El cine en el ámbito de la egiptología

¿En qué medida el cine ha contribuido a la difusión de la egiptología?

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¿En qué medida el cine ha contribuido a la difusión de la egiptología? La respuesta no es sencilla, pero lo sí se puede decir que, tal como hemos podido comprobar en el curso de toda clase de conversaciones,  para  la mayoría de la población, los referentes  más a la mano seguramente sean los cinematográficos.

Desde sus primeros pasos, el cine no ha dejado de producir películas desde la que se ha hecho eco del peso de la egiptología en la sociedad. Entre finales del siglo XIX hasta el presente se produjeron ardedor de un centenar de productos, medio centenar hasta 1960, y medio centenar más desde entonces. Como se puede ver en la filmografía final, en el listado hay de todo. La mayoría se remiten a los “misterios” derivados de lo que se ha llamado “la maldición de Tuntakamon”, un material que desde el cine se ha venido a añadir a los grandes mitos del fantástico y de terror, y no es por casualidad que su aporte principal, La momia (1932), tenga tanta concomitancias con la adaptación de Drácula que realizó Tom Browning. Se trata obviamente de una adopción en el que los trabajos arqueológicos tienen una importancia secundaria. La arqueología ha sido un buen pretexto para el cine de aventuras, y en los últimos tiempos hemos asistido a un espectacular y discutible maridaje entre ambos géneros con la nueva saga sobre La momia…También existe un buen número de películas que pasan por el antiguo Egipto a través de la Biblia, sobre todo desde el Éxodo, desde la historia romana con la relación de Cleopatra con Julio César y Marco Antonio, y en menor grado contamos con un pequeño número de importantes producciones que abordan la historia egipcia en sí misma como Tierra de faraones, Sinuhé el egipcio o Faraón, aunque en las dos primeras se da también una cierta veta bíblica.

El grueso de películas incluidas  estas dos últimas modalidades se realizaron en la época dorada del “peplum”. De 1954 datan Sinuhé el egipcio, Tierra de faraones, y El valle de los reyes, luego vendrán la versión canóniga de la historia de Moisés, en 1963 el género entre el declive del género del que la Cleopatra de Mankiewicz será harto representativo, y finamente en 1968 llega el Faraón polaco, todas ellas producciones de una importancia central en el cine popular, verdaderos hitos que hasta el presente han resultado insuperados desde cualquier punto de mira.  Los lamentos de los grandes divulgadores de la egiptología como Christian Jacq, que esperan poder unir espectáculo, calidad con rigor documental no han encontrado hasta el momento productores convencidos por más que la revolución digital podría repetir los milagros logrados en Troya y Alejandro el Magno, en la que por cierto, se ofrece una entrada en la historia egipcia a través de Grecia.

Con la excepción de Faraón, todas estas películas han sido criticadas desde el punto de mira del rigor temático y ambiental, de entrada, está claro que los actores europeos no resultan los más adecuados para representar unas personas cuyos rasgos eran más africanos, incluso negroides. Los argumentos se han atenido a las exigencias propias que el cine ha heredado de la literatura. No obstante, en un medio que, por lo general, suele ofrecer una visión distorsionada de las realidades más cercanas (véase sino el caso de uno de los populares, el del oeste), no parece razonable que se le exijan mayores precisiones sobre culturas y épocas remotas que están en curso de investigación, y sobre la que se sabe poco, sobre todo más allá de la corte, de la gente que trabajaba y vivía. Sobre los errores del “peplum” se han escrito toda clase de tratados, baste recordar que una producción como Troya fue vapuleada pro sus traiciones al original homérico. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, cabría al menos anotar tres consideraciones importantes: primero, que estas películas contribuyeron a familiares a millares de espectadores sobre la excepción egipcia que cualquier otra manera de divulgación cultural, segundo, que a pesar de sus incuestionables errores, también es cierto que hicieron un esfuerzo “revolucionario” por recomponer escenarios y detalles de gran valor, y tercero, que la crítica  de dichos errores y falsedades ayuda también a fijar criterios más serios…

Esto último resulta especialmente evidente en el caso del Egipto bíblico ya que fue el que se configuró como desde la caída de Roma hasta finales del siglo XVII. Desde entonces, el “antiguo Egipto” era poco más que un mito histórico sobre el que se contaban toda clase de fabulaciones.

Por otro lado, habría que preguntarse el porqué del éxito de la prensa “amarilla” en el punto de la “maldición”, y también el porqué ha resultado que desde este desenfoque se haya podido desarrollar toda una mitología literaria y cinematográfica que retoma no pocos de los mitos cristianos (que fueron posteriores). Considerando que algo así no se ha dado ni por asomo en relación a Grecia o a Roma (que apenas sí han inspirado unas pocas películas de terror, la más notable de las cuales sería “La Gorgona, una producción de la Hammer dirigida por Terence Fisher), cabe interrogarse sobre el peso que el Egipto de las momias y de las tumbas  ha desarrollado en el subconsciente popular.

En todo caso, hasta el presente, la egiptomanía cinematográfica ilustra más sobre sus autores que sobre el antiguo Egipto. Aborden el tema desde cualquiera de los puntos de vistas dominantes, ilustran de una asimilación antes que una aproximación. En el caso del cine fantástico refleja el miedo del fundamentalismo materialista a un fundamentalismo religioso que se mostró capaz e llegar tan lejos. En el caso de las aproximaciones bíblicas y romanas, la actitud es siempre

La campaña napoleónica

A pesar de su obvia voluntad colonialista, la campaña de Napoleón en 1798 que acabó en derrota, permitió que por primera vez los científicos pudieran investigar su pasado eterno, y crear las bases de la egiptología. Aquello fue un encuentro entre la mayor civilización conocida con la Ilustración pasando por encima del atraso y de os prejuicios religiosos que, empero, siguieron teniendo su importancia como resulta especialmente evidente en películas como Los die mandamientos, todo un manifiesto e la superioridad de la “verdad revelada” sobre cualquier otra consideración.

Las primeras décadas del siglo XIX fueron de constantes revelaciones: en Francia se publicó una verdadera Enciclopedia sobre el tema, la Description de l´Egypte; Belzoni inicia la arqueología moderna descubriendo la pirámide de Kefrén y el gran templo de Ramsés II excavado en la roca en Abu Simbel; Champollion descifró la clave de los jeroglíficos y permitió recuperar la lectura del gran legado; lepsius excavó el famoso Laberinto del mundo antiguo, y emergió la conciencia de lago que ya habían percibido los griegos, se publicó la monumental Description de l´Egypte, una verdadera “Enciclopedia” que ofrecía los primeros estudios exhaustivos sobre geografía, zoología, la botánica, la etnografía o el arte egipcio. Luego llegó el canal de Suez, y el conocimiento de Egipto se convirtió en una cita obligada para toda persona culta. Llegaron los turistas que para indignación de Flaubert dejaban sus propias inscripciones en los monumentos, y se desarrolló el expolio de antigüedades egipcias que fueron trasladadas a Londres, París, Roma, estimulando el imaginario del público y de los artistas. Desde entonces, la historia del mundo “occidental”, comenzó a planearse desde otra manera: todo había comenzado en África. Las Luces habían llegado a la conclusión de que la civilización había comenzado en Egipto, lo que venía a demostrar que –como había escrito el historiador grecosiciliano Diodoro en una obra escrita medio siglo a. J.C., los pueblos negros “eran los primeros de todos los hombres, y las pruebas de esta afirmación, como admiten los historiadores, son manifiestas”.

Al menos en lo que respecta a este país, en las últimas décadas la egiptología ha producido más adictos, expedicionarios, turistas culturales, libros de todas clases, documentales, películas, artículos en diarios y revistas, debates, asociaciones, etc, que en todo los tiempos anteriores. Al menos hasta los años sesenta, todo esto se podía contar con los dedos de una mano. En  los libros escolares, se hablaba someramente de su reflejo en la “Historia Sagrada”, algo sobre Abraham, patriarca fundacional para árabes y cristianos, de su esposa Sara, y de la esclava egipcia Agar. Pero de quien más se hablaba era de José y de sus hermanos, de su sabiduría para leer los sueños y para prever los ciclos económicos, los tiempos de vacas flacas y vacas gordas, diferencia que tenían mucho que ver con el antes y el después de nuestra guerra, y claro está de la huida de las tribus de Israel, guiadas por Moisés, del tiránico poder del Faraón.

Todo esto venía aderezado por  difusas referencias a su grandeza pasada, y a vagas referencias a las pirámides (que aparecían como fondo de los dibujos que describían a la “Sagrada Familia”, con la Virgen y el niño montados en un borriquito guiado por José sobre un fondo en el que se distinguía el gigantesco vértice sobre un desierto en el que emergía alguna que otra palmera), y a los faraones, al parecer reyes a los que se les atribuía grandes poderes (“vives como un faraón” que era como decir “vives como un obispo”), y no mucho más. no será hasta años más tarde en que se hará común los documentales en la TVE, y luego los libros, libros que en los años sesenta y setenta tuvieron mucho de “literatura amarilla”, con toda clase de explicaciones fantásticas que conectaban con la fiebre de los ovnis y demás…

Entre un tiempo y otro, y entre una primera iniciación cultural y la más absoluta ignorancia –ignorancia además revestida de satisfacción pueblerina y seudoreligiosa-, la única puerta que se abría para el pueblo en general fue el cine, especialmente una serie de grandes producciones que jalonaron el canto del cisne del “peplum” como un género cinematográfico capaz de atraer a las multitudes, lo que en los cincuenta coincidió con el apogeo del technicolor, el cinemascope y el apabullante despliegue de efectos especiales, pero también con una propuesta de conocimiento que cautivaran a varias generaciones de espectadores.

En segundo lugar, el mundo clásico también fue seducido por la cultura egipcia, poseedora de avanzados conocimientos más que tentadores para los sabios griegos. Y todo ello antes de que Alejandro Magno (356-323 a. de C.) conquistase el país y construyese en él la ciudad que llevaba su nombre: Alejandría. Este interés originó leyendas como la de las fuentes del Nilo, y acercó las costumbres de los antiguos egipcios a un mundo griego y romano que se preocupó por transmitir todo aquello que era diferente y que, por tanto, despertaba su curiosidad. Tras la expansión del Islam a partir del siglo VII y el cierre de Oriente, proliferaron en Occidente las fábulas en torno a personajes como la reina Cleopatra (69-30 a. de C.). Y ya en el siglo XVI, con el Renacimiento y el redescubrimiento de los clásicos se constató la atracción de Occidente hacia la cultura de los antiguos egipcios. Pero ambos mundos permanecían separados, así que los mitos sobre Egipto fueron en aumento, al tiempo que el descubrimiento de pirámides en las culturas precolombinas y de pagodas en Japón y China, junto al misterio de las escrituras jeroglíficas, forjaron la idea de una posible conexión entre ellas y sentaron la base de las tesis difusionistas.

Así pues, en lo que se considera nuestro pasado cultural (la tradición judeo-cristiana
Los secretos del antiguo Egipto permanecieron ocultos hasta que, a principios del siglo XIX, JF. Champollion descifró la escritura jeroglífica, y los vínculos con el mundo clásico), encontramos la imagen de una cultura lejana que había alcanzado unos conocimientos científicos y técnicos que permanecían ocultos en unos signos jeroglíficos que nadie sabía descifrar.

Llegamos así a la tercera de las razones. La expedición napoleónica de 1798 a Egipto derivó en la apertura de Oriente y en el nacimiento de la egiptología. Junto a los estudiosos, llegaron a Egipto mecenas y aventureros en busca de tesoros y momias, al tiempo que Prusia, Francia o el Piamonte italiano enviaron al país del Nilo expediciones científicas. Estas, por un lado, establecieron las bases de las colecciones museísticas que hoy siguen constituyendo un foco de atracción para el viajero y, por otro, posibilitaron el avance científico, especialmente después de que Jean-François Champollion (1790-1832) descifrara la escritura jeroglífica. Se produjo la llamada colonización cultural del antiguo Egipto, en la que los nuevos descubrimientos se adaptaron a la imagen que la tradición bíblica y clásica habían transmitido: unas tumbas ocultas que escondían grandes tesoros, unos templos semienterrados en la arena del desierto, unos curiosos dioses o unos faraones que solo habían podido realizar sus majestuosas construcciones esclavizando a la población.

Los nuevos y continuos hallazgos, así como el orientalismo cultural del siglo XIX, confirmaron estas impresiones. En el año 1922, el egiptólogo británico Howard Carter halló la tumba del faraón Tutankamón (1354-1346 a. de C.), que constató los dogmas e imágenes que se habían expandido por Occidente. Y desde entonces, la egiptomanía sigue impulsándose gracias a nuevos descubrimientos, los cuales, y el hecho de que se trate de una civilización que nada tiene que ver con la existente hoy en Egipto, aumentan el sentimiento de lejanía y de admiración hacia la cultura faraónica.

Una fascinación, una apropiación

El término “egiptomanía” alude a la fascinación que la cultura del Egipto faraónico ha despertado y sigue despertando en Occidente. ¿Por qué esa atracción hacia una
civilización milenaria, tan alejada de nuestro pasado cultural? El autor argumenta tres grandes razones que la explican.

Hasta fechas recientes, el Antiguo Egipto apenas si resultaba una curiosidad en la enseñanza de la historia, y generalmente se la enfocaba desde la “superioridad” de nuestros Dioses, y algunos de los mejores ejemplos lo tuvimos en el cine, por ejemplo en «Sinuhe el egipcio», la célebre novela del finlandés  Mika Waltari,  cuando el trasunto Akenaton (un místico Michael Wilding), clama al cielo evocando a un Dios que no podría ser otro que el Yhavé bíblico, esto por no hablar del cayado de Moisés  (Charlton Heston), dejando boquiabierto a toda la Corte de Ramsés II, unos aficionados al lado del Dios que hacia arder la zarza sin que consumiera…

En respuesta a esta presunción que solamente se justifica desde la ignorancia y la prepotencia, se ha desarrollado lo que se ha venido a llamar la egiptomanía, ciencia que unos especialistas definen como el conocimiento y la fascinación por el Antiguo Egipto, por su “paisaje singular, su flora y fauna sorprendentes, sus impresionantes monumentos, su cultura milenaria apoyada en la práctica inmemorial de un sistema de escritura de apariencia misteriosa que parecía ocultar verdades sagradas, sus inquietantes ritos funerarios”,  fue hasta una época muy reciente,  el reducto de una elite muy reducida. De ello testimonian detalles como los antiguos textos escolares,  con cuatro generalidades sobre las pirámides, sobre un tiempo ignoto en el que emergían extraños y despóticos faraones que sometían al pueblo a la mayor esclavitud, obras descomunales, misteriosas momias, curiosidades exóticas que poco o nada tenían que ver con nosotros. Era una civilización reconocida por abstracciones, pero nada que nos apartara de las cuatro referencias bíblicas, y a lo más, de la famosa y bastante acertada frase de Napoleón sobre los cuarenta siglos que nos contemplaban.

Con el tiempo, tanta ignorancia se fue haciendo insostenible, y se empezó a hablar de “misterios” que apuntaban a un “más allá” poblado de visitantes de otros mundos donde, según toda verosimilitud, existían seres capaces de algo que nos estaba al alcance humano como levantar las pirámides. También esta moda tan superficial perdió fuelle, y en los años setenta la egiptomanía más seria alcanzado una influencia cada vez mayor. Luego se puede hablar de una auténtica pasión popular que se trasluce en el ámbito editorial, y también en una producción documental valiosísima sobre los más variados aspectos y detalles, aunque no siempre evade los riesgos del sensacionalismo. Actualmente, cualquier biblioteca pública contiene mayor bibliografía sobre Egipto que sobre cualquier otra civilización pasada o presente. Esto no por no hablar de la masificación de un turismo “cultural” que se ha convertido en un pilar de la economía del actual Egipto. No obstante, esto no significa que no sigan actuando los viejos prejuicios culturales y religiosos, a pesar de que la reconsideración científica del Antiguo Egipto debería comporta no pocas revisiones en diversos puntos de la perspectiva histórica.

De entrada tendría que operar un cambio profundo significa una subversión de las teorías eurocentristas, de los esquemas tradicionales sobre el desarrollo de las civilizaciones, y comenzar a reconocer con todas las consecuencias al subvalorado continente africano como la primera cuna del ser humano así como de esta  civilización –la más duradera e importante de todas las conocidas- que, por lo tanto, precede y explica las siguientes. Hoy esta demostrado que el Antiguo Egipto antecede y determina los pilares de la cultura occidental fijados en la combinación hebrea, griega y romana. Ahora sabemos que nuestras tres ciudades “madres” (Atenas, Roma y Jerusalén) “son descendientes, en distinto grado, de la Menfis del Bajo Egipto y de la Tebas del Alto Egipto, donde las ciudades fueron construidas por los propios dioses” (Jacq), o sea justamente como las otras. Dioses que están en el origen de los nuestros. Estamos hablando pues de una historia que tiene un carácter auroral, de algo que comienza, y presumiblemente, también de algo que acaba. Su tiempo sobrepasa nuestras estrechas medidas: transcurre sin una interrupción significativa al menos durante tres milenios. Un tiempo  que se vive con un extraordinario esplendor cultural mientras que Europa permanecía todavía en la más oscura prehistoria.

Su ocaso –fruto dilatado de la combinación entre sus contradicciones internas y de las invasiones externas-  no llegó definitivamente hasta después del año 1.000 a.C, y todavía se encuentran importantes ecos de su esplendor en Alejandría en el espacio de tiempo que va desde Alejandro el Magno, hasta el fin de su reina más insigne, Cleopatra. En el este tiempo primigenio, Egipto fue uno de los primeros lugares, en los que se desarrolló, en una escala coherente y reflexionada, un aparato de explotación social y un gobierno religioso burocrático sobre el que ha planeado hasta ahora un esquema de análisis histórico enfocado desde el ángulo del poder ilimitado de las dinastías. Pero su conocimiento todavía apenas si se alcanza un 25% del  posible, aunque lo que ya se sabe es más que suficiente para desarrollar un análisis histórico más llano, más cotidiano, con una  mayor exactitud una realidad que –conviene insistir- nos obliga a cuestionar la persistencia de errores y/o ignorancias (interesadas).

Un buen ejemplo es la prueba que no se trataba de gente como nosotros sino de negroides, de una escala humana a la que el Occidente colonialista se había habituado a menospreciar. El desarrollo de la egiptomanía conlleva de hecho el cuestionamiento de una tradición historiografía predeterminada por la cronología de los reyes de las 31 dinastías, un poco a la manera como  se explicaba la historia de España, con listas como la de los reyes godos. El avance en los conocimientos nos está permitiendo pues, llegar a una historia más humana, más asequible, diferentes a la que sitúa en primer plano el poder extraordinario de un Estado basado en la monarquía divina, del faraón (=casa grande) que desde el vértice del poder, nombraba a los funcionarios o escribas (dependientes del primer ministro). El faraón  es el supremo sacerdote, y por lo tanto el Papa de una casta sacerdotal, con la que no dejará de tener contradicciones, un factor que finalmente sería fatal para su decadencia. Pero los”nombres y los rostros de los faraones no son más que máscaras que ocultan” la  historia de la gente. Y la verdad de los hechos requiere establecer más claramente como vivía y trabajaba el pueblo llano, así como entender los mecanismos que permitían su sometimiento.

Y, ¿qué pinta el cine en todo esto? La egiptomanía cinematográfica tiende a provocar sentimientos ambivalentes entre el personal más especializado, pero esto no impide que en sus actividades se imponga muchas veces el pase de tal o cual película, aunque sea para advertir de errores y anacronismos. El cine, de un lado no deja de representar y exaltar todos los grandes prejuicios (el Moisés de DeMille es casi un compendio), pero, por otro, algunas de sus aportaciones tenían la virtud incuestionable de ofrecer unos grados de información que se situaba a años luz de la que poseía el pueblo llano, esto sin olvidar el impacto original causado entre numerosas personas, algunas de las cuales han acabado como especialistas o al menos como adictos bien informados.

Ha reflejado prejuicios, y también desconocimiento, de ahí que los títulos importantes sean muy pocos. De hecho, la mayoría abordan más diversos aspectos de la egiptomanía como las aventuras arqueológicas que las historias propias, y entre estas, buena parte están más relacionadas con el Antiguo Testamento o con el Imperio Romano (sobre todo a través de Cleopatra) que con todo su universo. Finalmente, cabe añadir que cuando la literatura y la historia comenzó a tener mayor eco popular, la hora del peplum ya había pasado, y de ahí que desde la Cleopatra de Mankiewicz, el cine no ha producido nada parecido, ni de lejos, a lo máximo a través de los dibujos animados, y en este caso con las vidas jóvenes y sabias de Moisés y de José, contempladas además canónicamente, como manda el potente fundamentalismo norteamericano. El mismo que quiere corregir a Darwin con el Génesis, y que mantiene sobre la cuestión la mentalidad propia de un DeMille.

Comprender lo que significó el Antiguo Egipto resulta clave para comprender la evolución histórica de la humanidad, y a situar esta civilización como una experiencia única, sin parangón, una experiencia africana y negroide, y cuyas verdades se empezaron a conocer seriamente desde la Ilustración.

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