El “Centrinaje»… marca indeleble de la idiosincrasia chilena

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“ Es Chile un país tan largo, mil cosas pueden pasar ”

Así musicalizaba el conjunto “Quilapayún”, en el viejo Estadio Chile (hoy, ’Víctor Jara’), hace 32 años, la letra de aquella insigne “Cantata Santa María” compuesta por el profesor Luis Advis.

¡Y vaya si no pasaron cosas!

Tres calendarios más tarde, Santiago sufrió el primer bombardeo aéreo de su historia. Por supuesto, eso fue sólo el comienzo.

Recuerdo haber pensado, en aquella trágica y dolorosa mañana de martes, que una vez más el carácter “centrino” de mis compatriotas había impuesto sus términos.

Los calendarios han perdido 384 páginas desde entonces, pero las vituallas sociales y que nutren el arcón del «centrinaje» no han cejado en volumen ni en pertinacia.

Si bien el gringo Tunick logró desnudar físicamente a miles de santiaguinos – y a casi 0°C – para recrear su lente y engrosar sus arcas, alguien tiene que deshilachar las pilchas de la idiosincrasia de los chilenos a objeto de mostrarlos en su verdadera e innegable completitud de carácter, más allá del festinazo jaranero que se auto regalaron una fría mañana de domingo las miles de personas que decidieron desafiar —por fin y de una buena vez- las opiniones decimonónicas de los maturrangos que dirigen en el país las organizaciones seglares (filosóficas, económicas y políticas).

Son los “centrinos”, auto proclamados dueños del país y gestores de nuestro presente, quienes motivan esta desordenada crónica (es dable entenderlo ya que, después de todo, el autor también es centrino).

SUCINTO RECORRIDO DE LA HISTORIA NUNCA ESCRITA DEL CENTRINAJE

El concepto “centrinaje” podemos rescatarlo en la España del siglo XV, más precisamente en el instante que los peninsulares se enteraron que un tal Colón, italiano de origen y «aportuguesado» por matrimonio, a nombre de sus majestades Fernando e Isabel, había regresado de un largo viaje marítimo hacia el oeste donde se topó con las costas de un territorio que, según los navegantes portugueses de la «Escola de Sagres», no correspondía a las Indias Orientales. No bien esos peninsulares —hambreados y explotados por un sistema social que asentaba sus pies en la procedencia divina del poder político- escucharon la palabra “oro”, lanzaron sus cuerpos y almas al océano Atlántico para ir a la conquista de los parajes herejes en “sublime obediencia a la Santa Madre Iglesia Católica y mejor estatura de sus magníficas realezas”.

En el año 1515, pocos (casi ninguno, en verdad) militares de carrera se aventuraron en América, ya que España y sus reyes requerían de sus mejores soldados para afianzar los últimos triunfos en la guerra contra los infieles del Islam que seguían presentes en la península. Obviamente, para la Santa Iglesia inquisidora resultaba de mayor prioridad expulsar a los árabes y judíos (que llevaban más de siete siglos conjuntos de presencia y aportes), que la conquista de los nuevos territorios, la cual bien podía esperar algún tiempo.

Así, quienes primero arribaron al nuevo continente fueron los aventureros, los marginados, los salvados de la cárcel y del garrote. Todos ellos, casi sin excepción, provenían del centro-sur de España. Eran extremeños y castellano-manchegos. Algunos andaluces viejos y murcianos completaban el cuadro.

Pedrarias Dávila, el cura Luque, Diego de Almagro, Francisco Pizarro, Francisco Orellana, por nombrar algunos de los principales, eran “hijos del centro geográfico hispánico”. Descendientes de padres y abuelos empobrecidos, analfabetos, sanguinarios, religiosamente fanáticos (la otra cara de la moneda) y dueños de una ambición que no encontraba límites, a golpe de espada y caballos irrumpieron bruscamente en valles y selvas para iniciar la degollina de las culturas autóctonas y el saqueo de todo lo que «oliera a oro» o produjera oro.

En tan solo dos siglos el conquistador europeo saqueó a destajo el nuevo continente. Hoy, instituciones que dedican sus esfuerzos a proteger los derechos de las etnias americanas originarias, calculan en trescientos ochenta mil millones de dólares el valor del oro y plata transportados a la Península Ibérica y a las islas británicas. Dinero nuestro, que el primer mundo ha usado para amarrarnos con préstamos impagables conducentes a un nuevo estilo de dependencia.

Como una forma de justificar las matanzas y los robos, los españoles primero (e ingleses, holandeses, portugueses y franceses después), saneaban sus espíritus afirmando que lo hacían en beneficio exclusivo de los “infieles indígenas”, a quienes era necesario “llevarlos a la fe y someterlos a la obediencia de sus majestades”. En otras palabras, para educar y civilizar a los pueblos conquistados se requería -primero y siempre- masacrarlos, anularlos, pisotearlos, negarles sus derechos como miembros pertenecientes al género humano y arrojarlos a un inmovilismo social perenne. Pero, todo lo dicho, se hacía en “beneficio” de los esclavizados y siguiendo las doctrinas vaticanas.

Chile, por cierto, no escapó a esa saga de sangre y saqueos. Sin embargo, al constatarse que no había reservas auríferas importantes en el territorio, luego de la fracasada aventura de Almagro y las debacles experimentadas por Valdivia al sur del río Maule, la corona hispánica se vio forzada al envío de funcionarios y militares al sur del mundo para cautelar el ingreso oceánico del Estrecho de Magallanes, amenazado por las incursiones piratas que implementaba la muy británica reina Isabel I.

Esos funcionarios reales, que encontraron un país ya caracterizado por el “centrinaje” español, agregando a ello la lejanía y aislamiento del territorio que permitía una especie de auto gobierno a espaldas, incluso, de la Iglesia Católica, fueron “domesticados” por la masa soldadesca que les servía de único cobijo ante posibles ataques indígenas. En una especie de acuerdo no escrito ni discutido, se dejaron engullir por conveniencia y empinaron sus pelucas sobre la turba armada para dirigirla.

A partir de ese momento, todos, sin excepción, decían lo que no pensaban, hacían lo que no decían y pensaban lo que callaban. Había nacido el “centrinaje”.

EL CARÁCTER CENTRINO CHILENO

El ensayista Benjamín Subercaseaux Zañartu -de ancestros franceses y castellano-vascos y Premio Nacional de Literatura 1963- hizo excelentes referencias en algunas de sus obras respecto del carácter de los habitantes del centro del país (ver: “Chile, una loca geografía”, Ercilla, Santiago, 1940), llamando la atención del lector al afirmar que los nacidos y criados en los territorios comprendidos entre los ríos Limarí y Bío-Bío, eran diferentes a quienes vivían en los extremos. Sin explicitarlo abiertamente, les descubrió sus perfiles de “ladinos”, “asolapados”, “mentirosos” y ‘traidores” y nada solidarios.

La condición de eternos dependientes, ha marcado nuestro desarrollo social.

Primero nos dominaron los incas, luego los españoles, después los ingleses (dueños del salitre y la banca), más tarde los Nixons y Kissingers, y ahora los capitales transnacionales provenientes de los EEUU y Europa.

Tal entreguismo -plagado de “malinchismo” racista- se ha producido porque quienes dirigen los destinos de la nación asientan sus confianzas en la quietud servil de los habitantes mayoritarios del país, hombres y mujeres del centro, responsables también de los vicios y carencias que se desglosan de las actitudes y hechos acaecidos en los últimos años.

Un inefable y asintáctico conocido nuestro, de apellidos Pinochet y Ugarte, astuto, traidor, “asolapado”, “lauchero”, cazurro y ladino “centrino de tomo y lomo” ( y como si no bastara de raíces cauqueninas ) sabedor de lo que estamos analizando, ha manifestado en más de una ocasión que su ciudad favorita es Iquique (aunque los iquiqueños no piensan lo mismo de él), pues está muy consciente que los habitantes del centro -en especial quienes le palmotearon la espalda durante 17 años- fueron los primeros en abandonarlo y entregarlo a las fauces de los tribunales o al arcón de los recuerdos no bien las nuevas situaciones políticas y las conveniencias particulares así lo aconsejaron.

Respecto de este último punto, lo peor y más errado que un investigador puede hacer es desestimar las opiniones militares sobre la ciudadanía, pues el ejército recibe cada año un voluminoso contingente de civiles juveniles proveniente de las clases menos favorecidas económicamente. Los uniformados conocen a la perfección el carácter de los chilenos, particularmente el de los habitantes del centro de la nación, y aunque no lo expresen, aprendieron a administrar la volubilidad y el ladinismo de los llamados “paisas” (y su cómodo y calculado servilismo ante la fuerza, tan útil cuando se trata de hacer cumplir órdenes irracionales, ilegales o criminales).

Por eso, Pinochet desea vivir sus últimos años en Iquique y no en Valparaíso, Viña o Santiago.

Obviamente, la clase política (“centrina” a concho) disputa con los miIitares y empresarios el derecho a manejar la férula, basándose en similar conocimiento de nuestros conciudadanos del centro del país.

En fin, la pregunta flota en el aire:

“¿Cómo se puede entender bien el centrinaje?”

La única manera que se me ocurre es a través de ejemplos cercanos, reales y concretos, fáciles de identificar. Veamos:

1.- Augusto Pinochet Ugarte, bien puede ser catalogado como el “faraón del centrinaje”, o el “rey de los asolapados”. Sin opinión propia, estuvo siempre donde calentaba el sol. Cuando el general Carlos Prats asumió como comandante en jefe del ejército, Pinochet se puso de inmediato a su disposición asegurando que lo más importante era en ese momento la defensa de la Constitución y del gobierno legítimamente constituido. Cuando el general Prats renunció, Pinochet se encumbró en la comandancia en jefe y continuó expresando su apoyo a la “doctrina Schneider”, hasta que dos de sus amigos (José Toribio Merino y Gustavo Leigh) le acosaron con la prontitud del golpe de estado. 

Entonces, centrinamente, Pinochet no sólo se subió al carro golpista a última hora sino que exigió dirigirlo, traicionando supinamente todo lo afirmado en esos años. Poco tiempo después –algunos añitos no más- este faraón del centrinaje echó abajo los aviones de Leigh expulsándolo de la Junta de Gobierno y de la Fuerza Aérea, limpiando el camino para su dictadura unipersonal. “En este país no se mueve una hoja sin mi consentimiento”, dijo una vez. Sin embargo, cuando el pueblo lo lanzó contra la pared luego del plebiscito, centrinamente adujo que sus subordinados corrieron con colores propios en los trágicos hechos de torturas, asesinatos y desapariciones. Tiempo después, buscando congraciarse con un pueblo que lo rechazaba, acusó a los dirigentes de partidos de derecha de haberle abandonado, cargando sobre ellos la totalidad de las culpas propias. 

“Se enriquecieron durante el gobierno de mi papá y ahora lo atacan”, exclamó muy suelta de cuerpo su hija Jacqueline reconociendo con ello lo que el viejo dictador negaba en público. En actitud centrina típica, se escandaliza ahora con los casos de corrupción sin hacer comentarios respecto de la parafernalia economicista que caracterizó su administración, ya que en ella muchos empresarios adictos a su régimen se apropiaron casi gratuitamente de cientos de empresas estatales, lo que ha constituido el mayor robo en la Historia del país. 

Ya fuera de La Moneda, pero siempre al mando del ejército, afirmó sin ambages que su institución respetaba las reglas democráticas, pero no bien el nombre de su hijo saltó a la palestra con el sórdido asunto de los “pinocheques”, ordenó un “ejercicio de coordinación y enlace” que puso en jaque al presidente Aylwin que se encontraba de viaje por Europa. Finalmente, contradiciendo centrinamente sus propias convicciones, no bien se le presentó la posibilidad decidió integrarse a la “cohorte de ladrones y antipatriotas” que él combatió, vilipendió, apaleó, torturó y asesinó durante 17 años….fue senador institucional y con esa vestidura se presentó en el Congreso Nacional. ¡Centrino cara dura hasta la muerte! Es, en suma, el mejor representante del centrinaje. 

2.- Patricio Aylwin Azócar, ex Presidente de la República, bien puede ser catalogado como el “faraón del centrinaje político” en el siglo XX. No ha existido altercado, contubernio ni rastrojo político en el cual no haya estado presente. A nombre de la democracia institucional y representativa, el señor Aylwin ha cometido cuanta tropelía “legal” pueda encontrarse en los anales de la historia política de los últimos treinta y cinco años.

El año 1970, luego del triunfo electoral de Allende, fue uno de los gestores del “Estatuto de Garantías” medio por el cual su partido ( la Democracia Cristiana) negoció los votos de sus parlamentarios en el Congreso para dirimir la elección del doctor socialista con su competidor derechista Alessandri.

Como buen “centrino”, también de origen “cauquenino” como el otro, argumentó que “lo hacía en defensa de la democracia”, aunque la verdad desnuda era más bien “una bofetada a los miembros de la derecha por haber negado apoyo a Frei Montalva durante su gobierno y al PDC en la campaña presidencial”. Decía lo que no pensaba y hacía lo que no decía.

Fue uno de los pioneros en arrimarse a los cuarteles para empujar a los militares hacia un golpe de estado y negarse al acuerdo con Allende que propiciaba el cardenal Silva Henríquez, lo que habría evitado el baño de sangre y la brutalidad hipócrita que cayó sobre el país. Pero claro -centrino al fin y al cabo- primero y durante un mes simuló negociar para salvar su imagen futura y al mismo tiempo hacer patente el deterioro de la situación política en función le la “salida golpista” que íntimamente propiciaba.

Años después de haberse producido el golpe (al que había coayudado en forma tan sibilina o “asolapada”) inició los ataques verbales contra la dictadura, insuflando aires de democracia a un territorio que la había perdido justamente por la negativa a defenderla propiciada por políticos como él.

Cuando los trabajadores organizados en el Comando Nacional lograron que Pinochet y sus secuaces se subiesen a un helicóptero para abandonar un Santiago encendido y alterado, el faraón del centrinaje ‘Surgió desde las sombras para formar parte del equipo de políticos que arrinconó a los dirigentes sindicales demócrata cristianos en la reunión de Punta de Tralca (litoral de la V Región). obligándoles a entregar las riendas del magnífico movimiento de protesta a la llamada Alianza Democrática, organización parida entre “gallos y media noche” cuyo único objetivo era birlarle a los Bustos, Seguel. Mujica, Flores, Ríos y otros, el “poder de la calle” y negociar, POLITICA y “CENTRINAMENTE”, con el  flamante Ministro del Interior de la dictadura, Sergio Onofre Jarpa Reyes, un prócer de raíces políticas naci-ibañistas-populistas-pratistas y por añadidura “huasas” de San Javier.

Ascendido a la Presidencia de la República, borró con el codo lo escrito con su mano al afirmar que “procuraría justicia en la medida de lo posible”, echando agua sobre las brasas que comenzaban a consumir las podredumbres sitas en algunos cuarteles, salvando el acuerdo alcanzado “puertas adentro” con los representantes pinochetistas a los que asistió en octubre de 1988 (una vez que el “pueblo concertacionista” fue mandado “a paseo” a las pocas horas del triunfo del NO del 5 de octubre de 1988).

“Centrinos” como Aylwin pavimentaron –indirectamente- los patios de fusilamientos y llenaron de gasolina el estanque del helicóptero “Puma”; permitieron una sobrevida política a los responsables civiles de la masacre (léase UDIs y RN’s), defraudaron completamente a quienes escucharon sus peroratas demagógicas, esculpieron la democracia según sus intereses coyunturales y hoy alzan los brazos para recibir ovaciones populares de otros “centrinos” como él, entre quienes se encuentran también distinguidos miembros de partidos ex-izquierdistas – ahora renovados y convertidos a la nueva fe “neoliberal” – que demuestran cuán poco les importan los miles de muertos y los millones de decepcionados…total, pertenecen al pueblo, al mismo pueblo que de una u otra manera sobrevivió a las masacres conducidas por Almagro, Pizarro, Valdivia y Hurtado de Mendoza. 

3.- El “Centrinaje” puede ser observado nítidamente en la conducta chilena respecto de la fe y la iglesia. “Vicios privados y virtudes públicas” es la norma.

Ser católico en este país, resulta más un evento social que un acto de fe. A la iglesia se asiste los domingos por convenciones y conveniencias sociales y no por amor real a la palabra del “hijo del Carpintero”. Se predica moral con el “marrueco abierto”. No por nada este país es la nación que posee mayor número de moteles pér-cápita e hijos nacidos fuera del matrimonio de Sud- América. “Mientras no se vea ni se sepa, no hay pecado”, parecen decir por estas latitudes.

En mi pueblo natal (Curicó), muy pocos tenían buena impresión de militares y sacerdotes allá por la década de 1960, sin embargo, en actitud “centrina” típica, mis familiares y los amigos de mis familiares me aconsejaban lo siguiente (tomar nota):

“Si quieres pasar una vida cómoda, sin sobresaltos y sin deslomarte trabajando por poca plata, si deseas que todo el país te tribute respeto y temor, si quieres que te regalen la ropa, la casa y la comida… entonces, métete a cura o milico”.

Pensamiento real de los centrinos, que abominan de esas dos especies sociales cuando se reúnen con sus pares, pero empujan a sus vástagos para formar parte de tales “salidas” económicas Los masones y “come curas” centrinos casándose por la Iglesia, colocando las hijas en los “mejores colegios de monjitas” posibles o pidiendo la visita del cura antes de morirse son ya “un clásico”.

Un centrino llamado Beta, escucha a Alfa descuerar a Gama, y le apoya en sus opiniones. Luego, corre donde Gama para acusar y descuerar a Alfa. Posteriormente, se encuentra con Epsilon y masacra verbal mente a Alfa ya Gama, a quienes relata más tarde cómo los criticó el tal Epsilon.

Un centrino verdadero jamás posee opinión propia… ni le interesa tenerla, pues sólo está motivado por contar con la posibilidad de trabajar poco y ganar mucho.

Pregunte usted algo -que implique expresar algún grado de opinión propia sobre lo que sea- a cualquier “centrino” y en el 95% de los casos recibirá una respuesta “einsteniana” de fórmula que lo salva de pronunciarse derechamente: ES RELATIVO…dirá.

Esperanzado eternamente en tal azar positivo el “centrino” presta oídos atentos a las verborreas demagógicas de los políticos de la zona. No sería raro que muchos de los antiguos opositores al régimen de Pinochet, votaran mansamente por el hijo mayor del dictador si este se presentara como candidato al Congreso, siempre que el vástago del dictador les prometiera maravillas y apareciera contando con el apoyo de algunos  “caballeros poderosos” y de “El Mercurio”.

Un centrino sólo va a los extremos del país como turista, jamás como habitante ya que ello significa esfuerzo y tenacidad.

Todos los centrinos supieron de la aguda tragedia sufrida por los familiares de los detenidos desaparecidos – y el 95% se hizo “el de las chacras “simulando” no haber sabido nunca nada”- pero después cuando ya no era arriesgado hacerlo utilizaron el tema en su oposición al Capitán General, pero no bien regresaron los civiles al control del Estado dieron vuelta la espalda a las peticiones de alguna justicia en serio.

Fue un “clásico” la posición al respecto del ex Presidente Eduardo Frei Ruiz Tagle, que sólo recibió a las dirigentes de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos casi al término de sus seis años, y ya con Pinochet “a buen recaudo” en Londres, para escucharlas por breves minutos “sin casi abrir la boca”.

Cuando alguien dice lo que piensa y lo expresa asertivamente, es calificado inmediatamente de “loco”, “extraño”, “conflictivo”, “peligroso” o “desatinado” aunque todos los que así lo catalogan piensen íntima mente lo mismo.

La diferencia reside en que para un centrino “jamás hay que decir a otro lo que se piensa, sino que se debe expresar sólo lo que el otro desea escuchar”.

Entre los centrinos no puede haber secretos, ya que quien cuenta a otro un secreto, se hace esclavo de aquel. Es una de las máximas del “centrinaje”: No confiar en nadie, ni siquiera en sí mismo porque mañana -si la conveniencia lo señala- se puede llegar a pensar lo contrario.

LOS “CENTRINOS” …Y… BUENO… Y TODO…

¿Ha escuchado a los chilenos de Santiago, Rancagua o Talca, referirse objetivamente a espectáculos, películas, libros, obras de teatro o eventos que presenten temáticas controvertidas? Es común escucharles despotricar, casi con lamentaciones, contra tales cuestiones y solicitar a la autoridad que “haga algo para evitar que tamañas suciedades sigan circulando libremente en kioscos, canales de televisión y radios”.

Pero esos mismos detractores, defensores de la moral victoriana, apenas abordan un avión rumbo al trópico o a Europa, lo primero que preocupa su interés es agenciarse los sitios donde se hallan los “sex shops”, los cines triple equis, los “barrios rojos”, la comunidad “gay”, los casinos de juego y en su tiempo las “conejitas”. Si se encuentran en La Habana, susurran en el oído del guía turístico solicitándole sus buenos oficios para que consiga “alguna cubanita que pueda subir a la habitación en el hotel”, y mientras más jovencita sea la habanera, mejor.

Hay un viejo chiste que caracteriza plenamente a las “chilenas centrinas”, y que deseo compartir. Un chiste vale más que mil explicaciones.

¿En qué se diferencian una argentina y una francesa de una chilena (centrina, ob-

vio ) cuando han hecho el amor con un aman te ocasional?

La argentina se levanta de la cama, mira a su pareja, sonríe, enciende un cigarrillo y le dice: “te portaste bien pibe… es posible que te permita repetirlo este fin de semana”. La francesa le dice a su amante: “excelente noche, querido; pero debo irme porque estoy justo a tiempo para llegar a la oficina. ¿Puedo llamarte el viernes?”. ¿Y la chilena centrina?: deja la cama y cubre su cuerpo con un cobertor camino al baño; en el vano de la puerta esconde la mitad de su anatomía y mirando consternada a su amante, le dice: “por favor, no se lo cuentes a nadie, ¿ya?”

REFLEXIONES FINALES

Quizás sea producto de un “inquilinaje mental” que aún no termina, o del aislamiento de siglos que nos alejó de las grandes corrientes de pensamiento, tal vez se deba al accionar de la Iglesia Católica, que ha dominado las mentes de civiles y militares durante 500 años, pero lo concreto es que el centro del país dio cobijo a una entelequia que hemos bautizado como “centrinaje” y que se expresa en actitudes diarias proclives al servilismo, la falsía y la incoherencia.

Preocupa que tales características ensucien los espíritus de quienes moran en los extremos del país, ya que si algo puede ser rescatado del gobierno dictatorial es el intento de regionalización, elemento que bien implementado podría salvar el honor de los chilenos. Desgraciadamente, el centro de la nación —representado por Santiago- continúa con la batuta en la mano dirigiendo esta filarmónica que todavía no puede afinar sus instrumentos.

Es notorio, por cierto, que los perfiles racistas de los conciudadanos del centro del país extiendan sus ramas al norte y al sur, donde los chilenos de esas latitudes conviven con habitantes de países vecinos sin rencores ni traumas.

Molesta escuchar a muchos centrinos referirse a la calidad de “indígenas” y “negritos” de nuestros hermanos del Perú o de Bolivia, así como extraña oírles declamar sobre la superioridad racial chilena si uno sabe (y ellos también) que en Europa somos calificados como “sudacas” y en Suecia —es sólo un ejemplo al pasar- algunos compatriotas han sufrido verdaderas palizas propinadas por “cabezas rubias”, y otros han sido engañados, explotados y timados graciosamente en España.

Esa anuencia racista “centrina”, se aplica también a los chilenos que moran y laboran en los extremos del territorio, a quienes se les considera “pampinos hediondos”, “sureños o chilotes brutos” o “personajes de ficción”, mofándose de sus costumbres a la vez que se soslaya el titánico esfuerzo realizado por nortinos y sureños para levantar económicamente la nación con sudor y trabajo silencioso.

Si usted vive en Santiago, trasládese a una Región y experimente la magnífica sensación de sentirse privilegiado habitante de un territorio hermoso jalonado de pampas desérticas y minerales, de ríos zigzagueantes, valles espléndidos, cordilleras feraces y nevadas, lagos cristalinos, fiordos inacabables, islas legendarias y conozca, en vivo y en piel, la calidad humana de quienes habitan esos lugares. Volverá a la capital del “centrinaje” seguro de haber vivido antes una existencia vaga, errada y ajena a su propia conciencia. Descubrirá, al fin, que ha estado sometido a las voluntades de personas dependientes de intereses ajenos a la nacionalidad y a la humanidad.

Entonces, al igual que yo, preparará sus bártulos para trasladarse definitivamente al norte o al sur y gritará a los cuatro vientos:

“Delendas Santiago, salvemos a Chile del centrinaje”.