El casi nuevo presidente de Colombia

En estas elecciones se escogió a Petro como candidato del Polo Democrático Alternativo (PDA) y a Pardo por el Partido Liberal.

Entre todos los candidatos reunieron escasos 2 millones de votos, en una jornada que le costó 28 millones de dólares al presupuesto nacional, destinada a crear la ilusión colectiva, que a ambos los eligieron las bases de sus partidos.

Como en todo el mundo la democracia representativa se reduce a calculadas operaciones de manipulación de electores indecisos, es apenas sano intentar develar aquí, uno a uno los trucos con que&nbsp maquillan el recambio y lo hacen pasar como un cambio real.

La primera ilusión

La justificación para tan lánguida votación, la encuentran en que al tratarse de consultas “internas” de los partidos, votaron solamente los militantes, lo cual es totalmente falso dado que para escoger el candidato del PDA, podía votar cualquier colombiano, así no estuviera inscrito en ese Partido.

Lo que significa que por Petro votaron tanto militantes del PDA, como otros que pueden considerarse votantes de opinión.

Debe recordarse que el tope más alto de votos logrado por el PDA, es de&nbsp 2 millones 600 mil; que equivalen a 5 veces más que los obtenidos el pasado 27 de septiembre.

La falacia siguiente

Los medios comerciales de comunicación hacia la opinión filtran a su manera el debate interno del PDA, dicen que Petro quiere citar ya una consulta inter- partidista, que escoja un candidato de coalición, para sacar a Uribe y a sus seguidores del Palacio presidencial de Bogotá.

Lo que no informan es que por acuerdo interno de ese Partido, su candidato presidencial debe mantenerse hasta la primera vuelta de elección y para una segunda, sí debe plantear una coalición con otras fuerzas opositoras de Uribe.

Con esta omisión logran estigmatizar a los contradictores de Petro, como enemigos de las alianzas y lo que es peor, encubren su maniobra de pretender “cambiar las reglas del juego en la mitad del partido”.

La controversia no es de método

A primera vista parece que el debate fuera de forma, pero la esencia de la contradicción reside en si un dirigente acata o no a la colectividad política que dice representar.

Ambas posiciones enfrentadas esgrimen numerosos argumentos referidos a la llamada democracia representativa, pero de nuevo la controversia corre el riesgo de limitarse a formalidades, porque el fondo del problema es otro.

La tercera falacia esta en encerrar el debate en esos términos, cuando el alma del asunto en cuestión, es con cual Programa gobernaría el candidato, en caso de ganar la presidencia de Colombia.

¿Cambio o recambio?

La cuarta fantasía que ya deambula por la opinión nacional e internacional, es que el pasado 27 se eligió a los candidatos presidenciales del cambio, dado que los representantes del continuismo no hicieron uso de esta consulta.

El trío SARNO (Santos, Arias, Nohemí) no concurrió a estas elecciones, porque al ser los repuestos de Uribe, este es quien designa a uno u otro como candidato, no el pueblo.

Para despejar dudas, es mejor que al cambio y al continuismo los determinen preguntas elementales, como ¿cambiar qué? y ¿cuánto cambiar?

La espiral de la crisis nacional

Para detener y desbaratar la maquinaria que mantiene la crisis nacional en metástasis constante, hay que desentrañar los resortes que la mueven.

Dos círculos viciosos retroalimentan la crisis, el primero articula al régimen neoliberal que para sostenerse, demanda de una espiral ascendente de terror de Estado; mientras el otro se compone de la sumisión a intereses extranjeros –sobre todo a los de Estados Unidos- nutrida por la corrupción, plagas interdependientes entre sí y que crecen a ritmo igual.

Las respuestas a qué cambiar y cuánto, se halla en la voluntad política que tengan los partidos y sus candidatos, para enfrentar la descomunal crisis que agobia a la nación colombiana.

Transformaciones de raíz

Proponer cambios que no afecten a todos los resortes de la crisis nacional, debería llamarse más bien un recambio.

Si se hacen propuestas de forma y no de fondo, para tan críticos problemas, en vez de un cambio, estaríamos ante un maquillaje.

Se alega que un presidente apenas gobierna 4 años y que por ello su obra no alcanza a afectar al motor de la crisis nacional, pero para eso son los Programas de transformaciones de los partidos, para marcar procesos largos de cambio, que detengan la degradación de la crisis y construyan soluciones, contando con la participación protagónica de las mayorías nacionales.

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