El fútbol y la política, la guerra y la paz en Colombia

Sin duda, al heroico pueblo palestino ¡venceremos!

Es indudable que el fútbol es una fiesta, una fiesta que comienza en una vereda o barrio popular de cualquier lugar del mundo, donde los jugadores son hijos, primos, ahijados, parientes o amigos de los hinchas. Donde la pelota y las camisetas si las hay se han comprado con el esfuerzo de la comunidad sumando peso a peso, preparando el gran día, el momento feliz del encuentro deportivo. Se dan cita los jugadores vestidos de gala y los hinchas mostrando su favoritismo, es el encuentro para la diversión, la lucha por la victoria; no importan el sol, la sombra, la lluvia. En ese momento no importan la miseria, el hambre, la guerra, las injusticias pasadas, ni las presentes, ni las del futuro. Es la licencia para ser libres por unos minutos, es hacerle trampa a la vida que nos imponen, escoger al equipo que se nos da la gana, gritar o no, llorar, sudar, aprender, ser leales por un tiempo o para toda la vida.

El deporte en general y el fútbol en particular requiere muchísima disciplina, honestidad, compromiso, dedicación, confianza en uno mismo y en los demás, sentido de equipo, responsabilidad y talento con el que se nace o se logra cultivar. Todas cualidades de los revolucionarios, de los luchadores, de los líderes populares, de los trabajadores de las fábricas, de los campesinos, de los estudiantes, de ciertos intelectuales.

El fútbol y la patria chica o grande van siempre a la par, el lugar donde nacimos es la patria chica y ahí se hunden nuestras raíces más profundas que luego y con el tiempo se extienden a geografías más amplias y con otros intereses. Fútbol y Patria y pueblo, porque los jugadores son pueblo raso, pueblo auténtico. ¿O alguien puede presentarme a un jugador de fútbol burgués, empresario, dueño de una multinacional, terrateniente, latifundista, dueño de un medio de comunicación?

Es tan fuerte el lazo de la tierra propia representada en una bandera, en un equipo deportivo, en un himno que hay historias de dolor, muerte y heroísmo. En 1942 durante la Segunda Guerra Mundial en la ciudad soviética de Kiev ocupada por tropas de la Alemania nazi de Hitler se jugaron varios partidos de fútbol entre el equipo ucraniano Start y el Flakelf de los ocupantes. Todos los partidos fueron ganados por Start cuyos futbolistas trabajaban unos en una fábrica mientras que otros fueron sacados de un campo de concentración para jugar. Testigos de la época dieron testimonio de amenazas de muerte si el equipo Start osaba ganar, y por supuesto la vida sobre todo de los prisioneros del campo de concentración pendía de un hilo. La ejecución se pospuso algunos meses, los futbolistas del Start fueron fusilados junto con decenas de trabajadores al tiempo que 200 prisioneros del campo Syrets corrían con la misma suerte. Cuando el franquismo en España asesinaba al presidente del club Barcelona, su selección partía a jugar para recolectar fondos en defensa de la República.  

Entonces el fútbol también es una cuestión política, una cuestión de Estado, un fenómeno de masas armonioso y palpitante.

El capital, que todo lo pudre, lo corrompe, convirtió al fútbol en uno de los negocios más rentables del planeta y la FIFA es su representación junto con monopolios de marketing. No hay nada que hacer: este agasajo de los sentidos que es el fútbol es también un cochino negocio, todo se vende y se compra, los eventos, los balones, las camisetas, las banderas y las medias, los tenis, la publicidad, los estadios, los jugadores, los árbitros, las marcas, los desodorantes, las papas, las modelos, otra vez las tetas, los culos, los perfumes, los periodistas, las tarjetas de crédito, los boletos de avión, de tren, de autobús, de barco, de infamia…

A los jugadores que amamos, admiramos, lloramos y seguimos los venden como a ganado en feria según la raza Hereford, Braunvieh, Brahman, Angus se compran y valen millones de euros. Los hinchas lloramos de alegría y de tristeza, los monopolios sin apasionamientos cuentan dinero. Nuestras selecciones, las de la Patria Grande, producen enormes ganancias para otros países en especial los del “primer mundo”. Nuestros jugadores ya no viven en el barrio o en la ciudad latinoamericana, viven lejos añorando su tierra.

¿En estas condiciones qué es lo revolucionario: amar u odiar el fútbol, o el mundial? ¿Será que si el fútbol no existiera los pobres ahí si haríamos la revolución? ¿En Colombia se unirían todas las fuerzas progresistas para imponerle la paz a Santos o a Uribe y terminar la guerra? ¿No son acaso mercancías todas las actividades humanas: el amor, la música, respirar, comer, dormir, caminar, vivir, morir? A estas alturas del campeonato hasta nuestros pensamientos y deseos son adivinados y puestos en venta por el “ojo que nos espía”.

Nadie nos va a quitar jamás la felicidad, la ternura de ver a James Rodríguez con los brazos abiertos y extendidos, ofreciendo lo mejor de sí, como un niño sin pretensiones, con nobleza, con espontaneidad. Él no es él: es un equipo, es parte de sus compañeros y ellos parte suya, tienen un objetivo y unas reglas que aceptan y respetan, son jóvenes, son alegres, parecen felices por encima de la realidad. Le brindan la mano al adversario y hasta pueden llorar en su hombro.

¿De dónde salieron estos muchachos tan especiales, tan hermosos?

No se parecen al país más desigual del mundo, ni al país famoso por sus narcotraficantes y paramilitares, no se parecen a los llamados líderes colombianos, ni a sus banqueros, ni a los periódicos que los aclaman, ni a sus congresistas que jamás han aprobado una ley que favorezca el deporte, que patrocine a los deportistas.

La selección Colombia se parece a su pueblo, es el pueblo mismo, el del Chocó, de la Costa Atlántica, del Tolima, de Santander, del Valle, de regiones pobres y humildes. Tocados por la guerra como todos los colombianos, el tío de James, Arley Antonio Rodríguez también futbolista del Deportivo Independiente Medellín; el 10 de julio de 1995, a los 19 años, fue asesinado por unos vándalos que le propinaron 6 tiros a él y su acompañante en el barrio Castilla, al Noroccidente de Medellín. Un año antes asesinaron a Andrés Escobar, extraordinario jugador y mejor persona. El clan Gallón Henao de narcotraficantes antioqueños del Cartel de Medellín inicialmente y luego del cartel de Cali y de los Pepes, financiadores confesos de paramilitares, mandaron matar al jugador. El Estado colombiano cubrió con el manto de la impunidad este crimen.

Algo está cambiando en Colombia y eso refleja la selección de fútbol que supo romper las roscas del poder mafioso y de favoritismos que la ahogaban.  Los jugadores de hoy parecen movidos por otra ética, la de su entrenador José Pekerman.

Los guerrilleros queremos el deporte y amamos el fútbol, somos hinchas de los equipos nacionales, oímos más que vemos los partidos por las circunstancias, sabemos quiénes son sus jugadores, sus técnicos, opinamos como especialistas sobre los partidos de los aciertos y los errores, creemos en la suerte y en la magia del balón. Se juega fútbol y no todo el que se quisiera porque hay que cuidar las botas. Con la selección Colombia jugábamos nosotros, corrimos tanto como ellos, goleamos, sudamos, sufrimos y lloramos, maldijimos al árbitro, al tiempo traicionero que transcurrió indudablemente más rápido que nunca, muy tristes maldijimos en esta ocasión a nuestra mala suerte.

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