El diseño y algo más

Uno a veces se siente caduco, viejo, invernal, retrógrado y sobre todo aturdido en medio del diseño actual, ante  actitudes de tertulianos desaforados y absolutos o frente a razonamientos poco lustrosos de ilustres en teles y radios. Nos creen idiotas y cajón de trastos. Algo así se sintió mi amigo bávaro, Harald Martenstein, con motivo de su asistencia a la Feria del Libro de Frankfurt.

Me cuenta: La editorial, en la que se publicó mi último libro, me reservó una habitación en un hotel, en un muy buen hotel. En un hotel de lujo. Un obsequio de la editorial. Me reservó la juniorsuite del gran hotel. Salí a una fiesta y regresé tarde. Una luz clara brillaba en mi cuarto, todo él muy iluminado y la cama estaba abierta. Es lo que sucede en los buenos hoteles.

Pero al querer apagar no encontraba el interruptor. Palpé metro a metro las paredes lisas, pero todo en vano. Pensé que quizá estaba demasiado borracho; ¿pero si estaba tan borracho como para encontrar la llave cómo podía tener un pensamiento tan complicado como “quizá estoy demasiado borracho”?

Intente dormir con luz. Se puede; en las celdas de las cárceles de Corea del Norte casi nunca se apaga la luz. A la mañana siguiente fui a la Feria del Libro. Y a la vuelta, entrada la tarde, seguía encendida la brillante y luminosa luz del cuarto. Telefoneé al conserje. Y el conserje vino, buscó y rebuscó el interruptor y no lo encontró, y me dijo:  “Ejem…Perdón, yo tampoco lo encuentro, la verdad es que llevo poco tiempo trabajando aquí”. Dijo que le mandaría al  director.

¿Pero para apagar la luz se necesita al director del hotel? Es posible que si hoy en los hoteles caros no hay interruptores mañana probablemente tampoco habrá camas. Un día iré a una habitación de hotel de lujo y me encontraré que no hay cama porque un diseñador defiende la idea que las camas son objetos pasados de moda, que no se lleva porque quizá son sexistas.

Buscando un tranquilizante abrí el cajón de la mesilla de noche y encontré una especie de comando con una gran pantalla táctil, que me recordó la nave espacial Orión. En ella una docena de símbolos y entre ellos el de apagar la luz. En el cajón, en la pantalla. Y pisando el signo me quedé sin luz, absolutamente a obscuras. Quien por la noche quisiera acercarse a la puerta debía acercarse a ciegas, no existía un interruptor junto a la puerta, como era el caso antes.

Me pregunto si la existencia de interruptores realmente ha molestado a alguien alguna vez. Y respondo que no:  Un interruptor puede ser bello, y también práctico cuando en una habitación cada lámpara individual tiene su llave  en lugar de un comando general al que recurrir siempre. Un diseñador que elimina los interruptores de un cuarto resuelve un problema que no existía. Pero hace algo peor, crea un problema donde antes había una solución. Lo mismo que pienso cuando en el cuarto de baño veo griferías y accesorios vanguardistas que nadie  entiende a primera vista.

La idea de progreso se basa en la loca creencia de que nosotros somos la primera generación inteligente que existe, y que antes de nosotros sólo han poblado la tierra idiotas empedernidos, y, claro, nos vemos obligados a mejorar todo lo que nos legaron nuestros antepasados, como por ejemplo el interruptor.

Como se ve, a veces  el diseño descubre un problema: el diseñador

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