El Estado ciega las vías políticas para prolongar el conflicto

, y se da en un contexto político determinado en el que al parecer al Estado se le han encendido algunas luces de alarma, por lo que pretende mantener el enfrentamiento en el terreno que mejor domina.Mientras el Gobierno español intenta dar un golpe de calado estratégico, algunos líderes políticos se entretienen hablando de que busca mover uno o dos escaños aquí o allá.

Alfredo Pérez Rubalcaba y su jefe no han querido esperar esta vez a que la incertidumbre sobre la participación de la izquierda independentista en las elecciones autonómicas llegara hasta las doce de la noche del inicio de la campaña con la atención puesta en si habría candidatura legal o acabaría convirtiéndose en una sandía tirada por ratoncillos. Así que han decidido romper el zapatito de cristal, detener a cualquiera que se parezca a Cenicienta, y que se ande con cuida- do el príncipe que la Fiscalía tiene informes de que una vez le vieron en una herriko taberna. Lo avisaba ayer «El Mundo»: «La vía penal es la más contundente y puede activarse en cualquier momento. Si el juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón aprecia que D3M o Askatasuna representan una conti- nuidad de Batasuna, puede suspender cautelar e inmediata- mente sus actividades, incluido el derecho a presentar candidaturas y a concurrir a procesos electorales». Para cuando las líneas llegaron al quiosco la operación ya se había ejecutado. La Unidad Central de Información de la Policía española, a las órdenes del ministro del Interior de turno, había elaborado el informe pertinente, al que Baltasar Garzón le pone el sello judicial en las órdenes de detención.

La Policía y su ministro saben perfectamente que el motivo de estas detenciones no es actuar contra una supuesta Mesa Nacional de Batasuna. Así lo acreditan la identidad de los detenidos y sus actividades públicas, y también los nombres de quienes de noche han visto asaltadas sus viviendas para la pesca de arrastre entre sus papeles y sus ordenadores. El objetivo de esta operación ha sido el de impedir que la izquierda abertzale pueda siquiera plantearse poder estar presente legalmente en las próximas elecciones autonómicas. Se ha tratado de dejar claro el mensaje de que el Gobierno del PSOE no lo va a permitir. Así, por sus huevos. Sin esperar a enredarse en el argumentario jurídico del Tribunal Supremo ni perder el tiempo en la resolución de recursos ante el Tribunal Constitucional. No, porque no. Y punto.

Resulta incluso hiriente escuchar a determinados dirigentes políticos hablar de estos golpes represivos en términos de cálculo de escaños. El PSOE no hace esto para ganar uno o dos parlamentarios ni tampoco preocupado de si Ibarretxe y Madrazo van a poder seguir con coche oficial los próximos cuatro años. Son movimientos que pretenden ser estratégicos. Desde la izquierda abertzale se viene reiterando el discurso de que es necesario un cambio de ciclo, porque en el actual escenario de enfrentamiento a golpes el Estado se encuentra a sus anchas. En los últimos días se ha podido escuchar a Arnaldo Otegi plantear la necesidad de confrontar con el Estado «en el terreno en el que la izquierda independentista es más fuerte y él más débil, en el terreno de los argumentos políticos». También Jon Salaberria utilizó esta misma semana su primera comparecencia ante los tribunales franceses para remarcar la necesidad de cambio de ciclo político, para saltar a uno en el que, según sus palabras, se puedan desarrollar y materializar toda las ideas y proyectos políticos. El ex parla- mentario de EH, detenido por pertenencia a ETA, apostó por un acuerdo entre las formaciones vascas. Ayer mismo se podía leer en estas páginas cómo Eugenio Etxebeste, Antton, y Rafa Díez constataban la necesidad de pasar «de la etapa de `resistir es vencer’ a la de `convencer es vencer’», argumentando, precisamente, que «al único que le interesa alargar el conflicto y evitar vías de solución democrática es al Estado».

Vistos los dichos, los hechos y el contexto, el Estado español parece avalar este análisis. Da la impresión de que cegando las vías de participación política de forma cada vez más brutal, Alfredo Pérez Rubalcaba y su jefe quisieran provocar en la izquierda abertzale la respuesta más primaria e instintiva, la que a todo ser vivo le surge desde las entrañas cuando se siente agredido. Y, de esta forma, el PSOE busca la prolongación de un conflicto en el que el Estado va ganando terreno, mientras ensaya con el PNV fórmulas que le permitan ir renovando el actual marco autonómico-constitucional a fin de perpetuarlo.

El daño está hecho. La intencionalidad del golpe de Madrid es clara. Pero la historia enseña que últimamente, en circunstancias similares, la máxima de la respuesta de la izquierda abertzale ha sido constante: «A mayor represión, mayor iniciativa política».

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