El cuento del niño celoso

EL CUENTO DEL NIÑO CELOSO





Escrito por La Abuelita.




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Érase una vez una familia compuesta por el padre y varios hermanos, pues la mamá, que se llamaba España, se la llevó muy pronto Dios al cielo. Aquellos niños sin madre crecieron sin el cariño materno, y eso hizo que se pelearan con frecuencia, aunque también es cierto que menudeaban entre ellos los buenos ratos de juegos y travesuras compartidos.

 
Pero uno de los hermanitos, uno de los intermedios, que no era de los mayores ni de los más pequeños, se sentía muy desgraciado. Sus tías maternas, Rita y Zaplana, que se ocuparon de criarle a poco de quedarse sin mamá, de siempre le habían contado que su papá, que se llamaba Estado, prefería a su hermano mayor que vivía más al norte, y le perdonaba sus diabluras, le compraba más juguetes, le permitía todos sus caprichos y hasta le daba más dineros, por lo que siempre se le veía más arreglado, con ropa nueva y zapatos relucientes, y no tenía que esperar como nuestro celoso protagonista a heredar la vestimenta de sus hermanos mayores. Y así le convencían de que los excesos de aquel hermano egoísta eran la causa de que él no pudiera permitirse vivir al mismo nivel de riqueza.



Así que nuestro niño creció siempre triste y siempre envidiando a su hermano, mientras sus malvadas tías, que despilfarraban la paga semanal que el cabeza de familia había instituido para cada uno de sus hijos, le insistían todos los días que la causa de todas sus desgracias era aquella antinatural preferencia paterna hacia su hermano mayor.

 
Hasta que llegó un momento que aquellas brujas consiguieron llevar las cuentas del celoso niño a un estado comatoso y empeñaron sus pertenencias a cambio de préstamos que les permitieran a ellas concederse caros caprichos, y nuestro protagonista comenzó a darse cuenta que aquello que sus tías le contaban, aquello de lo bien que ellas administraban su patrimonio, no podía ser cierto del todo puesto que cada día se veía obligado a apretarse más el cinturón y la calidad de los colegios donde estudiaba y de los servicios médicos que usaba disminuía claramente.

 
Nuestro niño dudaba. Había momentos que sabía que debía enfrentarse a la realidad de que aquellas tías en las que siempre había confiado eran las culpables, por sus despilfarros, sisas y trapicheos, de que sus deudas no cesaran de aumentar. Para entonces ya había descubierto que los dineros que su papá le enviaba eran la mayor parte de las veces destinados a compras de lujosos vestidos, caros perfumes y extravagantes caprichos de sus tías, y no a garantizar alimentación, salud y educación para él. Debería haberse enfrentado a la situación, expulsado de su casa a aquellas arpías y contratado a algún honrado administrador que gestionara bien sus rentas. Pero cuando su razonamiento llegaba hasta ahí, un sudor frío invadía su frente: eso supondría aceptar a partir de entonces la responsabilidad completa de su vida. A partir del día que tomara esa decisión… él sería el responsable de que su vida mejorara o fuera a peor.

 
Y… ¡era tan difícil tomar la decisión de ser mayor!

 
Nuestro pobre protagonista nunca maduró, jamás se atrevió a dejar de ser niño. Fingió seguir creyendo que sus tías le decían la verdad y no le robaban su dinero, que la culpa de sus problemas la tenían aquel hermano norteño y su papá, que no era justo y equitativo con sus hijos. Siguió viviendo cada vez más empobrecido y endeudado. Y sobre todo más frustrado y amargado, refugiándose ante los progresos de sus hermanos en aquella repetida frase que servía de medicina para todas sus desgracias:

 
“¡Es que mi papá de Madrid nunca me ha querido!”…

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