El concepto de revisionismo queda ya lejano…

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Revisionismo es una palabra equívoca, ya que se puede revisar en muchos sentidos. Es más, en el terreno de la teoría y el análisis político, la revisión deviene una exigencia desde el momento en que la vida, la realidad concreta, es mucho más rica y compleja que las teorías, por más poderosas que esta pueda ser. Por lo tanto, sí se habla de “revisar” en el sentido de poner el reloj “a la hora de los hechos”, el marxismo requiere una constante puesta al día. Pero en el caso del “revisionismo” socialdemócrata, no se trataba de una actualización más, sino de una reconsideración del ABC…Y claro está, para que exista dicha “revisión” tiene que existir un modelo digamos “clásico” previo, lo cual era obvio en el caso de Eduard Bernstein en relación al legado de Marx, pero no lo es en absoluto cuando dicho modelo no existe, es más, cuando dicho modelo ha sido ultrajado desde todos los ángulos, como en el caso del estalinismo…

Hablar pues del “revisionismo” es hacerlo de Eduard Bernstein (Berlín, 1850-1932), el llamado «Padre del revisionismo» y sin duda, el más importante de los socialdemócratas abiertamente antirrevolucionarios; su teórico más serio y consecuente y, al decir de Karl Korsch, “el más honesto” ya que no intentó llamar ortodoxia a sus revisiones como sucedería tantas otras veces.

De familia judía, pasó después de la edad escolar a trabajar en un Banco durante doce años. Más tarde pasó a ser secretario particular del financiero Karl Höchberg, simpatizante del socialismo al que intenta acomodar a sus posiciones de liberal de izquierda. Los inicios políticos de Eduard Bernstein fueron en el liberalismo, pero se hizo socialista y militó en el partido hasta que las leyes antisocialistas le obligaron a exiliarse a Suiza, desde donde dirigirá El socialdemócrata, que atravesará clandestinamente la frontera alemana. Expulsado de Suiza por sus actividades políticas, se trasladará después a Londres donde será corresponsal del periódico socialista Worwaert y estrechará sus relaciones con Engels, a la sombra del cual se convierte en una autoridad en teoría marxista.

Sin embargo, la pasión marxista de Ede (así le llamaban sus amigos) fue siempre más formal que real. Ya antes de morir Marx, participó (en un segundo plano), en un debate que tuvieron éste y con Höchberg, al que acusaron de querer convertir el socialismo en un mero liberalismo de izquierda. Por otra parte, durante su instancia en Inglaterra,  Eduard Bernstein quedó fascinado por el tradeunionismo y por el idilio entre los reformistas y los liberales, sus posiciones tomaron prestadas muchas de las concepciones fabianas; en esta época tomó abiertamente partido a favor de Oscar Wilde y se mostró muy abierto a reconocer los derechos de los homosexuales. Entre 1896 y 1898, ya de vuelta en Alemania, escribirá una serie de artículos entorno libro de Louis Héritier sobre la revolución francesa de 1848, en el cual Eduard Bernstein se pone aliado de los liberales y de Louis Blanc y arremete contra Blanqui, sinónimo en su esquema del infantilismo revolucionario.

Esta crítica la trasladará a la Comuna de Paris: Eduard Bernstein culpa a los comuneros de buscar el enfrentamiento con los liberales y de ser, a la postre, responsables del desastre. No obstante, todavía sigue apareciendo como uno de los «herederos» de Engels, como una voz autorizada en marxismo. Por ello colabora, con Kautsky en la redacción del programa de Erfurt, en el que evita plantear el problema de la monarquía y el militarismo prusiano y en el que el socialismo no aparece como algo derivado de las reivindicaciones inmediatas; Engels lo recusará en su famosa Crítica al Programa de Erfurt.  A partir de 1898, Eduard Bernstein comenzará a escribir, artículos que más tarde publicará como libro con el nombre Las condiciones del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, que en Inglaterra, como en otros países, se titulará más acertadamente Socialismo evolucionista (Fontamara, Barcelona, La misma editorial ha publicado las criticas de Karl Kautsky y la de Rosa Luxemburgo, véase, el programa socialista, y Reforma o revolución, respectivamente).

Los planteamientos de Eduard Bernstein tienen un extenso origen en Ferdinand Lasalle, Oskar Lange, Eugen Dühring, y cierta semejanza con los que desarrollaran los fabianos, Benedetto Croce, George Sorel, los «economicistas» rusos, etc, pero, entre todos ellos, él será el más coherente y profundo. Al margen de su discutible valor teórico, no hay duda que Eduard Bernstein tiene la virtud de reflejar todas las contradicciones de la socialdemocracia. Pone en cuestión el hecho de que, el socialismo, al tiempo que se ha habituado a una práctica reformista, a la idea de un desarrollo gradual, sigue manteniendo formalmente unos principios abstractamente revolucionarios. Sus posiciones además, sistematizan las convicciones íntimas de muchos cuadros, de los parlamentarios y de la burocracia sindical y del partido. Eduard Bernstein aprovecha la debilidad de la formación marxista del partido y profundiza los contenidos liberales que todavía influencian a la socialdemocracia, retomando también algunos de los presupuestos del idealismo alemán sobre el Estado.

Ya siendo «marxista» había llegado a defender un “Estado popular”, neutral, mejorable, capaz de convertirse en un medio de emancipación. No pone en cuestión ni la monarquía ni las fuerzas represivas, y estima que gradualmente la civilización avanzará hacia el socialismo. La idea de que el socialismo nacerá en un momento de crisis social y económica le parece «inmoral», opina que en dicho caso se trata unir los esfuerzos entre las clases, esfuerzos, por lo demás piensa que el capitalismo, que vive en aquellos momentos un período de alza, ha sobrepasado sus crisis cíclicas. Más todavía, no ha conocido el proceso de concentración monopolista que anunciaba Marx, por el contrario la propiedad se ha democratizado, la pequeña burguesía ha crecido. La revolución violenta resulta, dentro de esta lógica, una aberración y aplica a los socialistas de izquierda los atributos que había descrito como «blanquismo». Para Eduard Bernstein el socialismo se impondrá por reformas graduales, parciales, desde el Estado y estima que para los obreros es más productiva una reforma social que diez revoluciones. Lo importante no es el fin, afirma en frase célebre, sino el movimiento. Un movimiento que reproduce las normas propias de la burguesía. Eduard Bernstein también se opone a cualquier medida que modifique el dominio de los cuadros sobre la base. A las bases les queda apoyar a los parlamentarios, a apoyar a sus dirigentes sindicales. Hay que unir, dice, la práctica. Las reformas no tienen porque preparar el camino de la revolución. Sueña con una evolución pacífica, con una línea de progreso continuo, de ahí que crea que el colonialismo abre la marcha de la civilización en los países oprimidos.

 

Derrotado en los congresos…

 

Derrotado en los Congresos, el revisionismo, dirá Eduard Bernstein, gana la batalla en la vida cotidiana. Situado como representante de una minoría poderosa, Eduard Bernstein asistirá consternado al estallido de la Primera Guerra Mundial y mientras que sus aliados, más lo centristas, y no pocos izquierdistas de antes, apoyan incondicionalmente la guerra, rigurosa, él se mantiene como un pacifista moderado, aunque sin comprometerse. Esta actitud le llevará a participar en la formación del Partido Socialista Independiente. Cuando asesinan a  Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y otros espartakistas, Eduard Bernstein no duda empero en  denunciar a las víctimas como «provocadores». Desplazado de la vida política sobrevivirá la crisis de la República de Weimar y todavía podrá contemplar los inicios del ascenso del nazismo. Su pronóstico de progreso pacifico, de democratización y humanización del Estado, etc, no pudieron conocer un mentís tan rotundo solo unos pocos años después que enunció sus pronósticos.

El “revisionismo” puede entenderse en un sentido estricto o amplio. En su perspectiva más amplia es un elemento integrante de la teoría y práctica marxistas, del que se dice que debe incluirse en una ontología social que dispone de la «autocreación mediante el trabajo como característica fundamental del ser humano», y en una epistemología que sitúa al sujeto conocedor en una relación dialéctica de análisis y acción con el objeto conocido. Un conjunto de verdades heredadas, solidificadas por encima de toda revisión debida a la historia de sus autores, debería ser completamente incompatible con tal tradición de práctica académica y política, y especialmente con el capitalismo, en el que la única propensión del sistema a institucionalizar el cambio perpetuo y a crear en el proletariado el agente de su propia destrucción significa que ni la teoría marxista ni su pareja práctica política pueden atrofiarse en una serie de axiomas intemporales. No debe sorprendernos, por tanto, que desde 1883 los imperativos de la estructura de una clase cambiante y la ambigua y extensa herencia del mismo Marx se hayan combinado para convertir a cada marxista importante en un revisionista por defecto. Lenin revisó a Marx, y así lo hicieron también Rosa Luxemburg, León Trotsky y la izquierda que luego se encontrará declarando la guerra a la guerra en 1914….

Se puede decir que hasta Engels ha sido acusado de ser “el primer revisionista” por aquellos que consideran su interpretación de los escritos de Marx como las raíces teóricas de una degeneración política no revolucionaria.

Sin embargo, esto sirve para recordarnos que el revisionismo es entendido pocas veces de una manera tan amplia y positiva. En cambio, cuando los marxistas posteriores resultaron expertos en la legitimación de sus propias innovaciones mediante la negación de las mismas y trazando, en cambio, una línea directa de descendencia en su favor a partir de los propios escritos de Marx, el marxismo resultó canonizado y el revisionismo adquirió una connotación mas estrecha, negativa y variable. Antes de 1914, cuando por vez primera se Utilizó de forma general este término, “revisionismo” vino a ser sinónimo de «los autores y figuras políticas, que, iniciándose en las premisas marxistas, llegaron paulatinamente a poner en tela de juicio diferentes elementos d a doctrina, especialmente las predicciones de Marx en lo que respecta al desarrollo del capitalismo y al carácter inevitable de la revolución socialista”.

Después de 1945, por el contrario, vino a significar cierto matiz abusivo y fue utilizado por los partidos comunistas para criticar las prácticas de otros partidos también comunistas y denigrar las críticas de su propia política, programa o doctrina. Es importante diferenciar estas dos fases de la controversia revisionista, en gran parte porque, en la primera, el término fue utilizado para proteger la corriente revolucionaria en el movimiento obrero europeo contra la reciente ola de conservadurismo, mientras que, en la segunda, fue movilizado con tanta frecuencia para defender un tipo diferente de conservadurismo contra las críticas que pretendían volver a una senda más independiente e, incluso a veces, revolucionaria. Sin embargo, en cada periodo se ha considerado que el término tiene el mismo sentido: el de ruptura con la «verdad» contenida en el “socialismo científico” (el propio de Marx antes de 1917, la ortodoxia bolchevique después) que llevó asociado el peligro de una práctica política reformista que sólo podía reconstruir o consolidar el capitalismo.

Fue ciertamente este peligro de reformismo el que indujo a Rosa Luxemburg a criticar a Eduard Bernstein en la primera de las principales controversias revisionistas dentro del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) en la década de 1890. El marxismo que Bernstein trató de revisar se caracterizaba por un elevado — determinismo, que sostenía el carácter inevitable de las crisis capitalistas, la polarización de clases y la revolución socialista. Este autor desafió a la filosofía afianzando estas afirmaciones y mostrando su preferencia hacia un neokantismo que hizo que el socialismo fuera deseable sin ser inevitable.

Desafió también la estrategia política a la que dieron origen, concretamente aquella que se negó a continuar la alianza parlamentaria con la clase media liberal y el campesinado, que Bernstein consideró fundamental para la transformación pacífica y gradualmente democrática del capitalismo. Contra las predicciones del SPD ofreció su famosa alternativa: «que no se hundan los campesinos; que no desaparezca la clase media, que no sigan produciéndose crisis, que no aumenten la miseria y la servidumbre», y sostuvo, en cambio, que los socialistas deberían constituir una coalición radical sobre la premisa más realista de que “existe un aumento de inseguridad, de dependencia, de diferencia social, de carácter social de la producción, de superfluidez funcional de los propietarios”. El SPD rechazó en 1903 esta revisión de la caracterización del capitalismo por parte de Marx, pero fue ésta la que, en definitiva, inspiró la política más moderada del partido en la Alemania de Weimar de la década de los años veinte. En los años sesenta, la socialdemocracia fue abandonado todo vestigio de “marxismo” con la excepción de algunos partidos socialistas “kautskyanos” como el chileno, el japonés, y unos pocos más.

El consiguiente uso del término ha tenido un foco y origen distintos y ha servido principalmente para desacreditar a aquellos que han desafiado la ortodoxia del marxismo leninismo (estalinismo). La Yugoslavia de Tito fue condenada por, el PCUS como revisionista después de 1948, y cada una de las partes empezó a condenar a la otra como tal durante la larga disputa chino-soviética desde finales de 1950. Los dirigentes soviéticos han denunciado constantemente como revisionistas los intentos repetidos y arrojados de los militantes de la Europa Oriental para humanizar allí el socialismo mediante la modera’° del monopolio político de los partidos comunistas altamente burocratizadb0 por otro lado, los recientes intentos de ciertos eurocomunista para hallar una tercera vía al socialismo en los países capitalistas avanzados han sido igualmente condenados como revisionistas por los camaradas más ortodoxos por sectores de los partidos comunistas del “socialismo real”, por Moscú, y desde otra óptica por el maoísmo.

Finalmente, habría que señalar que el revisionismo ha sido también una característica de los partidos socialdemócratas que emprendieron la vía de Bernstein después de 1917. Muchos de estos partidos reaccionaron ante la prolongada prosperidad capitalista que siguió a 1948 eliminando elementos doctrinales y programáticos arrastrados de su pasado marxista (o en el caso británico, en ausencia de tal pasado, del consenso socialista del período de Clement Attlee, que expresó cierto “reformismo enérgico”). Una nueva generación de revisionistas socialdemócratas declaró que el capitalismo quedaba sustituido por una economía mixta en la que ya no eran necesarias más nacionalizaciones y en la que a los partidos socialistas no les quedaba otra tarea que buscar una mayor igualdad social dentro de un consenso keynesiano. El fracaso de este revisionismo ha consistido en enfrentarse con el retorno de las crisis capitalistas de la década de 1970, que ha impulsado a muchos socialdemócratas del ala izquierda a adoptar políticas radicales próximas a ciertas posiciones adoptadas por el eurocomunismo; de esta forma, el revisionismo desarrollado dentro del movimiento comunista, así como el fracaso de un revisionismo muy distinto en el seno de la socialdemocracia, empiezan a incrementar las divisiones del movimiento socialista de la Europa Occidental puesto en marcha por la original discusión revisionista de 1890.

Una discusión que vuelve a tener interés en el presente, o sea desde un momento en el que la suma de derrotas permitiría a las grandes multinacionales llevar toda la iniciativa en la lucha de clases (“desde arriba”), y han hecho desaparecer cualquier margen reformista de tal manera que hasta los partidos comunistas han acabado actuando como “gestores leales” de la lógica neoliberal….

Para Bernstein, el partido debía de ser como un «movimiento» en el cual tendrán cabida todos los sectores «progresistas» al margen de los criterios de clase. Su finalidad debía de ser fundamentalmente electoral, y su dirección debería estar en manos de la fracción dirigente. En diversas ocasiones durante el debate sobre el revisionismo, Bernstein se pronunció en contra de cualquier intento de bajarla discusión entre los obreros. Por su parte, el centro ortodoxo mantendría una combinación entre su vocación electoral y su base clasista, apoyando el desarrollo orgánico del movimiento obrero en todas direcciones. Sus normas eran bastante centralistas y su preocupación primordial fue mantener la «unidad» por encima de las discrepancias. De esta manera, cuando Bernstein cuestiona la política del partido y, en palabras de August Bebel, se muestra más duro con su socialismo que con el enemigo de clase, a nadie se le ocurre la expulsión. Solamente Plejánov y Lenin insistirán en que ésta era una medida necesaria.

 

Desbordado por la izquierda, pero también por la derecha…

 

Este debate cobra un vuelo mucho más alto dentro de la izquierda, en particular entre Lenin de un lado y Rosa Luxemburg y Trotsky, de otro. Para Lenin, el partido debe de ser el instrumento de la revolución, la fracción que condensa lo más aguerrido del movimiento obrero y socialista. Debe de ser una vanguardia disciplinada, y funcionar por el centralismo democrático -libertad de fracción y de tendencias-; debe de delimitarse clara y rotundamente de las posiciones reformistas y del «movimiento», dentro del cual deben de intervenir. Este centralismo le parece a Rosa Luxemburg -que lo pesa por la medida alemana en la que el aparato impide la iniciativa de las masas-, el del «vigilante nocturno», el de un grupo elegido de «jacobinos», de una fracción que, en palabras de Trotsky, sustituye a las masas. Rosa Luxemburg ve el partido como un servidor de las masas en las que ve un enorme potencial de autoemancipación. El debate se agriará al situarse en medio de la confrontación entre bolcheviques y mencheviques.

Otro debate muy importante es el que trató de la huelga general. La idea que sobre la cuestión impera en la socialdemocracia es, en gran medida, la expresada por Engels en Los bakuninistas en acción, donde critica el fetichismo que hacen los anarquistas de esta forma de acción de masas, concluyendo que para conseguir ponerla en pie es necesario un grado de organización obrera muy alto… y cuando esto se ha logrado, ya no vale la pena hacer el rodeo de una huelga general. Después de que en Bélgica se lograra el sufragio universal mediante una huelga general y, sobre todo, después de la revolución rusa de 1905, estas concepciones tan sumarias de Engels no se podían mantener de pie. Para la derecha sindicalista, la huelga general no era más que «el disparate generar’. Pero para los revisionistas, que no la podían rechazar tan burdamente, la huelga general era una cosa demasiado seria para dejársela a los trabajadores. Bernstein no rehuía la fórmula, pero la sujetaba al estado mayor de los sindicatos y del partido, y la encaminaba como una forma de presión suplementaria a la labor parlamentaria de cara a una mejora legal concreta.

Naturalmente, la izquierda tenía otro punto de mira. Representaba la forma suprema de la acción directa y consciente de las masas obreras, la aplicación inmediatamente de la democracia directa, el medio para organizar alrededor de los organismos obreros a la mayoría de la población oprimida. Para Rosa Luxemburg: «…las huelgas de masas y generales habían tenido su pero origen en la concurrencia de diversas luchas por mejoras de salarios, las cuales, según la tendencia de la situación revolucionaria y bajo el impulso de la agitación de los socialdemócratas, se convertían rápidamente en manifestaciones políticas». Para la izquierda se trataba de desbordar los estrechos cauces de la burocracia sindical y del parlamentarismo. La huelga general no será el día D que como las trompetas de Jericó, derrumbará las murallas capitalistas, pero sí será el instrumento más idóneo para preparar el derrocamiento del sistema.

 

La guerra y la paz

 

Los conflictos interimperialistas que precedieron la Primera Guerra Mundial fueron localizados, pero aun así permitían vislumbrar su dinámica internacional, su repercusión mundial que se derivaba del carácter imperialista de la época que tendía hacia la absorción de los grandes mercados precapitalistas disputados por las grandes potencias. Dentro de la socialdemocracia, los revisionistas veían estas guerras como restos anacrónicos ‘del pasado y no creían, más bien al contrario desestimaban, la posibilidad de una guerra internacional. Por su lado, el «centro ortodoxo» era escéptico sobre la capacidad del proletariado de contraponerse a la generalización de un conflicto armado, Jaurés y Vaillant pensaban que esta actitud no ayudaba a «examinar las medidas generales a tomar», por lo que proponían para «los partidos de los países afectados» y «conjuntamente para todo el partido socialista internacional», una «acción concertada» para evitar toda guerra.

Se trataba en su opinión de movilizar a los trabajadores «tan pronto como secretos o públicos acontecimientos hicieran temer un conflicto entre los gobiernos que convirtiera la guerra en posible o probable». Para Jaurés «el proletariado quiere ser actor de su propio drama. La acción parlamentaria ya no basta en ningún terreno. Hay que apelar a los medios de acción que el genio, obrero ha creado»; dicho de otras manera, la huelga general y otras formas de movilización social. Durante el Congreso de Stuttgart (1907), se precisará más claramente la línea que debía seguir la Internacional y se proclamaba:» Ante la amenaza de una guerra, es un deber de la obrera de los países afectados, así como para sus representantes en los parlamentos junto con la ayuda del Buró Internacional, fuerza de acción y coordinación, de realizar todos sus esfuerzos para impedir la guerra mediante los medios que le parezcan más apropiados y que, naturalmente, varían según la lucha de clases y la situación política internacional.

Creyendo esta noción todavía insuficiente, la izquierda -Rosa Luxemburg con el apoyo de Lenin y Martov- propone una enmienda que es finalmente adoptada, y que dice así: «No obstante, en el caso de que estallara la guerra, tienen el deber de intervenir para hacerla cesar rápidamente utilizando con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra a. fin de llevar la agitación a las más profundas capas populares y precipitar la caída de la dominación capitalista.»

Esta enmienda no pone todavía el suficiente énfasis sobre los medios, lo que se tratará de hacer en el Congreso de Copenhague por parte de Keir Hardie y Edouard Vailland cuando plantea: «La huelga general, sobre todo en las industrias que suministran a la guerra sus instrumentos (armas, municiones, transportes, etc.), así como la agitación y la acción populares en sus formas más activas». Por su lado, el delegado holandés Toellstra es aclamado, cuando exclama: «La clase obrera no debe de dejar la política internacional en manos de la burguesía”. Pero entre las grandes declaraciones y la voluntad y capacidad real de respuesta, hay grandes diferencias. Jaurés insiste en que la huelga general será internacional o no será, pero no se concretan mayores precisiones tácticas. Los nuevos intentos de discutir, de reunir la Internacional, coinciden con los prolegómenos del estallido de la guerra.

La Gran Guerra será, sobre todo para el movimiento obrero internacional, el inicio de una nueva historia, de una nueva época, mucho más intensa y dramática. Para la clase dominante es un momento que comienza con una euforia como la que se desprende de estas palabras escritas por Max Weber en la ocasión: «La guerra que ahora comienza no constituye ninguna catástrofe; por el contrario, abre muy bellas perspectivas. Los beligerantes tendremos que hacer un gran consumo de material y de municiones. El material que emplearemos pondrá de manifiesto imperfecciones y defectos graves, y como suele hacerse en otros ejércitos importantes, la experiencia obligará a los grandes Estados a renovar su armamento. Por consiguiente, se presentan buenas perspectivas de trabajo para la industria y para los capitales… Este es nuestro pensamiento, desprovisto, ciertamente, de toda consideración sentimental”’

Lo que viene después, es ya otra página de una historia en la que la amplia base social socialdemócrata se va limitando a la existencia de un electorado bastante fiel…

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