El factoide.

Dicen los que caen que caer no duele, duele dejar de caer, que no hay que temer a las penas, hay que temer que se acostumbre el corazón a tenerlas. Hagamos el experimento mental, ensayemos el pensamiento contrafactual de que si no fuera por la crisis, por la corrupción, por el capitalismo… Creamos que por debajo del poder, sus violencias y sus artificios, sería posible reencontrar las cosas mismas en su vivacidad primitiva: tras las paredes del asilo la espontaneidad de la locura; más allá del sistema penal la fiebre generosa de la delincuencia; por debajo de la prohibición la frescura del deseo; el huerto debajo del asfalto; por debajo de la tecnología la verdadera naturaleza del hombre.

  A veces las penas parecen cosa de otro mundo, ya que cuanto más se preocupa la razón cultivada del propósito de gozar la vida y alcanzar la felicidad, tanto más el hombre se aleja de la verdadera satisfacción; por lo cual muchos y precisamente los más experimentados en el uso de la razón acaban por sentir cierto grado de  misología u odio a la razón porque, computando todas las ventajas que sacan encuentran sin embargo que se han echado encima más penas y dolores que felicidad hayan podido ganar, y más bien envidian que desprecian al hombre vulgar, que está más propicio a la dirección del mero instinto natural y no consiente a su razón que ejerza gran influencia en su hacer y omitir.

   No se puede hablar bien, con alegría, del mal. Sabemos que el mal no existe. La tristeza de hablar del mal es un mero consuelo por seguir haciendo el burro. Sin embargo hablando y hablando podemos llegar a pensar que las penas son cosas de otro mundo: “Y rebuznó el rucio, y al oírle comprendió Don Quijote que no se trataba de alma en pena, sino de su escudero que le acompañaba. Y es la señal muy cierta, pues cuando de las cosas que parecen de otro mundo salen rebuznos, es que no se trata sino de cosas del mundo este”.

  Ponemos a parir hasta a las montañas, pero para verlas dar a luz a un minúsculo ratón, a una alternativa ridícula. Como señaló M. Twain: «Una mentira da la vuelta al mundo mientras la verdad se pone los zapatos». La mentira favorita del discurso político cuando tan poco se puede hacer es inventar un hecho, el factoide, es decir a la gente lo que quiere oír que se puede hacer como si se hubiera hecho, factoides de estos días son que la austeridad crea empleo, que con un cambio de gobierno se sale antes de la crisis, que el pueblo catalán tiene derecho a decidir… 

  ¿Por qué los factoides son tan persuasivos? Por tres cosas al menos: En primer lugar, son pocos los interesados en verificar la verdad de un factoide. En segundo lugar aceptamos los factoides porque a menudo satisfacen una o varias necesidades psicológicas. Por último, y quizá lo más importante, los factoides sirven como forma de pre-persuasión; crean la realidad social. Los factoides sirven de fragmentos y piezas que utilizamos para construir nuestra imagen del mundo.

   En nuestro mundo es difícil es contrarrestar las opiniones usuales que ellos crean. La persuasión de los falsos hechos, de la verdad incompleta, de la manera de hacer las cuentas que mejor cuadra con lo que pensamos…  impónese primero a los simples, y de estos pasa a los entendidos, que terminan siéndolo por causa de la autoridad que da la mayoría. 

   Una verdad privada es siempre menos convincente que una mentira pública. La mentira, como hablar del mal, de los malos, persuade. Corremos el riesgo de que la “autoridad“ emanada de la verdad de “lo mal que va todo” se inscriba en un recinto de falsa familiaridad antropológicamente pre-escrituario en el que las adhesiones fiduciarias e incondicionales impiden la distancia desacralizadora del análisis y la crítica.

  Aceptamos como entendidos a los que se dedican a argumentar, no a reflexionar, a los que pretendiendo persuadir dicen dar a pensar. Los que al contarnos lo mal que va todo parece que al mismo tiempo estuvieran diciendo que no podemos hacer nada, que tanto el Estado como el Mercado Totalitario han ya conseguido despojarnos tanto de nuestra libertad de pensar y hacer que ni siquiera nos queda el último saldo, la libertad de saber de nuestra no-libertad, de hacer algo para conseguirla de nuevo. Desprovistos de no sabemos qué, como los locos, creemos en esas almas en pena, damos crédito a sus rebuznos.

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