El capitalismo no da más ¡Socialismo o barbarie!

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Las cadenas de TV y de radio por su lado entre una que otra crítica y denuncia impulsan verdaderas campañas para restablecer la imagen de personajes, instituciones y del sistema. Se ha generalizado la idea de que las cosas no van a ser iguales después de esta pandemia. Eso es seguro. Pero las perspectivas evidentemente no son las mismas para las distintas clases sociales.

Este artículo tiene por objeto suscitar una reflexión sobre los cambios de fondo que necesita la humanidad, las disyuntivas a las que se verá enfrentada y quienes y de qué manera deben ser los protagonistas.

 

El capitalismo al desnudo

Cuando inició la pandemia la gran preocupación de gobernantes y funcionarios era impedir la propagación del virus para que los sistemas de salud no colapsaran. Pasados los días, el sistema colapsó en muchos países y en el resto del planeta va por el mismo camino. Ni siquiera los países más poderosos como el del imperialismo norteamericano pudieron evitarlo. Trump exhibe su poderío militar contra un país devastado, poderío inversamente proporcional a su miseria científica, y moral.

Quedó al desnudo que, a pesar de las medidas sanitarias, un sistema basado en el derecho privado y no en la salud pública no es capaz de resistir un resfriado masivo, mucho menos una pandemia de las características de la actual. El sistema de salud colapsó no porque ningún sistema sea capaz de soportar una pandemia, sino porque desde la década del 90 privatizaron la salud y los servicios en todo el mundo. Quedó claro que a los negociantes de la salud no les preocupan ni los insumos, ni la dotación de hospitales, ni la investigación científica, ni las condiciones laborales y los riesgos del personal de la salud, mucho menos la salud de la población. A todo empresario lo único que le preocupa es que su inversión produzca ganancia y la salud de calidad para el pueblo, no la produce. Acabaron con la red pública de hospitales, recortaron al máximo los salarios y prestaciones de médicos, enfermeras y en general del personal de la salud, como lo hicieron con el conjunto de los trabajadores. Las formulas médicas las convirtieron en un listado corto de medicamentos baratos, los exámenes diagnósticos se los entregaron a empresarios privados que cuentan con una que otra máquina de última tecnología y cobra a los servicios de salud de los trabajadores sumas fabulosas, las consultas con especialistas se convirtieron en un lujo. Es evidente que a los dueños del sistema no les preocupa salvar pacientes, sino facturar por cliente.

Apoyamos al personal de la salud que ha respondido a la campaña demagógica que los ubica como los héroes del momento, diciendo que no necesitan calificativos grandiosos sino bioseguridad, dotación, insumos, salarios dignos, jornadas humanas y más personal.

Pero también quedó evidente la vulnerabilidad del sistema carcelario. Frente a la rebelión de los presos por las condiciones infrahumanas en las que están, a la cual se suma el temor de que, por esa razón, un contagio producirá una cadena infernal en la que miles morirán, el gobierno respondió con una dura represión en la que cayeron asesinados 23 de ellos. El argumento para justificar esta masacre fue el de que se trató de frustrar un plan de fuga. Soluciones hasta el momento ninguna, discursos y debates muchos.

En Ecuador colapsó el “sistema funerario”. Los empresarios de la rama no estaban preparados para tanto muerto y ante el riesgo de contagio se negaron a acudir al llamado de la gente para que sacaran a sus familiares, que el colapso del sistema de salud dejó morir en sus casas. Hoy cajas de cartón son usadas para enterrar a los muertos.

Se disparó también en el mundo la violencia de todo tipo hacia las mujeres y los niños. En Colombia llegó un punto en que los feminicidios igualaron a los muertos por coronavirus. Las llamadas de auxilio se triplicaron mientras las casas de abrigo se cerraron por la cuarentena.

 

La verdadera preocupación de los empresarios: que no colapse su economía

Muchos presidentes comenzando por Trump, Bolsonaro y López Obrador lo han dicho de frente y directo: la economía no puede parar. Realmente lo que les preocupa es que las ganancias se bajen y la cadena de explotación se detenga. Ahora sí reconocen la dinámica recesiva de la economía mundial, pero no como un componente orgánico del sistema capitalista, sino que se la atribuyen a la contingencia de la pandemia. ¿La solución? Despedir trabajadores, suspender contratos de trabajo, bajar los salarios y repartir miserables limosnas para los más pobres. Son tan cínicos que los medios de difusión presentaron como ejemplo a seguir a 5.000 trabajadores de Avianca que “aceptaron” suspender sus contratos para evitar la quiebra de sus “pobres” dueños. Evidentemente muchos trabajadores creen que si los ricos no dan trabajo ellos no pueden sobrevivir. Más adelante explicaremos la verdad que se esconde detrás de esta ilusión. Arturo Calle, fue presentado por la TV como ejemplo de caridad cristiana porque ofreció mantener el salario de sus trabajadores durante la cuarentena a pesar del cierre de su fábrica y almacenes de ropa. Ante el anuncio de su extensión hasta finales de abril incluso más allá, optó por convertirse en vocero de un sector de empresarios para pedir al gobierno exención de impuestos, o postergación de su pago y un plan de “alivios”, mientras mira para otro lado ante la medida del gobierno de dar un “alivio” de 40 dólares $160.000 a tres millones de familias pobres. ¡Qué cinismo! ¡Eso es una limosna! Lo presentan como la gran ayuda porque piensan que para “los muertos de hambre” eso es suficiente. Hay indignación nacional ante la denuncia de serios indicios de que desde el mismo gobierno se ampara una cadena de robo de estos recursos, mientras que para los ricos las exenciones de impuestos del Plan Nacional de Desarrollo que este gobierno les otorgó no son suficientes pues ellos están acostumbrados a vivir muy bien. Pagar el salario de los trabajadores no es ningún favor es simplemente un derecho y una obligación para compensar las décadas de explotación de su mano de obra. Ni que hablar del voraz sector financiero para el que toda crisis es una oportunidad de engrosar sus arcas. El gobierno de Duque ya les ofreció una fuerte cantidad para blindarlos y de hecho están dizque entre los servicios básicos, así que siguen funcionando como si nada. Está claro que a los capitalistas les importa más el capital que la salud de la gente.

Un tumor canceroso en el corazón del capitalismo

Dicen que en las crisis sale lo mejor y lo peor de la condición humana. Cierto. Los capitalistas están mostrando su verdadera esencia y los horrores de su sistema putrefacto. Lo peor de lo que ha salido a la luz como un fantasma, es la enorme y trágica desigualdad social. Las estadísticas frías del DANE, la ONU, la OIT, se llenaron de nombres y apellidos de hombres, mujeres y niños que desafiando las medidas sanitarias de cuarentena se han volcado a las calles porque no tienen en donde pernoctar o porque si no trabajan en lo que sea no tienen que dar de comer a sus hijos cada día, o porque a pesar de tener un trabajo por horas por días o por semanas, sino trabajan no comen, o porque los empresarios los obligan a ir a trabajar, así no sean de servicios y ramas productivas básicas, porque de lo contrario los echan.

Más de la mitad de la población mundial vivía de un salario según datos de la OIT, en 2015. En 2018 de la población activa el sector informal subió al 60%. En Colombia para el último trimestre del 2019 la informalidad llegó al 46,7% equivalente a 5,62 millones contra 6,41 millones de trabajadores formales. En estos últimos se incluyen trabajadores con contratos temporales, por semanas, por horas y por días, por prestación de servicios, es decir los trabajadores precarizados y tercerizados que son hoy la mayoría de esos más de 6 millones. Si los datos son ciertos, quiere decir que de estos 12 millones de trabajadores dependen sus familias, y si calculamos tres personas por familia tenemos la cifra de 36 millones de los 49 de la población total. La inmensa mayoría depende de un salario diario o mensual que si no llega no come, sumemos el 13% de desempleados con que comenzó el 2020 y los pensionados que aún mantienen a sus familias. Colombia es el segundo país más desigual de América latina y el séptimo en el mundo.

Según OXFAM, el 82% del dinero que se generó en el mundo en 2017 fue al 1% más rico de la población global y apenas en 2018 42 personas tenían tanto dinero como la mitad más pobre. Sencillamente inaceptable. Esto es una injusticia colosal.

No se necesita ser adivino para saber quiénes vamos a pagar el desastre de la combinación de la pandemia con la recesión de la economía mundial. Y es muy sencillo porque la concentración de la riqueza está en proporción de 1 a 99. No es cierto que la pandemia nos ataca a todos por igual. Evidentemente en el terreno biológico cualquiera puede contraer el virus, pero no cualquiera puede salvarse. En el Noticiero de la noche de Caracol entrevistaron al exministro de defensa del Gobierno de Samper, Fernando Botero, quien vive en los Estados Unidos y se recuperó del virus. Expresó su agradecimiento porque la atención que tuvo fue oportuna y eficiente. No podemos decir lo mismo de los trabajadores y pensionados que han muerto, sabemos por canales directos, que su atención no fue oportuna y por eso cuando los llevan a la UCI, si es que los llevan, ya el virus ha hecho un mal irreversible. La burguesía además de la atención inmediata, tiene centros especiales, gozan de buena salud y defensas porque están bien alimentados y viven en ambientes inmejorables desde el punto de vista sanitario, así que tienen más chance de sobrevivir que los trabajadores y los pobres.

 

Extirpar el tumor o el cáncer nos mata

Es muy difícil pronosticar con exactitud la dinámica de los acontecimientos, pero si podemos ver algunas de las variantes más probables. Este ejercicio no debe ser asunto de especialistas, sino parte del día a día de los trabajadores y sus organizaciones. En varios países la pandemia se salió de control y se cuentan por miles los muertos, lo más sano desde el punto de vista de salud pública es reforzar las medidas de aislamiento social pues la realidad sobre el contagio parece ser mucho peor de lo que los gobernantes han dicho. Al momento de escribir este artículo van 94. 457 muertos en el mundo. La tasa de mortalidad estimada hace menos de un mes en el 3,4 ha subido al 6,08 global. Lo más seguro es que, por todas las condiciones objetivas que describimos, el colapso del sistema de salud lo sigamos pagando los trabajadores y los pobres. Esta no es la tercera guerra mundial pero esta combinación de recesión de la economía con la pandemia puede llevar a que esa desigualdad social se aumente a niveles increíbles y los muertos a cientos de miles, porque los capitalistas van a defender sus privilegios por encima de todo. De hecho, la cuarentena obligatoria está siendo utilizada para dar facultades extraordinarias al poder ejecutivo e incrementar medidas bastante represivas, como toques de queda, y militarización de ciudades y carreteras. Muchos gobiernos como el de Duque, Bolsonaro, Piñera, etc. venía recurriendo a la respuesta represiva violenta contra las movilizaciones anteriores a la pandemia, acudiendo incluso, como en Colombia y Chile a organizaciones paramilitares para amenazar y asesinar a dirigentes sociales. En nuestro país esto viene desde hace más de 20 años. De manera recurrente los gobiernos judicializan la protesta social y golpean de manera silenciosa y soterrada la resistencia obrera en las fábricas y sitios de trabajo. Es decir, ya venía por parte de la burguesía un endurecimiento cada vez mayor de los regímenes políticos como una respuesta cada vez más dura a la creciente protesta social. El aislamiento social necesario les viene como anillo al dedo, para intentar desmontar los procesos de ascenso de las luchas. De hecho, Donald Trump ha aprovechado la pandemia y el dolor de su pueblo que hoy es el más altamente contaminado, para desplegar el aparato militar amenazando a Venezuela y a toda América Latina, cosa que no había podido hacer antes. Pero el aumento de las penalidades que ya estamos viviendo por parte de los trabajadores y los pobres, atiza la necesidad de organizarse y luchar, pues está en juego nuestra sobrevivencia y la del planeta. Veníamos de un proceso de luchas prácticamente en todos los continentes contra esta profunda desigualdad social y contra la privatización de los sistemas de salud. Es muy probable que por la pandemia, el aislamiento se convierta solo en un alto en el camino y una vez volvamos a las calles tengamos que retomar la lucha con más fuerza y más decisión porque además sus efectos van a ser devastadores.

Lo cierto es que las contradicciones de clase se van a tensar al máximo, a eso es a lo que denominamos polarización, que no es otra cosa que las clases sociales antagónicas enfrentadas en una lucha cada vez más aguda en la que se pone al orden del día quien gana: si los trabajadores y sus aliados o la burguesía y los suyos, o como plantea Marx en el Manifiesto comunista: “ ..lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna”.

Estas palabras de Trotsky, el revolucionario ruso que junto con Lenin y el partido bolchevique llevaron al poder a la clase obrera en 1917, se llenan de actualidad y pertinencia.

“La sociedad humana es el resultado histórico de la lucha por la existencia y de la seguridad del mantenimiento de las generaciones. El carácter de la sociedad está determinado por el carácter de su economía; el carácter de su economía está determinado por el de sus medios de producción. A cada gran época del desarrollo de las fuerzas productivas corresponde un régimen social definido. Hasta ahora cada régimen social ha asegurado enormes ventajas a la clase dominante.

De lo dicho resulta evidente que los regímenes sociales no son eternos. Nacen históricamente y se convierten en obstáculos al progreso ulterior. “Todo lo que nace es digno de perecer” (conferencia pronunciada por León Trotsky el 27 de noviembre de 1932 en Copenhague).

Esta es la reflexión que la humanidad hoy tiene que hacer. El sistema, el régimen capitalista se ha convertido en un obstáculo absoluto para el progreso de la humanidad, solo una ínfima minoría se beneficia de la riqueza social producida por la sociedad. Estamos ante la disyuntiva de acabar con la cadena histórica de regímenes que solo benefician a las clases dominantes y construir una sociedad justa y equitativa en la que como decía Rosa Luxemburgo, seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres, o de lo contrario esta minoría que detenta el poder y la fuerza de las armas nos va a conducir a la barbarie, porque estas fabulosas fortunas han sido amasadas y lo seguirán siendo a costa de acabar con las selvas, con los recursos naturales, de seguir contaminado el aire y las aguas. Cada día que pasa llevan a más millones de trabajadores explotados y oprimidos a la miseria. Esta clase burguesa e imperialista no está capacitada moralmente para regir los destinos del planeta.

 

Hay que tenerle miedo al capitalismo no al socialismo

El concepto de socialismo ha sido estigmatizado por los defensores del capitalismo. Ha sido deformado por el estalinismo y los partidos comunistas, que terminaron restaurando el capitalismo en los países en donde los trabajadores expropiaron los medios de producción y comenzaron a construir el socialismo. Y ahora más recientemente desacreditado por sectores del nacionalismo burgués o sectores reformistas de la clase media, cuya propuesta de socialismo del siglo XXI es en realidad capitalismo untado de reformitas insignificantes y subsidios miserables, haciéndose llamar socialistas. La verdad es que no hay hoy en el mundo ningún país socialista aunque funjan serlo. El sistema dominante en el mundo es el capitalismo dentro del cual por supuesto hay contradicciones entre las distintas alas burguesas, porque que hay unos que producen el plusvalor o valor de más, que son los sectores productivos y hay otros como el comercial que se queda con una tajada del valor obtenido en el proceso de producción de mercancías o, peor aún el capital especulativo. Hay diferencias también entre países. Los que más desarrollaron las fuerzas productivas, son los países imperialistas que lograron a finales del siglo XIX y comienzos del XX fundir en las mismas manos el capital industrial y el bancario dando origen a lo que conocemos como capital financiero. Las contradicciones se dan esencialmente por cómo se reparten la riqueza mundial. En esa disputa los capitalistas han llevado a la humanidad a dos guerras mundiales. En la segunda murieron entre 70 y 83 millones y en la primera de 10 a 31 millones entre civiles y militares (Wikipedia). La destrucción y la muerte que provocaron epidemias las cuales causaron la muerte de otros tantos miles. De manera que esta es la verdadera esencia del capitalismo. El fascismo, el régimen político más extremo de la era imperialista, cobró en su ascenso al poder la vida de miles de trabajadores en Italia, Alemania España y otros países de Europa. Los capitalistas no temen matar, su aparato represivo es entrenado para eso con el argumento de la “defensa de la patria”. Para no ir tan lejos miremos en la historia reciente de Colombia y las guerras e invasiones impulsadas por los “democráticos” Estados Unidos y sus aliados. A esto es a lo que hay que temer y lo que tenemos que derrotar los trabajadores. En la revolución socialista rusa de 1917 por el contrario durante la insurrección de octubre del proletariado, los campesinos y soldados el derramamiento de sangre fue mínimo, porque eran la inmensa mayoría del pueblo organizado y en armas. Los muertos vinieron después cuando 14 ejércitos aliados atacaron al naciente estado soviético para derrotar la revolución y vino la guerra civil, el enfrentamiento entre la revolución triunfante y la contrarrevolución.

En mi modesta opinión, la Rusia capitalista de hoy, China y Cuba también capitalistas, han manejado mejor la pandemia porque heredaron del periodo socialista y de la revolución sistemas de salud construidos sobre principios diferentes y no los han destruido aun totalmente.

Muchos trabajadores no creen que la clase obrera sea capaz de construir una sociedad totalmente opuesta a la actual. No conciben que no haya un patrón que les de trabajo o creen que ellos, los empresarios, son los que generan la riqueza. Esto no es así. Los que generan la riqueza son los obreros industriales, el proletariado agrícola que produce alimentos. Los trabajadores que han hecho huelgas han probado quién es el que realmente produce. Su fuerza de trabajo es la que transforma las materias primas en mercancías y en ese proceso de transformación agregan valor. El capitalista le paga un salario que no equivale nunca al valor de venta de las mercancías que produjo. Su fábrica y sus materias primas sin el trabajo de los obreros no sirven para nada. De tal manera que le roba al trabajador parte de su trabajo. Eso es lo que produce la ganancia y aumenta el capital. Por eso la clase obrera es la llamada a dirigir el cambio, a organizar a las clases oprimidas y explotados para hacer la revolución. No necesitamos a los parásitos que viven a costa de nuestro trabajo. Pongamos bajo nuestro control los medios de producción y planifiquemos la economía de acuerdo a las necesidades de la población, sobre esta base construyamos la alimentación, la salud, la educación, la vivienda, el cuidado de los hijos, el cuidado del planeta y la racionalización del uso de los recursos naturales, usemos la ciencia y la tecnología para enfrentar y eliminar enfermedades y pandemias, restauremos el equilibrio natural del planeta. Estas son las bases de una sociedad socialista, esto no puede producir temor sino esperanza.

 

Necesitamos un partido propio, un partido independiente

En la juventud trabajadora hay mucha desconfianza con los partidos y tiene sentido porque los que conocen o son defensores de la burguesía y su sistema y si no lo son, lo que proponen son medidas tibias que rápidamente se quedan sin piso. Tienen desconfianza también porque los que se dicen de izquierda, imponen una disciplina ciega hacia los dirigentes. Es necesario entender, que ningún cambio social profundo se ha logrado en la historia sin una clara dirección y ese ha sido el papel de los partidos revolucionarios como el bolchevique. Si bien la lucha puede explotar de manera espontánea su continuidad necesita una dirección y un plan con objetivos. Esta necesidad es la que exige la construcción de un partido, pero un partido de trabajadores propio, independiente de capitalistas y de los sectores de la pequeña burguesía que solo proponen reformas. Un partido que logre organizar a los sectores más explotados y oprimidos bajo sus banderas, que consiga además arrastrar tras de sí a los sectores más bajos de la pequeña burguesía y las clases medias. En los momentos decisivos de la lucha esta es una pelea central. La clase media y pequeña burguesía es muy voluble, hoy puede estar con la clase obrera si esta le da seguridad, pero mañana se puede ir con la burguesía. Tenemos que saber que estas clases son decisorias porque si no las gana la revolución serán la base fundamental de los movimientos fascistas, que si llegan al poder destruirán todo atisbo de democracia al tiempo que se ensañarán con la clase obrera y sus organizaciones sean estas revolucionarias o reformistas. Ninguna clase privilegiada renuncia a sus privilegios por las buenas. Preparémonos para la lucha y la revolución. ¡El socialismo es una necesidad!

 

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