El carácter machista de la represión en el mundo árabe

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El pasado 15 de junio conocíamos el suicidio de Sara Hegazi. Vivía en el exilio, en Canadá, desde que fuera arrestada y torturada por las autoridades egipcias por levantar la bandera del arcoíris durante un concierto de Mashura’ Leila en El Cairo. Esa misma semana en Gaza Um Yaber, una luchadora y figura nacional de casi 90 años, era golpeada por las fuerzas de Hamas.

Impactante sin duda es el suicidio de Sara Hegazi la activista comunista egipcia, pero lo que llamó la atención fue su identidad sexual más que sus opiniones políticas y su lucha contra el régimen militar que no dejó el poder en Egipto. Sara había estado, como lo está mucha gente en el mundo árabe con diferentes orientaciones sexuales e identidades de género, bajo persecución, estigmatización y represión. En principio la represión en los países árabes pesa sobre toda la gente independientemente de sus orientaciones sexuales e identidades de género, pero es más aguda cuando la persona dice ‘no’. La oposición política o filosófica no es la única forma de decir no, la exposición de una orientación sexual que no sea la heterosexual es también una forma de decir ‘no’. El ‘no’ se vuelve exponencial cuando la oposición filosófica y política sale de una persona LGTBIQ como lo era Sara Hegazi. Se proclamó atea, comunista y lesbiana.

El falogocentrismo a lo árabe, o el machismo como cemento del régimen déspota

Como en todas las dictaduras, los regímenes árabes fomentan un modelo o un molde único para todo; un líder único (en masculino), una religión dominante única, una única serie de ‘costumbre y tradiciones’, una única autoridad, un único mercado, una única moral…etc. Todo debe ser uniforme a pesar de la falsa apariencia de pluralidad. En esta escena dominada y obsesionada por mantener todo dentro de la misma regla, no cabe sitio para voces que llaman a la justicia social y el reparto justo de la riqueza, ni para voces que abogan por las libertades de fe y de opinión. Tampoco para las voces LGTBIQ.

El discurso y la actitud prevalentes en las ‘repúblicas’ y las monarquías árabes son machistas por excelencia. Se hace elogio de la ‘hombría’ del presidente o el rey, de la ‘hombría’ del ejército y los servicios de seguridad en la lucha contra el terrorismo y la protección de la patria. La autoridad ejecutiva prima sobre la judicial y la legislativa por hecho consumado. Los aparatos del Estado, los partidos políticos, la producción artística, las leyes, el sistema educativo, las predicaciones en las mezquitas, el lenguaje y el contenido de los medios de comunicación enseñan la ‘virilidad’ como valor, no como característica biológica, enseñan la ‘masculinidad’ como victoria física y moral, no como característica de un tipo de varones. En este discurso, las mujeres existen solo como requerimiento de la ‘hombría’. Cualquier otro tipo de virilidad, masculinidad o identidad está condenada al peor castigo.

Sara era una mujer joven que rechazó asumir el papel que el régimen quiso que ella y todas las mujeres asumiesen. Pagó un precio doble por chocar con los dictámenes del régimen y por ser mujer. Sara era un ejemplo de muchas mujeres que no conocemos y que padecen más que el resto de la población. Por lo tanto, es tenaz sostener que la represión en el mundo árabe –probablemente en todo el mundo- tiene una dimensión machista.

Estar bajo ocupación no exenta de la represión machista

También por ser mujer que rechaza la sumisión en un contexto de represión compuesta Handuma Wishah, que roza los 90 años, sufrió la represión machista; machista y compuesta. Handuma o ‘Um Yaber’ -la madre de Yaber- como suele ser llamada por respeto, es conocida como “la madre de los prisioneros árabes”. A lo largo de los años 60, 70 y 80 muchos árabes se unieron en las filas de las facciones de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) para participar en la lucha armada contra Israel. Muchos de ellos cayeron cautivos y no podían recibir visitas de sus familiares. ‘Um Yaber’, cuyo hijo mayor ‘Yaber’ estaba también prisionero, se encargaba de traer ropa, mantas, comida y libros para todos ellos. Sus visitas a las cárceles israelíes eran viajes infernales debido al maltrato y el cinismo de los carceleros israelíes.

El pasado 20 de junio la policía de Hamas, que controla la Franja de Gaza, le golpeó junto a su hija, hijos y otras personas durante una protesta. Hamas quería derrumbar un garaje de la familia Wishah dentro del campo de refugiados Al-Bureiy en el centro de la franja de Gaza, para ampliar una calle que lleva a la casa de un cabecilla local del movimiento islamista. No es la primera vez que Hamas utiliza la violencia contra la población palestina de la franja de Gaza y contra mujeres en particular. En marzo de 2019 la franja de Gaza tuvo una semana de manifestaciones contra la corrupción de Hamas que reprimió las manifestaciones con fuerza. Tres mil personas fueron detenidas y torturadas en sus campos de entrenamiento, supuestamente ‘entrenamiento’ para luchar contra Israel. Las mujeres que grababan la represión desde sus ventanas fueron atacadas y pegadas dentro de sus casas por la policía de Hamas. En la ‘norma’ del movimiento islamista, las mujeres, si no aceptan ser sumisas, serán blanco de violencia.

La represión machista no viene solo del Estado

Con todo, vemos cómo las sociedades árabes se levantaron contra la represión política, pero no contra el resto de tipos de represión ejercidos por los regímenes árabes.

Una mirada crítica al contenido árabe en las redes sociales indica que la reacción de la mayoría de hombres y mujeres al suicidio de Sara Hegazi es medieval, independientemente del nivel académico o clase social. Eso no significa la ausencia de una defensa racional; sí que la hay, pero su peso es inferior. Las diatribas contrarias se concentraban sobre su orientación sexual, su ateísmo, su suicidio (considerado pecado en la versión dominante del islam).

La mayor parte de la gente con formación académica argumentaba que cada individuo “es libre de hacer lo que quiera, pero es inapropiado imponer la bandera del arcoíris en lugares públicos porque es apología de la depravación”.

La mejor respuesta a este torcido argumento fue una publicación del escritor palestino Mayd Kaial que dijo:

“A las personas supuestamente ‘sensatas’ que dicen ‘no’ a la imposición de la presencia homosexual en la sociedad: cariños, ¡os estáis duchando con testosterona!… Todo lo que hacéis grita: ¡soy hombre heterosexual!… Todo lo nuestro: nuestras fotos de perfiles, nuestra ropa, nuestras palabras, nuestra educación, nuestro trabajo, nuestras casas, nuestros libros, nuestras comidas, nuestras peleas ruidosas, nuestras conspiraciones malignas, nuestros baladros cuando Ronaldo marca un gol dicen ‘¡soy machote, deséame!’. ¡A pesar de todo eso, ¿os molesta la presencia de la bandera del arcoíris en el espacio público?!”.

Un cierto oscurantismo existe todavía porque los levantamientos que conocen los países árabes, llamados impertinentemente ‘primavera árabe’, no son una revolución. Una revolución debe tener una consciencia revolucionaria porque sin ideas revolucionarias nacidas en la realidad no se puede ir hacia adelante.

Bajar a la calle sin conciencia de clase, sin convicción de las libertades individuales y sin un modo de pensar racional está condenada al caos y a la fortificación de los regímenes represivos. Está claro que el machismo es un carácter intrínseco de la represión. La lucha contra el machismo es imprescindible e inseparable de toda lucha o activismo.

Fuente: Arainfo

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