El efecto Pigmalión y el cainismo: Podemos en Madrid

Por Ercoli

Los pablistas son la equivalencia posmoderna del bolchevismo; los errejonistas son a su vez mencheviques y Naródniki, todos aunados en un espíritu comedido, rayanos a la timidez de Kerenski, en primer lugar, y, finalmente, supeditados a la contrarrevolución regresiva del Ejército Blanco. Los anticapitalistas son los anarquistas y cualquier oposición de izquierda prototrotskista durante la Revolución de Octubre. ¡La historia se repite, primero como tragedia, después como farsa! Lo que suponemos algunas es que la farsa es más bien la interpretación derrotista y mohína sobre esta nuestra dialéctica, esta lucha por liderar los espacios del cambio, que no deja de ser un reduccionismo simplón —reduccionismo que ya ha hecho rasgarse las vestiduras a Vestrynge, a Ruíz-Huerta, etc.—.

Se diría que estas facciones rivalizadas competían y compiten sin tener que envidiar nada en absoluto a la tensión elitista de los triunviratos latinos, sus homólogos en semejante clase de conflictos. «Intrigas palaciegas, traiciones internas y movimientos estratégicos que procuran mantener viva la disputa que quedó cerrada en falso tras Vistalegre II», se aventura a concluir algún documentalista, mareando con la catastrófica, horrorosa, calamitosa y novedosa demostración indubitable de la miseria organizativa de Podemos. Sus cinco millones de votos son sin duda fruto del azar anárquico de unas estructuras, unos consejos y unos círculos generados al albur de las voluntades individuales, por arte del birlibirloque. Siendo honestos, al menos, y sin dramatizar una disensión que surpresivamente resultara solapada por el cuarto poder en el seno de otra asociación política cualquiera, existe una suerte de confrontación por hegemonizar, en el interior de la formación morada, una estrategia definitiva para arrostrar el ciclo electoral que se precipita. ¿Cuánto hay en esa confrontación de pequeña política?

En Gramsci está la distinción entre gran política (que comprende las cuestiones vinculadas con la función de nuevos Estados, con la lucha por la destrucción, la defensa, la conservación de determinadas estructuras orgánicas económico-sociales) y pequeña política (cuestiones parciales y cotidianas que se plantean en el interior de una estructura ya establecida, debido a las luchas de preeminencia entre las diversas fracciones de una misma clase política). El germen de Podemos fue un movimiento asambleario de alta política, cuya amplitud seguramente hallara su razón de ser en la falta de techado institucional. Efectivamente, trasplantar semejante organismo fuera de la fertilidad ilusionante de la plaza es una problemática resoluble mediante el conocido término medio aristotélico; la cuestión es que tan pronto la horizontalidad pseudolibertaria de las calles se niega a la mezquina sumisión ante los reglamentos camerales como prolifera la burocracia monolítica, en calidad de cortapisa reaccionaria que dificulta la labor legislativa progresista, todo ello dentro de los órganos ocupados por los antiguos activistas, ahora políticos profesionales. No obstante, la intromisión de Podemos y el resto de fuerzas del cambio en los parlamentos y cabildos nacionales se realizó con la síntesis envidiable entre una humilde y reverencial referencialidad a los actores autónomos de la sociedad civil, por un lado, y un optimismo notorio respecto a la reforma y depuración de los actuales usos y costumbres del poder (¡la desparasitación de las instituciones de Pablo Iglesias!).

Con sus contradicciones cabalgadas, Podemos corría. Y, durante la vertiginosa carrera, recibía el fango de la pesada maquinaria mediática, soportándolo con resiliencia pugilística. Huelga decir que al margen de financiamientos pérsicos y bolivarianos, de infracciones fiscales, de asistentes explotados, y demás ruido, floreció Podemos. Sin embargo, por encima de las falacias ad hominem en su contra, el punto flaco donde golpear estaba claro para los mass media del establishment: la unidad. Se acusaba a los autoproclamados revolucionarios de la gran política de envilecerse junto a las pueriles búsquedas de alguna mayor cuota de poder.

Recuerdo difusamente haber tenido una profesora que, por los motivos que fueran, se topó durante una lección con la urgencia de explicarnos las categorías izquierda-derecha a los alumnos y alumnas, ignorantes todavía del dualismo. Dijo algo parecido a que la derecha era un pensamiento sólido y conservador, mientras que la izquierda era uno fluido y dinámico. Eso explicaba por qué este último bloque se disgregaba con facilidad, ya que la propensión a la utopía allanaba el camino a las riñas sobre el sexo de los ángeles; al contrario, aquel era inquebrantable, pues su pragmatismo cerril se abstenía de castillos aéreos.

Cuando crecí, di en conocer las otras abismadas dicotomías: reforma-revolución, socialdemocracia-comunismo, socialismo en un solo país-internacionalismo, etc. Dicotomías en base a las cuales surgía el mito de la izquierda acuática, inasible y apta únicamente para enmarañar la realidad teorizando ficciones. Y, otra vez, hallo frente a mis ojos el flagrante efecto Pigmalión. La histórica promesa autocumplida en su signo negativo, esto es, cuando propicia el fracaso de las transformaciones. La exclusiva formulación del problema (¡en esos términos al menos!) mina nuestra confianza, ofusca nuestra inteligencia y hastía nuestra voluntad. Para qué luego nieguen la performatividad del lenguaje respecto a los roles de género, pues todas sabemos que lo que no se nombra, no existe. (Y aquello a lo que le concedemos la poderosísima condición ontológica de palabra, eso sí que existe, como se ve en nuestra discusión).

Y pensamos nosotras que exageramos, que elongamos hasta los extremos  esta invención de la izquierda desunida. Y ahí surge el cainismo. Desde una fricción natural hasta un despiadado duelo a garrotazos... ¡Sí, un duelo a garrotazos propio, ínsito en los intersticios de los movimientos, de las revoluciones!

Unamuno sostuvo en un obrita ensayística suya, El individualismo español, que era singular y notorio de nuestra nación el ejercicio del kabilismo africano, es decir, el ejercicio de la separación tozuda, de la insubordinación, del choque cainita. Lo achacaba, por cierto, a ser la ibérica una topografía idónea para la economía pastoril, precaria y volátil. Pues bien, sea rasgo solamente hallado en la idiosincrasia española, sea fruto de la trashumancia arraigada a esta tierra, quizá la izquierda autóctona acentúe las ya marcadas desavenencias internacionales entre progresistas y progresistas. Ignoro algún otro escenario donde, inmersos en la guerra contra el fascismo, los milicianos intercambiaran balas entre ellos, como en Tierra y Libertad. ¡Benditas taifas contemporáneas!

Realmente, tampoco hemos analizado ni seccionado mediante un bisturí rutilante la cuestión planteada. El caso madrileño —y quizá esta misma forma de llamarlo sea lesiva por lo que ya expusimos— se ha solventado con un acuerdo de miembros del Partido —el otro—, estipulando una hoja de ruta general de unidad popular, y al respecto este artículo no hace sino callar. Ni siquiera hemos osado arrojar pullas sobre el dudoso beneficio que incorpora al diálogo político los epítetos de pacto entre patriarcas o el hecho de secundar las ingenuas afirmaciones de Alsina sobre blanquear el dedazo.

Y decimos ingenuas porque ya quisiera Alsina ser el héroe perrodístico que desmenuzara el sudor y los anhelos de tantas y tantos, materializados en Podemos, a través de sus radionovelas desinformativas. Ya quisiera él. De momento, guardamos silencio prudente como Monedero en su texto acostumbrado dentro de Público. Pero tiene razón, Dios escribe recto usando renglones torcidos. O quizá los torzamos nosotras.

Blanquear el dedazo Alsina

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