El extraño caso de Oscar Pérez Solís, comunista y fascista

Oscar Pérez Solís (Asturias, 1882-Valladolid, 1951), fue un militante socialista y luego uno de los líderes del primer PCE, cuya historia resulta de los más inquietante.  Ex-capitán de artillería, miembro destacado del PSOE, representante del sector «tercerista» que desde 1921, fue uno de los más impor­tantes dirigentes del PCE, convertido finalmente al integrismo católico y franquista. Pasó su infancia en El Ferrol, antes de que su familia se trasladara a Valladolid. Ingresó en la aca­demia de Artillería de Segovia y en 1902 se graduó de teniente. Unos años después fue destinado a Las Palmas, en donde permaneció durante un año y medio. Allí, un soldado sevillano de la batería en la que estaba destinado, Juan Salvador, le introdujo en las ideas anarquista, y llegó a colaborar con un grupo ácrata llamado «Luz y Progreso» hasta el momento del atentado de Mateo Morral contra la comitiva real en la madrileña calle Mayor. Cuando llegó en 1908 a Valladolid, las lecturas de los autores libertarios las canalizó hacia el socialismo, ingresando en la agrupación local en abril de 1910, con el pseudó­nimo de Juan Salvador.

Su militancia socialista fue mal vista por su familia y por los cír­culos castrenses que no se entendían como alguien de su «rango» pudiera hacer semejantes opciones  Después de participar en algu­nas de las giras organizadas en el verano de 1910 en solidaridad activa con la huelga minera vizcaína,  fue ascendido a capitán en 1911, aunque se le recomen­dó que pidiera un traslado a Cartagena. Entonces pidió abandonar el servicio activo y pasó a la situación «de reempla­zo»,  continuando  en la capital castellana. Su siguiente paso fue pedir la separación definitiva del ejérci­to en junio de 1913, decisión que resultó precipitada por su parti­cipación en unos incidentes ocurridos en el ayuntamiento cuando el concejal Remigio Cabello, dirigente socialista local, abofeteó a otro compañero de corporación, lo que le significó a Solís  un expediente que fue archivado tras su abandono de la carrera militar. A partir de entonces su militancia se intensificó.

Solís participó en un acto público en la población vizcaína de Valmaseda y, poco después, se hizo cargo de la dirección de ¡Adelante!, el periódico que editaban el PSOE y la UGT de Valladolid. Además, desde 1914, hasta 1917, fue edil y diputado provincial. Abandonó dichos cargos en discrepancias con la dirección socialista nacional en protesta por la actitud del PSOE en relación a la huelga general de 1917 en la capital del Pisuerga. Procesado por estos hechos, fue condenado a la pena de destierro; se refugió en Lisboa, en donde permaneció unos meses, antes de regresar a Valladolid. Perteneciente al ala izquierdista del socialismo coqueteó con el regiona­lismo que, impulsado por los catalanistas, comenzaba a despertar en diversas regiones españolas. Así asistió a la reunión «castellanista» que se celebró en Salamanca con la asistencia, entre otros, de Unamuno y viajó a Cataluña para entrevistarse con Cambó. En 1920, a consecuencia de su participación en el mitin que intentó reconducir las protestas contra el alza del precio del pan, durante las que fue detenido,  procesado y con­denado de nuevo a destierro. Esta vez por diez años. Entonces, Solís se instaló en Bilbao. Allí, en diciembre, fue candidato a diputado nacional por Valmaseda. Fue una reñida votación durante la que se produjeron diversos incidentes. Por ellos fue detenido y encarcelado en la prisión bilbaína de Larrinaga hasta marzo de 1921.

En Bilbao había establecido contactos con los incipientes grupos comu­nistas a los que se había acercado. En abril, como delegado de la agrupación bilbaína, acudió al congreso que el PSOE celebró en Madrid. En él, ya en el congreso de 1919 había propuesto la fusión de la segunda y tercera Internacional, protagonizó unas vibrantes intervenciones en defensa de la integración del partido en la internacional comunista. Al ser rechazada la pro­puesta, junto a otros dirigentes socialistas, encabezaron una posterior escisión de la que nació el PCOE, partido que terminó fusionándose con el otro parti­do comunista existente ese mismo año. Solís se convirtió en uno de sus más importantes dirigentes. Fue nombrado redactor del periódico La Bandera Roja y miembro del comité central del nuevo PCE. Durante los años de la dictadura de Primo, sus colaboraciones en el periódico madrileño La Antorcha, intentaron reconducir a la CNT hacia posiciones cercanas al marxismo ruso. Durante los años siguientes, hasta su viaje a Rusia en la primavera de 1924, fue detenido en diversas ocasiones, acusado de participar en atentados ocurridos en Bilbao, y fue uno de los más importantes propagandistas comu­nistas interviniendo en diversas giras de mítines y dando conferencias en ins­tituciones culturales como el Ateneo de Madrid. Partió para el exilio tras el golpe de Primo de Rivera. Encarcelado en Bilbao durante el segundo semes­tre de 1923, regresó a Valladolid en enero de 1924. Allí le esperaba un nuevo juicio por sus artículos contra la sentencia a un militante comunista vizcaíno. Para evitar regresar a la prisión huyó a Francia, a París, en donde estuvo hasta su salida hacia Moscú para asistir al congreso de la Komintern. Después regre­só a la capital gala hasta que, a fines de 1924 regresó a España acogiéndose a una amnistía.

La trayectoria posterior de Pérez Solís fue tan agitada como lo había sido hasta entonces. Recién regresado de Francia, fue de nuevo detenido y encarcelado, en Barcelona hasta el verano de 1927. Unos meses después anunció públicamente que abandonaba el PCE y reto­maba su fe católica. Era el resultado del trabajo que habían realizado los sacerdotes Chalbaud, jesuita, y Gafo, dominico. El primero, le había visitado por indicación de una hermana de Solís durante el tiempo que pasó en 1923 en la cárcel de Bilbao. El segundo, lo hizo en Barcelona. Tras el abandono del comunismo regresó a Valladolid, se hizo seguidor de los sin­dicatos católicos que animaba el cura Gafo y comenzó a trabajar en la delegación de la CAMPSA. Durante la II República se fue acercando hasta la extrema derecha. Final­mente ingresó en Falange Española y participó en la sublevación de julio de 1936 en Oviedo. Sobre ello publicó un libro prologado por el general Antonio Aranda en 1942 en Valladolid. Según el testimonio autorizado de Juan Andrade, durante la guerra civil, Solís contribuyó a salvar a algunos de sus antiguos camaradas.

Hubieron otros casos, aunque se trató obviamente de excepciones bastante singulares que de alguna manera mostraban el modesto nivel del que partía la aventura de nuestro Partido Comunista que, en aquella primera época, tuvo la suerte de contar con gente bastante valiosa, pero sobre todo con un buen asesoramiento de la Internacional Comunista.

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