El destierro: tónico de su fuerza

Nunca es más pródigo el flamantísimo capítulo Los libros, mis amigos, que en tiempos como los peruanos que son igual de grises que antes, fertiles en creación nula y enjundiosos en la pinacoteca de ídolos falsos fabricados con greda sucia y agua corrupta. Como recuerda González Prada en Los honorables:

“Porque en todas las instituciones nacionales y en todos los ramos de la administración pública sucede lo mismo que en el Parlamento: los reverendísimos, los excelentísimos, los ilustrísimos y los useseñorías valen tanto como los honorables. Aquí ninguno vive su vida verdadera, que todos hacen su papel en la gran farsa. El sabio no es tal sabio; el rico, tal rico; el héroe, tal héroe; el católico, tal católico; ni el librepensador, tal librepensador. Quizá los hombres no son tales hombres ni las mujeres son tales mujeres. Sin embargo, no faltan personas graves que toman a lo serio las cosas. ¡Tomar a lo serio cosas del Perú!” (Bajo el oprobio, 1914).

Y, decía, que ese ejercicio estimulante de caminar por las lecturas es magnífica maestra de las horas inciertas. Decidí revisar, luego de casi 30 años, los vericuetos de una creación extraordinaria tanto por la pluma galana de enorme exégesis psicológica de sucesos y personajes cuanto por la belleza literaria y estética de sus párrafos deslumbrantes los que escribe con magistral didáctica Ztefan Zweig en Fouché, el genio tenebroso. Nadie, de los muchos a quienes puedan encajarle los párrafos escogidos, puede llamarse a ofendido o aludido. Suele ser hasta en eso la historia muy selectiva y hay pobres diablos a quienes no recuerda así hubiesen prendido la chispa inicial del cataclismo más devastador.

Invito pues a que en antorchas de permanente cultura incenescente, vívida, vibrante, transitemos por la escritura de un genio de potentes luces que en el capítulo IV, Ministro del Directorio y del Consulado (1799-1802), dice así:

“Los más altos mensajes de la Humanidad han venido del destierro; los creadores de las grandes religiones: Moisés, Cristo, Mahoma, Buda, todos tuvieron que entrar al silencio del desierto, en “el no estar entre los hombres”, antes de poder pronunciar la palabra decisiva. La ceguera de Milton, la sordera de Beethoven, la cárcel de Dostoiewski, la prisión de Cervantes, el encierro de Lutero en la Wartburg, el destierro de Dante y la expatriación voluntaria de Nietzsche a las zonas heladas de la Engadina, fueron exigencias del propio genio, ordenadas secretamente contra la voluntad despierta del hombre mismo.

Pero también en el terreno bajo y más firme de la política una ausencia temporal da al hombre de Estado nueva lozanía en la mirada y mayor intensidad para pensar y calcular el juego de las fuerzas políticas. Nada más propicio para una carrera que su interrupción temporal, pues el que ve el mundo siempre desde arriba, desde la nube imperial, desde la altura de la torre de marfil del Poder, no conoce otra cosa que la sonrisa de los subordinados y su peligrosa complacencia; el que siempre sostiene en las manos la medida, olvida su verdadero valor. Nada debilita tanto al artista, al general, al hombre de Poder , como el éxito permanente a voluntad y deseo. En el fracaso es donde conoce el artista su verdadera relación con la obra; en la derrota, el general, sus faltas, y en la pérdida del favor, el hombre de Estado, la verdadera perspectiva política. La riqueza permanente debilita; el aplauso constante hace insensible; únicamente la interrupción procura al vario ritmo de la vida nueva tensión y elasticidad creadora. Unicamente la desgracia da mirada profunda y extensa para la realidad del mundo. Enseñanza dura, pero enseñanza y aprendizaje es todo destierro: al débil le amasa de nuevo la voluntad; al indeciso le hace enérgico; al duro, más duro aún. Nunca es el destierro para el verdadero fuerte una mengua: es siempre un tónico de su fuerza”.

¿Y qué hacemos con políticos débiles, incapaces de censurar y ganar en las urnas a los corruptos que fabrican leyes que Congresos quieren obsequiar a ex gobernantes criminales, estafadores y monreros como uno actualmente enjuiciado? ¿de qué modo se consigue justicia si el juzgador, un señor de apellido César San Martín, hace una ley pródiga y gentil para con su reo y el encargo lo recibe de los cómplices que conforman el gabinete de ministros, con un presidente del Congreso que alegremente hace expedito el encargo administrativo a las 9 de la noche, cuando casi todos ya descansan y el presidente del entonces gabinete funge de ecuánime soldador de arrodillamientos masivos? ¿Y qué se hace con el gran titiretero que en su casa episódica en el centro de la ciudad y donde habita el supuesto poder, empuja al resto a incurrir en falta criminal?

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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