El elegido

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Por Gaby Escribano

Nunca he podido ni con la hipocresía, ni con la falsedad, ni con la mentira, ni con la cobardía, ni con la traición, ni con la chulería, ni con la insensibilidad, ni con el despotismo, ni con los que se han creído algo cuando en realidad, para mi, nunca eran nada

Personajes de su propio circo, donde lo que mas destacaba era la prepotencia, los oídos sordos, el favoritismo y que, basándose en ese Poder in-Popular y absolutista, siempre han mirado por encima del hombro a los ciudadanos más humildes.

Íñigo de la Serna, actual ministro de Fomento por la gracia de «su dios», fue alcalde y mayor responsable municipal en la ciudad de Santander durante varias legislaturas, representando siempre al PP (Partido de Poder).

Podría escribir muchas cosas del licenciado la Serna sobre su eterno mandato por esta ciudad,  sus especulaciones en suelos públicos para llenar bolsillos privados, donde sus caprichos han adeudado las arcas municipales, por poner un ejemplo los inútiles Parking, algunos de tres plantas de costos millonarios para los bolsillos de los ciudadanos y siempre vacíos con no más de 15 coches en su interior.

Pero me ceñiré exclusivamente en un tema de entre todas esas múltiples y caciquiles hazañas, aprovechando que ahora, uno de esos personajes de su mismo partido político e ideología ha pasado a peor vida, y digo <peor> porque en la de aquí, mientras se chupaba sus impolutos dedos manchados por la caldereta de langosta, entre «los calorets y sus coleguitas», muchas personas en su misma ciudad hacían colas interminables para lograr comida gratuita, como en el barrio de Els Orriols, por poner un ejemplo, o en esos lugares a los que denominan «banco de los pobres» donde no dan abasto, entregándoles una bolsa con una lata de atún, un pan y unas lonchas de mortadela y donde más de un millón y medio de valencianos/as malviven en aquella región española.

En otra ciudad del reino borbónico, en concreto Santander, vivió una humilde persona que llevaba por nombre Amparo. Tenía 86 años y su único delito fue poseer una casa con un pequeño terrenito que, junto a su marido ya fallecido, habían construido bajando los sacos de cemento a sus espaldas por lo que en aquella época eran terraplenes, hasta que vieron finalizada.

Un buen día, por obra y gracia de su alcalde y actual ministro de Fomento, un personaje que siempre se ha creído un tuerto entre miles de ciegos, le dio por proyectar un vial (innecesario como se ha podido demostrar), justo por el medio de esa casa, segando por completo el pasado y el presente de esa octogenaria, que desde los 12 años, huérfana de padre, tuvo que trabajar «a cambio de alubias, leche y boronas» y que posteriormente fue explotada como sirvienta, «tirando de cuévano», haciendo colada en el río y manteniendo el calor de los demás.

El Consistorio, en su momento la ofertó por esa casa de 90 metros cuadrados y un terreno de 364 metros, 79.000 euros, cantidad insuficiente para poder comprar otro inmueble y menos con esas características.

El empecinamiento de semejante individuo hoy recién estrenado ministro de Fomento por la gracia de su Popular dios y argumentando en todo momento, sin escuchar esa voz angustiada, la necesidad de ejecutar ese vial, hizo que muchos detractores consideraran que en aquellos momentos no era necesario ejecutar esa obra, ya que a escasos 800 metros existía una carretera, nueva que unía ambos carriles, organizándose varios grupos de personas, colectivos y vecinos en particular, para salir en defensa de esa desamparada mujer, denunciando la injusticia que se le estaba haciendo, simplemente por ser una humilde anciana.

Informes médicos presentados por su nieto y por la mujer de este al Consistorio, alertaban de los riesgos que Amparo iba sufriendo. Su salud empeoraba progresivamente por días a medida que se iba acercando la fecha límite de su desalojo, poniendo en conocimiento, de esta situación, al propio alcalde y actual ministro de Fomento, como al grupo municipal Popular.

La presión psicológica que iba sufriendo esa octogenaria mujer día a día, empezando por quitarla los cubos de basura para que no pudiera tirarla, poniendo máquinas de insoportable ruido a su alrededor, comenzando a hacer el vial dejando la casa en medio, junto con la tristeza que suponía imaginar los recuerdos de toda una vida destruidos, terminaron por tener que ingresarla en la U.C.I. del hospital de Valdecilla en la capital cántabra.

Tres días más tarde de su ingreso y en apenas cinco minutos, la pala dejó reducida a escombros su casa.

A los pocos días Amparo falleció.

Aquel despreciable Hyde, persona insensible, sin sentimientos, carente de empatía que gobernó en su día el ayuntamiento de Santander, se transforma radicalmente en un Dr. Jeckyll cuando le regalan una cartera ministerial, conmoviéndole sentimientos de tristeza y dolor, haciéndonos entender tras su declaraciones, que la salud deteriorada de Rita Barberá, estaba vinculada a la presión sufrida con una campaña de acoso y «derribo» (como la casa de Amparo) y que bajo nuestras conciencias pesará la muerta de una vida inocente (presuntamente digo yo), aunque Iñigo de la Serna, ministro de Fomento, entre tristeza y risa irónica pase página pronto para contarnos el mito del ave Fénix, aquella ave de alas color rojas y amarillas como su bandera patriota, que se consumía para luego resurgir con toda su gloria de las cenizas,  aprovechando de paso para para comentarnos también sobre otro tipo de AVE pero en esta ocasión sobre raíles.

Decía Molière, que uno debería examinarse así mismo un largo tiempo antes de pensar en condenar a otros.

 

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