El camión de la basura

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Por José Luis Merino

Durante mi estancia en Londres el verano de 1980, unos amigos británicos me indicaron la posibilidad de entrevistar a dos hombres de la escena, como eran el autor teatral Samuel Beckett y el mismo francés Marcel Marceau. Se sabía que andaban por aquellos días en la ciudad de la niebla. Tuve suerte a medias. Encontré al mimo francés, y lo entrevisté, pero me fue imposible dar con el escritor irlandés. Solo queda como testimonio el intento de buscarlo. En caso de haberlo encontrado, mi actitud preguntadora no hubiera diferido de la de Beckett cuando habla con Georges Duthuit de dos pintores abstractos (Pierre Tal Coat y Bran van Velde) y un surrealista (André Masson). Las preguntas de Beckett son arrugadas y secas como las hojas de otoño en Hyde Park (toda pregunta nace con vocación de alejarse de los convencionalismos).

A falta del deseado encuentro con el minimalista y nihilista escritor dublinés, hablaré de su desarraigo por todo y por todos. Vivía dentro de un extraño mundo de ficción. Trató de ignorar lo cercano y lo visible. Para él la absurdidad de la Nada era más real que la Nada misma. Su imaginación vagó en silencio por los contenedores de basura. Escuchaba en ellos parlamentos residuales de comida inacabada, cascos de botellas alcohólicas, hilachas filiformes de verduras, horripilantes muñecas sin brazos, pan mordisqueado, entre otras minucias silenciosas.

Esas inmundicias esperaban a Godot, cuando las luces de neón llevan varias horas despiertas. Sin pausa ni demora, Godot llega todos los días, conduciendo el camión de la basura, pese al pronóstico dudoso del propio Beckett.

La trilogía novelística, Molloy, Malone muere y El Innombrable, procede en gestación de unas palabras confesionales suyas: “Todo empezó cuando tomé conciencia de mi propia estupidez”.

De esa manera, escribe de acuerdo con lo que sentía. Nada del exterior le interesaba, salvo lo que pudiera hociquear en el hondón de su inteligente estupidez. Las palabras por él emitidas son clavos herrumbrosos donde se cuelgan las ideas en silencio.

En relación con su poesía, la mayor parte de sus poemas son como voces entre paréntesis de acotaciones de teatro. El lector espera más de esa poesía. El lector lee con atención, pero nada le sorprende y emociona. El lector puso los ojos en ella y no se enteró de nada, e incluso se llevará alguna sorpresa cuando en más de un verso faltan letras de algunas palabras: U a jo   n qu   a rr st a yr s el   u a o     .

Es posible que las ratas del vertedero se hayan comido varias letras y hasta alguna palabra entera.

[En 1969, a Samuel Beckett se le concedió el Premio Nobel de Literatura. Marcel Proust, Franz Kafka y James Joyce, tal vez los tres mejores escritores del siglo XX, no recibieron tal galardón]

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