El eco de aquel más allá de la familia

Lo común se vuelve objeto de la política, el comunismo es un asunto de historiadores pero la comuna permanece en el recuerdo. Hoy se crean lazos haciendo, compartiendo fotografías, pero hubo un tiempo que buscamos un nuevo desorden amoroso, una nueva identidad en la tribu, en la comuna. Pasamos por ella como el que pasa por la Universidad, pero sin que nos dieran títulos, dejamos allí atrás a amigos que fueron parientes. Si el valor de un amigo depende del valor del problema dejado atrás con él, fueron grandes amigos.

  ¿Comunas laicas, no fijadas a un territorio, a un negocio?: no podían durar. No pudimos asumir al disidente, los malos rollos terminaron haciendo acto de presencia, sin saber por qué los mejores desfilaron antes que las ratas cuando la nave empezó a hacer aguas. Como decía Marx, Groucho: La primera vez me engañó, no vino. La segunda le engañé yo, no fui. A partir de entonces nos engañamos todos, no fue nadie.

  Sin religión, sin terreno comunal, sin recursos no hay comuna que dure. Los okupas lo saben. El proceso de minusvalorización de lo común empieza minusvalorando la propiedad común de la tierra antes de hacerlo con la de los medios de producción. Las casas abandonadas, los bosques y los grandes terrenos comunales hacen que los Pobres que hay en ellos se parezcan demasiado a los  indios… «Los terrenos comunales son un estorbo para la Industria y… semilleros de Ociosidad e Insolencia». ¿Lo privado de la propiedad? sólo si lo común desaparece, si los medios de producción no se comparten.

  En la memoria del genoma persisten las viejas tribus, las partidas, las bandas, la palabra bandido recuerda los antepasados cazadores y recolectores que fuimos durante cientos de miles de años, los ganaderos y agricultores vinieron mucho más tarde hace 10 o 20 mil, la era industrial cuenta hace 100 o 200, la informacional 20 o 30. Desde muy lejos, desde muy adentro vuelve el eco de aquel más allá de la familia, late en el fondo de la amistad, promete fraternidad, como el himno a la Alegría de la Novena de Beethoven, aparece en los momentos álgidos de la fiesta, como despertando de un sueño de siglos.

  Para saber quién somos volvemos a la familia, nacemos y a veces incluso morimos en ella. De ella sacamos identidad y diferencia en origen, y a veces incluso en forma de destino.  Somos una multiplicidad de formas de vida singulares que  al mismo tiempo comparten una existencia familiar, grupal, nacional, global común. La antropología de la multitud es una antropología de la singularidad y de la comunalidad. Si el comunismo no llega ¿a qué esperamos para fundar una comuna? Recuerdo a la Santa: salía a fundar. Y una higa a sus confesores. Dios existe significa: todo es posible, ¿verdad Teresa? 

  La comuna se articula tanto en las primitivas alianzas totémicas como en innúmeros ejemplos de confederación mágica y sagrada del más alto rango, hasta llegar a aquella communio sanctorum, que en su totalidad pretendía constituir el seno de la Santa Madre Iglesia. Cuando filósofos contemporáneos de la religión expresan ocasionalmente la opinión de que la “humanidad” representa “en lo más profundo una magnitud religiosa” hacen uso de la posibilidad de transfigurar la especie entera en un uterotopo adamítico.

   Expulsados de la familia, de la empresa, de la administración, del mercado… seres humanos sin atributos, sin distintivos, sin papeles: un cargamento de emigrantes, por decirlo así, que tras una larga travesía son desembarcados en una tierra virgen, agotados y agradecidos por todo lo que prometa de algún modo un nuevo comienzo; en cualquier caso sólo individuos que han roto consigo mismos parecen apropiados para realizar la tarea asignada a ellos: la negociación de un contrato justo de coexistencia. Sólo seres humanos que han perdido el oído y la vista en relación con su situación en el espacio, tiempo y ánimo serían aptos para conseguir el derecho a la ciudadanía en una comuna de Rawls.   

    Parece que el el mejor filósofo del derecho no tiene nada en contra de presentarse como el peor sociólogo mientras le dejen mano libre para borrar las cualidades locales y las coloraciones conflictivas de las células de vida coexistentes: aquellas, en primer lugar, por las que los coexistentes se implican en sus configuraciones espaciales concretas y en sus historias locales. ¿La comuna? Con los amantes, amigos y desconocidos de siempre. ¿No?

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