El cine contra las prisiones

Una metáfora de la lucha por la libertad integral

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El microcosmo carcelario comporta numerosas cuestiones sobre el individuo, la propiedad y el Estado, es un lugar determinante en la maquinaria de este. Obviamente, se trata de una discusión enormemente compleja, pero fundamental, un debate que se tiende a descartar pero de enormes implicaciones, desde las más simple (la que nos lleva al concepto de delincuencia), hasta la más “política”, no en vano estamos hablando de una situación  inherente a todas las disidencias políticas, una historia que resulta especialmente  trágica en los tiempos de la España franquista que solamente ahora se empieza conocer en todo su alcance. Éste es pues un ámbito en el anarquismo ha producido numerosas reflexiones críticas, y ha mostrado una insistente atención.

Sin embargo, en el cine carcelario no encontramos ningún título (Porton no menciona ninguno), que se atenga o que se aproxime abiertamente a sus anunciados, si existen se trata una vez más de unas concepciones compartidas aunque sea parcialmente. Dicha proximidad resulta facilitada desde el momento en que se puede afirmar que desde el cine se han hecho numerosas críticas radicales del sistema penitenciario, y hasta se puede hablar de un importante subgénero que es una variante destacada del policiaco o cine negro. Cuenta con un buen número de películas con un material crítico más que suficiente para ilustrar cualquier clase de debate sobre una cuestión con la que, en no poca medida, podemos enlazar con el sistema psiquiátrico e incluso con determinadas descripciones de las sociedades “abiertas” que, paradójicamente, se distingue porque, como indicamos al principio, va ampliando su población de reclusos, en nuestro caso de emigrantes, o sea de extranjeros “extracomunitarios”.

Hay que estar (moralmente) ciegos para no ver uno de los fenómenos crecientes de la actual coyuntura histórica: la del aumento de la población encarcelada, la respuesta neoliberal a la “fractura social” creada por la doble dinámica “neoliberal”: la que impone el criterio de “tanto tienes tanto vales”, y la que sitúa la cuestión de la “seguridad ciudadana” en el centro del debate. Solamente en los emblemáticos Estados Unidos nos encontramos (en el 2007) con 2 millones de reclusos, a los que hay que añadir 5.400.000 bajo tutela penal, cifras que representan el 5% de la población masculina mayor de 18 años, y 20% en el caso de la población negra, tradicionalmente maltratada y discriminada.

Uno de los símbolos de esta masiva presencia negra carcelaria es Mumia-Abu-Jamal es de 48 años que permanece conde­nado a muerte, y bordeando una siem­pre inminente ejecución, desde 1981, sin embargo, su caso no es uno más, Mumia es escritor y periodis­ta amén de un militante que ha sido adoptado por un extenso movimiento solidario internacional, del que forma parte destacada el anarquismo. Esto ha hecho que su caso sea más cono­cido que los casi cuatro mil  presos que, como él, están esperando la muerte legal en las cárceles de Estados Unidos. Desde que se reinstauró la pena capital en 1977, los norteameri­canos han “despachado” a más de cuatro centenares de personas, en su inmensa mayoría afronorteamericanos o de otras minorías, una tarea en la que la dinastía Bush se ha mostrado especialmente venal y cruel… En un documental sobre Mumia emitido tiempo ha en el Canal 33 se detalla cómo la policía exige corporativamente su condena porque ha matado a “uno de los suyos”, y como cabe pensar en la hipótesis de una actuación similar a la del inspector corrupto encarnado por Orson Welles en Sed de mal, (re)creando las pruebas en complicidad con el sistema judicial. Con todo, Mumia no puede apostarlo todo a una revolución, y reconoce que está obligado a creer en la capacidad de rectificación parcial del propio sistema (finalidad por la que se ha desplegado un gran campaña de movilizaciones solidarias que, obviamente, asumen  otros casos), porque de no hacerlo perdería toda esperanza.

Sobre esto el mejor cine cívico de Hollywood ya ha ofrecido grandes testimonios desde Quiero vivir (1958), de Robert Wise, tan elogiada por Albert Camus, hasta Pena de muerte (2002), de Tim Robbins. Pero resulta que además el horror au­menta al comprobar que los tribunales y no digamos la policía) se equivocan con demasiada frecuencia, y las pruebas de ADN han demostrado que son multitud las veces que han pagado justo por pecadores. A Mumia lo encontraron culpa­ble del asesinato de un policía, pero su juicio fue tan asombrosamente irregular que parece una pelícu­la de humor “negro”. Desde los 16 a los 19 años, Abu-Jamal perteneció a los Panteras Negras, un grupo célebre de liberación negro que fue destruido por un “complot” entre el Estado y el FBI. Des­pués, como periodista, fue muy mordaz contra la policía de Filadelfia, cuyo historial delictivo se adivina escalofriante. Todo indica que Mumia fue condenado (como tantos otros) por su compromiso político, porque respecto al crimen las evidencias son muy confusas. Sa­bo, el magistrado que le sentenció, es conocido como “el juez de la horca”, a la manera del famoso juez Bearn: ha mandado a más de treinta presos al corredor de la muerte, todos ellos ne­gros menos dos, y eso que la pobla­ción de color en Pennsylvania, el Esta­do del juez, es sólo el 9% del total. En su larga lucha, escritores como Salman Rushdie y Paul Auster, políticos como Nelson Mandela e incluso el presidente francés, el muy corrupto Jacques Chirac, han pedido que se le haga un nuevo juicio, algo que, entre otras cosas, revelaría su inocencia y demostraría la vesania del tribunal.

Comenzando por el cine norteamericano, se pueden registrar algunos título que insisten claramente en ciertos elementos subversivos –de entrada de la dinámica que fabrica al delincuente pasando por la negación rotunda del sistema carcelario, con la denuncia de la corrupción de las autoridades y la defensa a ultranza de los individuos que no han olvidado su dignidad-, y podíamos comenzar por Código criminal (The criminal code, USA, 1931), de Howard Hawks, y sobre la que Javier Coma escribe: “Con saludable cinismo el film se estructura según la equiparación de las reglas que presiden las administración de justicia y las normas a que se ciñen los presos, como si se tratara de dos universos sociales paralelos. Uno y otro código se resumen en la ley del talión y, más concretamente, en la máxima ojo por ojo y en la elevación a necesidad de que alguien debe pagar por el asesinato de otro hombre; en este último aspecto la acción convierte en simétricas las situaciones derivadas de la muerte accidental de un reptado ciudadano en una pelea y del fallecimiento de un recluso que intentaba fugarse y es alcanzado por los disparos” (1990; 50). Desde el inicio está claro que la ley no está a la altura de las circunstancias, y como una persona normal se puede ver envuelta en un crimen y en una culpabilidad impuesta, y como a partir de aquí la cárcel puede acabar hundiéndole más todavía.  Aunque se nota cierta teatralidad en los actores, se trata de un clásico que todavía sigue conmoviendo y permitiendo una amplia reflexión. Los que la han visto no olvidaran nunca al personaje encarnado por Boris Karloff cercando a un chivato, y actuando como verdugo de la propia ley de los presos.

Pero el gran clásico popular de este subgénero es sin duda Soy un fugitivo (The one and only, USA, 1932), la obra maestra de Mervyn LeRoy que está basada en la novela autobiográfica de Robert E. Burn –que intervino como asesor del film mientras era buscado por la policía-, con una interpretación impresionante de Paul Muni. Fue la primera denuncia abierta del sistema judicial y penal norteamericano, con una descripción impresionante de los trabajos forzados, y una visión de la lucha de clases dentro y fuera de las prisiones. Cuenta como James Allen (Mu­ni), tras regresar de la “Gran Guerra”, abandona un trabajo casi esclavo para convertirse en un vagabundo  mientras recorre los Estados Uni­dos en busca de un trabajo mejor…Para sobrevivir, toma parte en un atraco. Cae en manos de la policía y es condenado a diez años de trabajos forzados, de los que tratará de escapar y después de muchos esfuerzos llega a ser un buen ingeniero. Entonces sufrirá chantaje, hasta que es detenido y condenado  de nuevo. Vuelve a fugarse, pero ya no confía en nadie ni en nada. LeRoy debió de morir en vida, de no ser así, no se explica que dirigiera una película tan infame como  El FBI contra el imperio del crimen (USA, 1959), una repugnante y falsaria apología de los métodos impuestos por el siniestro Edgar J. Hoover, una buena muestra sobre como cierto aspectos del fascismo puede incrustarse en sociedad consideradas al decir de la derecha, como “plenamente democrática”.

Otro intenso alegato anticarcelario sería Brute force (USA, 1947), una de las obras  más logradas en la fase norteamericana del “black liste” Jules Dassin, y parte de un guión de Richard Brooks. La lucha por la libertad, acaba convirtiéndose en una tarea vital, un objetivo por el que los presos acaban formando un extenso y firme colectivo. Hay un intento de fuga al frente del cual se impone un enérgico e indignado Burt Lancaster, uno de los actores más inconformista de Hollywood, proveniente de la clase obrera,  se crió en los sótanos de una sede local de los IWW y permaneció estrechamente ligado a los movimientos por los derechos civiles auspiciando una filmografía en la que los títulos reaccionarios son una excepción, recordemos sin más El hombre de Alcatraz (The birdman of Alcatraz, USA, 1962), una de las mejores películas de John Frankenheimer, otro auténtico clásico del subgénero. La lucha de los presos contra unas autoridades carcelarias  brutales y corrompidas, en una trama que recuerda bastante la lucha contra el fascismo, representado por una “fuerza bruta” que se impone a pesar de la buena voluntad del alcalde, de unos guardianes brutales dirigidos por el capitán Munsey (Hume Cronyn), sobre el que dirá el médico que es “el peor de los hombres que están encerrados aquí”. El mundo exterior es meramente complementario. Llega un momento en el que los presos olvidan sus diferencias, y organizan un motín cuyo carácter liberador está fuera de toda duda. En realidad se está hablando de una prolongación de la lucha contra el fascismo del que el sistema  carcelario resulta una versión reducida.

En una línea próxima se encuentran aportaciones tan celebradas como La leyenda del indomable (Cool hand luck, USA, 1967), que fue financiada por la compañía productora de Jack Lemmon, y dirigida por el entonces casi debutante Stuart Rosenberg. La película cuanta como su protagonista, Luke, acaba cometiendo una serie de infracciones que le llevan a ser condenado a dos años de trabajos forzados. El presidio tiene todas las características de un campo de concentración. Inmediatamente Luke, por su actitud vital, entre cínica y desafiante, reconvierte en un referente de insumisión para sus compañeros que lo apodan Man Luke (Manos Frías), y por supuesto, también para los carceleros que no desaprovechan la menor ocasión para humillarle y castigarle, en particular el que interpreta George Kennedy (que ganó un Oscar). Al margen de cierto tono religioso, la película es un canto a la insumisión y una denuncia de sistemas penitenciarios aniquiladores. Rosenberg mostraría sus preferencias por la temática con la menos interesante y más moderada Brubaker (USA, 1980), que nos explica un caso real: el de un director de prisiones (Robert Redford muy en su papel), que antes de asumir su cargo, decide saber por cuenta propia como es la prisión, e ingresa en ella como un convicto.  En la misma línea, tan deudora de los clásicos en blanco y negro, cabría registrar una de las mejores películas del interesante Tom Gries, La casa de cristal (The glass house, USA, 1972), basada en una obra de Truman Capote que fue Concha de Oro del XX Festival de San Sebastián. Con un estilo conciso, Gries ofrece un detallado retrato de cómo alguien puede acabar en prisión, y como se desarrolla la vida en esta, como mantener la vida y la dignidad en un mundo hostil en el que los carceleros por un lado, y los delincuentes más corrompidos, imponen su ley. La metáfora social queda por lo demás bastante patente.

En la filmografía de Gries destaca, aparte de un singular “western social”, Will Penny, aquí titulado pomposamente como El más valiente entre mil. También de un potente drama social Los emigrantes (1973), una más que notable adaptación de un drama obrerista singularmente radical de Tennesse Williams, que narra la sobreexplotación sufrida por una familia de trabajadores ambulantes que siempre se encuentran a merced de los señores y de sus esbirros, y que van asistiendo a una injusticia detrás de otra con la esperanza de una vida mejor que nunca llega hasta que el hijo desafía a los patrones y la policía para buscarse la vida como trabajador industrial. Situada en los años sesenta, fue interpretada por Cloris Leachman, Ron Howard, y Sissy Spacek.

Un capítulo aparte merece los motines de la prisión de Attica de 1971 que arrojaron el desgraciado balance de 39 presos y 10 guardias muertos, convirtiéndose en uno de los más sangrientos capítulos de la historia de los Estados Unidos. Entre las diversas películas sobre este acontecimiento destacan dos. La primera es Contra el muro (Against the wall, USA, 1993),  telefilme de John Frankenheimer, con guión de Ron Hutchinson, y comienza con unas imágenes documentales en las que se ofrece un vasto panorama de los sesenta-setenta, con subrayados sobre Kennedy, Luther King, el movimiento hippie, la guerra del Vietnam y las manifestaciones contra ésta… Parte de narra la horrible experiencia vivida por uno de los guardias recién llegado a dicha cárcel, Michel Smith (Kyle MacLachlan), que acabó convirtiéndose en uno de los secuestrados por los presos amotinados. Su llegada coincide con la de un grupo de reclusos, entre los que destaca un negro, Jamal X (Samuel L. Jackson), y partir de estas dos caras de la prisión, y lo hace de una manera ajustada, muy completa, sin olvidar en ningún momento de quien está la razón. Lo mismo se puede decir de Attica. La cárcel de la muerte (The killing yard, USA, 2001)obra de la interesante cineasta antillana Euzhan Palcy, afincada en los Estados Unidos donde está realizando una serie de películas muy combativas a favor del pueblo de color. Esta fue escrita por Benita Garvin, y es bastante complementaria la de Frankenheimer. Se centra en la  historia de Shango (Morris Chestnut, un preso afroamericano al que las autoridades han utilizado como cabeza de turco para encubrir una conspiración que incluso involucra a Nelson Rockefeller, gobernador del estado de Nueva York. Con la ayuda del honesto e imparcial abogado blanco Ernie Goodman (Alan Alda que borda su papel), Shango se dispone a defenderse a toda costa… y a descubrir la angustiosa verdad que se esconde tras la tragedia, una verdad que dice mucho sobre la naturaleza del poder “democrático” en los Estados Unidos.

Aunque quizás en menor cuantía, el cine europeo también cuenta con algunas grandes aportaciones, siendo quizás la mejor La evasión (Le trou, Francia, 1960), de Jacques Becker.

Narra concienzudamente la historia de cinco presos franceses que comparten una única celda y que estando condenados a sentencias de reclusión superiores a los diez años por persona, deciden fugarse de la cárcel poniendo en marcha un plan sencillo que requerirá de todo su esfuerzo y su  ingenio para salir adelante. Pero no es ni en la preparación ni en el curso de sus titánicos esfuerzos (que son debidamente subrayados para dejar claro lo que está en juego) donde se centra la película, lo que le importa a Becker es la fuga y todos los detalles y contradicciones relacionados con la misma. Como acabo de señalar, esta es una película de detalles, está plagada de ellos, en forma de objetos, de descripciones visuales, etc. Es raro ver una película que le dedica tanto tiempo a los detalles, pero creo que en películas de este estilo, en donde la huida requiere de tantos factores, es necesario que se nos muestren claramente todos los que intervienen en esa posible evasión.  La película más reputada- de Jacques Becker es París, bajo fondos (Casque d´or, 1952), que contiene una descripción del ambiente del barrio proletario de Belleville, por cierto uno de los centros de la “Comunne” de  París y el último que se rindió, allá por 1900, y en el que se confunden “barriobajeros” de diferentes características, y entre los más dignos y conscientes no es difícil entrever actitudes propias del anarquismo de entonces, actitud presentes en el original y censuradas por el franquismo.

Hay que hacer un punto y aparte con dos películas.

Una es La fuga (Argentina,  2001), que Eduardo Mignogna llevó a la pantalla a partir de una adaptación de su novela homónima, La fuga, que fue reconocida como la mejor película de habla hispana en los Goya de aquel año. Se trata de un relato coral, recio y contenido. Es diferente a otras obras del  malogrado director (1940-2006), más populares pero que destacan por su blandura, y quizás por eso sea una película mucho menos conocida. La fuga está situada en el verano de 1928. Varios reclusos de la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires se dan a la fuga, y en los datos que se vierten se ofrecen muchos detalles extraídos de una audaz fuga de militantes anarquistas evocada en el documental Ácratas. Mignona describe con buen pulso  la suerte dispar de cada uno de los evadidos en busca de sus destinos. Los protagonistas son: un anarquista español, Zacarías Vallejo (un muy adecuado Alberto Jiménez), que habla poco pero con palabras de contenidos muy precisos. Hay también un estafador, tres asesinos, un timador de cartas y un inocente. Son hombres duros, con códigos propios, dispuestos a todo con tal de no regresar a prisión. Sus odiseas y desventuras, narradas en tiempos paralelos, relatan cómo algunos son capturados, o sufren muertes violentas, mientras que otros desaparecen para siempre. Historias sórdidas y conmovedoras que no excluyen la ternura y el amor, la piedad o el miedo. Se trata además de una obra muy cuidada, siguiendo la mejor tradición del subgénero (recuerdo bastante Le trou, de Jacques Becker), así por ejemplo, la panorámica del centro de Buenos Aires con la que comienza la escena de inauguración del obelisco en 1936 es absolutamente verosímil y fue realizada digitalmente.  Un final sellado con un pacto de hermandad carcelaria que permanecerá en el corazón de Buenos Aires como testimonio de la ansiada libertad.

La otra es Horas de luz (España, 2004) que aborda la historia de Juan José Garfias, que había suscitado bastante interés en los medios libertarios, y que plantea la cuestión, ¿puede el amor liberar a un asesino?, un interrogante que queda restringido al caso personal por más que está producida en un país cuyo gobierno participaba en una declaración de guerra contra Irak y que permitía el goteo diario de jóvenes africanos muertos al querer atravesar los muros del “primer mundo”. Fue la tercera película de Manolo Matji (la primera, La guerra de los locos,  la más interesante y hablamos de ella en el capítulo sobre la guerra española), y su interés temático está fuera de duda. Sin embargo ha recibido serias crítica porque al final todo parece resulta demasiado fácil, porque parece delimitar demasiado gruesamente la diferencia entre los guardianes embrutecidos y que aparecen como más bienintencionados…Si deja bien claro que Juan José (Alberto Sanjuan) es una persona cuando entra, y otra muy diferente desde que conoce a Marimar (muy notable composición de Emma Suárez), algo que ya se había abordado en otras películas, recuerdo muy especialmente El chacal de Nahueltoro (1971), la mejor película del muy irregular Miguel Littin, entonces íntegramente comprometido con la Unidad Popular chilena, y cuya temática, aunque con un punto de partida mucho más terrible, es bastante similar a la de Juan José.

A mi modesto entender,  Matji no explica el cómo y el porqué Garfias acabó convertido en un criminal (mata por casualidad, llevado por una actitud que tiene mucho de suicida), y se limita a dibujar con cierta precisión lo que se perfile detrás humanamente de las víctimas…La reconstrucción dramática se ve afectada por esta omisión y la narración por lo tanto, se centra en como Garfias comienza a pensar como una persona que quiere crecer y asumir sus propias responsabilidades. Lo mejor es la descripción de su voluntad por mantener su integridad en una situación verdaderamente límite, en este punto la película se crece, denota que Matji ha trazado una buena escritura, plena de referentes fílmicos valiosos. Con todo, se trata de una película apasionante que denuncia los métodos de aniquilación individual, y que deja la evidencia que como personas inmersas en los más oscuros abismos, pueden rehacer su vida, si cuentan como Garfias con un soporte básica de integridad personal, y encuentra fuera de la cárcel los apoyos necesarios. Apoyos que se han ampliado gracias a la propia película. Quizás el guión se limita demasiado al caso carcelario, y deja fuera una realidad para laque el propio personaje no encuentra explicación. Supongo  por más que se puedan objetar sus evidente limitaciones fílmicas, películas como estas pueden contribuir a un debate sobre el curso que está tomando el universo carcelario en un mundo en que el reducto de privilegiados es cada vez más restringido y sus medios de ascenso social más turbios, y que al mismo tiempo recurre al discurso de la seguridad ciudadana, jugando con los miedos y las mediocridades humanas.

 

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