que si cumplió a rajatabla esa condición de saltar de cero al infinito en la etapa democrática. Fue la Unión del Centro Democrático (UCD), grupo constituido en 1977 y encaramado al gobierno como vencedor sin par en junio de ese mismo año y después en 1979, con 177 y 179 escaños respectivamente.

Realmente se trata de dos procesos antagónicos. Nada que ver en cuanto a antecedentes entre un Podemos que nace al calor de las protestas ciudadanas contra la crisis y una UCD que bebía en los estertores del partdofranquismo y de los primeros acordes de la transición. Agua y Aceite. De citar alguna coincidencia, aparte de sus constatados chupinazos electorales, habría que mencionar el halo carismático que nimbó a Adolfo Suárez (el tahúr del Misisipi) y que asiste a Pablo Iglesias (el mago del talk-show), y el rentable uso político que ambos hicieron de la televisión como lanzadera partidaria. Entonces había una única tele pública en blanco y negro, y hoy tenemos un sistema comunicacional de muchos canales públicos y privados, con una incidencia excepcional en cuanto a consumo televisivo, unos 240 minutos por persona y día en España.

El otro tema que merecería una reflexión tiene que ver con el debate abierto sobre si cabe o no consignar a la marca Podemos los resultados obtenidos por las formaciones polifónicas donde aparece el partido morado sin aval de prevalencia respecto a los otros integrantes (En Marea, En Común Podem y Compromís-Podemos-És el moment, aspirantes todas ellas a grupo parlamentario propio). Agregar y desagregar los resultados del 20-D en esos casos no es cuestión baladí, al margen de la opinión que merezca que el ministerio del Interior en la noche electoral ofreciera los resultados por separado. Curiosamente lo contrario hizo el oficialista Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en su última encuesta publicada a primeros de diciembre. Tal emparejamiento constituye un modelo errático que muchas veces busca efectos perversos. Hay que recordar el empeño de la derecha política y mediática en etiquetar como de Podemos a las plataformas que se alzaron con la victoria en Madrid, Barcelona, Santiago de Compostela o A Coruña, creyendo torpemente que con esa “atribución” las estigmatizarian ante sus potenciales votantes.

Sin entrar en el fondo del asunto, que tiene tantas adictos como detractores, resultaría curioso establecer una comparativa entre lo logrado por estas formaciones el 20-D y lo que consiguieron en las autonómicas del pasado mayo, mutatis mutandis, y partiendo del hecho cierto de que se trata de proyecciones arbitrarias, porque partimos de escenarios electorales distintos y distantes. Con estas salvedades de entrada, tenemos que En Comú Podem (quinteto formado por Barcelona en Comú, Podem Catalunya, Iniciativa per Catalunya Vers, Esquerda Unida i Alternativa y Equo y patrocinado por Ada Colau) obtuvo en estos comicios 927.940 votos, mientras Catalunya Si que es Pot, la marca de Iglesias para el 27-S, solo sacó 366.494 votos tres meses antes. Una fenomenal remontada inexplicable sin en el efecto colaborativo de los otros componentes y el protagonismo de Colau como hada madrina.

La alcaldesa de Barcelona, en contra de lo que hizo durante las autonómicas del 27-S, en esta ocasión ha echado el resto apoyando a Podemos, hasta el punto de que se ha movilizado junto a Pablo Iglesias más allá del enclave catalán. Los cierres de campaña en Madrid y Valencia contaron con la presencia de Ada Colau, dejando patente que hoy por hoy es con mucha diferencia la personalidad política con más tirón del país. Incluso así, al repetir el paralelaje en la Comunidad Valenciana entre los votos de Compromís-Podemos el 20-D (671.071) y los que sacaron por separado Compromis (452.654) y Podemos (279.596) en las autonómicas, vemos que a nivel de respaldo popular el balance es incierto. La confluencia derrochó en esa alianza electoral 61.179 votos, minusvalorando el efecto multiplicador de esa especie de UTEEs políticas (Unión Temporal de Empresas Electorales) que son las confluencias.

Sirvan estas extrapolaciones para mostrar el flanco débil que esconde la fortaleza de Podemos y advertir de las amenazas que le acechan caso de que la actual polisemia de su consolidado parlamentario pierda cohesión motivadora. Un indicio de esa fragilidad preventiva está en la foto finish ofrecida por los dos partidos emergentes en estas generales, excluyendo confluencias. Podemos: 42 escaños, 3.181.952 votos, 12,67%; Ciudadanos: 40 escaños, 3.500.446 votos, 13.93%. Lógicamente a estos datos de Podemos hay que sumar con todo derecho los intangibles de sus participaciones asociadas.

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