El confinamiento coronavirus como institución total

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<<Si el pueblo no se comportara mejor,

el gobierno lo destituiría y elegiría otro nuevo>>

(Bertolt Brecht)

La primera acepción que ofrece el diccionario de la RAE sobre el verbo <<confinar>> es <<desterrar a alguien, señalándole una residencia obligatoria>>, recalco lo de <<obligatoria>>. La segunda, << recluir a algo o a alguien dentro de límites>>. Palabras sin alma para retratar lo magnitud del drama humano que supone el confinamiento forzado en la vida de todos y cada uno de los ciudadanos de un pueblo.

Para acercarnos a esa cruda realidad tenemos que recurrir a la ficción, o mejor dicho a la ciencia ficción. Pero no en el sentido al uso de algo literario, como invención, que suele acompañar al género. Sino a lo que las ciencias humanas, y en este caso específico a la psicología social, tiene estudiado sobre el distanciamiento a lo bestia. Este aislamiento por clausura que ahora circula como moneda de la profilaxis cívica bajo el apelativo placebo de <<confinamiento>>. Un clásico es la obra <<Internados. Ensayos sobre la situación social de las enfermedades mentales>>, del canadiense Erving Goffman. Texto pionero, publicado en 1961, cuatro años antes de que Michel Foucault diera a la luz su espléndida <<Historia de la locura en la época clásica>>. Considerado <<el padre de la microsociología>>, Goffman investiga lo que el <<confinamiento>> supone como disfunción, alteración en la percepción de la normalidad, quebranto traumático, una patología que asimilamos regularizando la anormalidad de una nueva cotidianidad impuesta. Lo que se categoriza como <<institución total>>.

Habla Goffman: <<Una institución total – afirma en las primeras líneas de su introducción- puede definirse como un lugar de residencia y trabajo, donde un gran número de individuos en igual situación, aislados de la sociedad por un periodo apreciable de tiempo, comparten en su encierro una disciplina diaria, administrada formalmente>>. Circunstancias que asocia fundamentalmente a <<hospitales psiquiátricos>>, adjudicando a los afectados <<la situación del paciente internado>>. Traza que, mutatis mutandis, nos acerca a esa sensación de sentirnos tratados como criaturas irresponsables, dignas de ser conducidas paternal y despóticamente por las autoridades competentes, y por supuesto reos de suspender derechos implícitos en la condición ciudadana. Y finaliza esa breve apertura consignando los cuatro atributos que enseñorean al confinamiento en instituciones totales. A saber: el primero constata que <<el ingreso de los internados no es voluntario>>; el segundo <<considera los primeros efectos de la institucionalización sobre las relaciones sociales que el individuo mantenía antes de convertirse en internado>>, el tercero habla de <<la adhesión que se espera que manifieste el internado hacia su celda, y en detalle a la forma en que los internados pueden establecer cierta distancia entre sí mismos y aquellas expectativas>>; y un último acerca del <<rol de la perspectiva médica en lo que refiere a dar a conocer al internado la realidad de su situación>>

No vamos a hacer una trasposición exhaustiva del conjunto de <<Internados>> para no perjudicar la voluntad didáctica que en estos momentos estimo debe acompañar a cualquier artículo que trate sobre el COVD-19 y su contexto. Pero como muestra de lo que arriesgamos en esta contienda que ha justificado borrar la iniciativa y el protagonismo de la sociedad civil bajo los acordes de un <estado de excepción>>, ocultado bajo la rúbrica de <<estado de alarma>> (Operación Balmis, dice el JEMAD en sus diarias alocuciones), vamos añadir varias apreciaciones más de Goffman. Por ejemplo, donde habla de la disociación del vínculo social y las estrategias para la resiliencia:

-<<Las tendencias a la solidaridad, como las que se manifiestan en la fraternización, y en la formación de camarillas, existen, pero en número limitado>>;

-<<El interno retira su atención de todo cuanto no sean los hechos fundamentales referidos a su cuerpo, que ve en una perspectiva distinta a la de otros que están presentes>>, lo que Goffman califica como <<regresión situacional>> o <<retroceso a una vida vegetativa [que] representa el mismo ajuste que el de ciertas formas de despersonalización aguda>>;

-La <<línea de intransigencia [mediante la que] el interno se enfrenta con la institución en un deliberado desafío [con el] resultado a veces de una elevada moral individual>>;

-La tentación de << colonización>> cuando <<se construye, pues, una vida relativamente placentera y estable, con el máximo de satisfacción que puede conseguirse dentro de la institución>>;

-El riesgo de <<conversión>>, desde el momento en que <<el interno parece asumir plenamente la visión que el personal tiene de él, y se empeña en desempeñar el rol del perfecto pupilo>>;

-La peligrosa escalada taxonómica que va del <<colonizado>> al <<converso>>, propiciando una <<segunda naturaleza>>: <<Mientras el interno colonizado construye para sí, con los limitados recursos a su alcance, algo bastante parecido a una comunidad libre, el converso toma una orientación más disciplinada, moralista y monocroma, presentándose como aquel cuyo entusiasmo institucional puede contar el personal en todo momento>>.

Concluyo con la cita de otro apartado donde, tras constatar <<que en las instituciones totales suele producirse una clase y un nivel peculiares de egoísmo>> y a la vez se <<cae en un exceso de compasión de sí mismo>>, se alerta sobre la conveniencia de mantener ciertas acciones y rutinas creativas para mantener la integridad moral, personal y social (que cada lector rellene por su cuenta esta casilla en el diario de campaña de la pandemia). <<Por desgracia, a la insuficiencia de estas actividades se debe precisamente, uno de los más importantes efectos de privación, propios de las instituciones totales>>.

Hasta aquí Goffman y su libro <<Internados>>. Pero la realidad es tozuda. Y lo que mayoritariamente nos encontramos en la caja de herramientas para conllevar la pandemia se parece más al punto de no retorno del dilema del prisionero que a manuales de resistencia (por parodiar al telepredicador de <<lo que haga falta, donde haga falta y cuando haga falta>>). Incluso personas solventes y con probado ascendente progresista incurren indirectamente en la ideologización de la pandemia. Cesar Rendueles, profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid, ha sido el último en significarse en esta disciplina. Lo ha hecho a través de una columna de opinión publicada el pasado domingo 29 de marzo en el diario El País, medio del que es colaborador asiduo. El artículo no tiene desperdicio. Suyo es el mérito de haber denunciado con rotundidad el creciente proceso de militarización con que se está abordando la crisis. Habla Rendueles de la <normalización del linchamiento social>>; de que <<tenemos una patrulla ciudadana detrás de cada vecino>> y de que <<la España de los balcones era el país de los chivatos de terraza>>. No le falta algo de razón. Pero no saca todas las enseñanzas debidas. Parece desconocer que estamos abocados a una <<institución total>>, y que este tipo de confinamiento (obligado, forzoso, impuesto, por su propia naturaleza) tiene denominación de origen en el titular del Estado. En este caso el gobierno de coalición de izquierda <<rotundamente progresista>, que es quien, ostentando un mando único e integral, ostenta el poder soberano aquí y ahora. Él ha dictado por Real-Decreto Ley el estado de alarma y demás normas complementarias, así como la puesta en escena del parte diario cívico-militar. Lo que, a fuer de ser rigurosos, debería llevarnos a señalar principalmente en esa dirección como la causa primera del efecto que con tanta justicia denuncia en la base de la sociedad, a la sazón <<unos entregados>>. Pero no, a lo largo del texto no se encuentra ninguna referencia al gobierno en ejercicio. Tampoco se halla el término <<izquierda>>. Si, por el contrario, utiliza el contexto del <<incendio del coronavirus>> para ensartar a <<la derecha radical>>, a <<una extrema derecha>>, y terminar anotando que <<En realidad, un país en cuarentena se parece mucho a las distopias políticas de la nueva ultraderecha: el Ejército en la calle, llamamientos a la unidad nacional, limitación del poder económico, comunitarismo represivo y ruedas de prensa en prime time a cargo de un general cuyos comunicados parecen un diálogo desechado de La escopeta nacional>>. Impecable, excepto que todo lo dicho es producto, por derecho propio, del gobierno de coalición de izquierdas imperante.

La ideologización del coronavirus, que no es de derechas ni de izquierdas, es la otra plaga a la que tenemos que enfrentarnos. No hay día que pase que unos y otros, a través de sus canales de comunicación y tertulianos adscritos, no traten de arrimar el ascua a su sardina. Lo que ocurre es que a algunos se les nota más y además son más torpes y gañanes, y a otros se les nota menos y encima parten ganadores en nuestra confianza ética. El mismo día en que aparecía el brillante artículo de Rendueles, en la página de enfrente podía leerse un editorial de Prisa sobre la cuestión de marras. <<Primer plazo>> decía su cabecera, y representaba una llamada a la sensatez, tan escasa en ocasiones críticas, buscando enseñanzas en las virtudes del consenso que fecundó la transición. <<La respuesta a la pandemia exige un compromiso con el Estado democrático>>, proclamaba, aunque más adelante aclaraba que su concepto de <<compromiso>> pasaba por acatar disciplinadamente los actos del Gobierno sin fisuras ni críticas. <<Significa que cada responsable político se pregunte honestamente si habría sido capaz de ofrecer mejores soluciones. Si la respuesta es negativa, solo cabe apretar dientes y cerrar filas>>, sentenciaba

¿El aroma del confinamiento de la crítica? Cabe como especulación, y si le otorgamos el beneficio de la duda. Si no fuera porque <<el periódico global>> no predica con el ejemplo. Las portadas de la sección Madrid de los últimos días son su principal testigo de cargo negativo. Vayan como prueba los tres últimas “primeras” del encarte referido esgrimidas con tipografía gritona: <<Los aviones fantasma de Díaz Ayuso>> (sábado 28); <<Almeida acapara los focos>> (domingo 29) y <<La solidaridad rechaza la solidaridad de los impresores 3D>> (lunes 30)…aunque la verdad era que no habían sido homologadas por sanidad.

Cuando esto termine, cuando escampe, será difícil poner en orden los destrozos ocasionados en el sistema público de salud y suturar los terribles costurones de la pandemia en la economía. Pero sin duda lo más costoso, lo que llevará décadas arreglar, será recuperar nuestra reputación como país tras el bochornoso espectáculo ofrecido por gobierno y autoridades políticas, el susodicho el mando único e integral en la lucha contra la crisis. Un inmenso ridículo del imperio de la boina y la capuza, charanga y pandereta.

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