Publicado en: 20 octubre, 2015

El cambio está en las calles: los Objetivos del Desarrollo Sostenible

Por erecior

Tras los Objetivos del Milenio, parcialmente cumplidos, nacen los Objetivos del Desarrollo Sostenible, ¿qué son? ¿en qué consisten? ¿a dónde nos llevan?

La Real Academia Española define sostenible como “Dicho de un proceso que puede mantenerse por sí mismo, como lo hace, p. ej., un desarrollo económico sin ayuda exterior ni merma de los recursos existentes”. Entonces, desde las Naciones Unidas, lo que genuinamente se pretende es conseguir un desarrollo que una vez establecido se mantenga por sí mismo. Una pretensión ambiciosa y que requiere de mucho esfuerzo y trabajo por parte de todos. Y, por eso, para comenzar esta reflexión voy a acudir al refranero español: “No les demos los peces, enseñémosles a pescar”. Mi pregunta inicial es ¿qué porcentaje de personas a las que afecta una de esas situaciones de los que se habla en los ODS (Objetivos Del Desarrollo Sostenible)  conocerá esos objetivos? Probablemente un bajo porcentaje. Las razones, entre otras, pueden ser la falta de información por la brecha digital entre los países en vías de desarrollo y aquellos que ya lo están, y la falta de voluntad de aquellos que sí saben cómo cambiar la pésima situación de estos millones de personas, pero que no les conviene cambiarlos.

El primer objetivo consiste en erradicar la pobreza en todas sus formas en el mundo, y acabar con su versión extrema, es decir, que nadie en el mundo viva con menos de 1,25 dólares al día en 2030. El secretario general de la ONU, el surcoreano Ban Ki-moon, tiene un sueldo de 158.600 euros brutos al año, más 16.000 euros en dietas y complementos. Las cifras del periódico ElEconomista señalan que un funcionario de la ONU puede cobrar entre 70.000 y 300.000 euros, dependiendo del destino y del rango. Hay, aproximadamente, 40.000 trabajadores en esta organización. Por lo tanto, hablar de pobreza desde esa posición es, cuanto menos, hipócrita. La ONU aparentemente quiere acabar con la pobreza en el mundo; sin embargo,  sigue fomentando y apoyando un sistema neoliberal, capitalista y heteropatriarcal que genera desigualdades económicas, políticas y sociales.

En este sentido, la crítica hecha por Immanuel  Wallerstein en su teoría de los sistemas-mundo establece la causa del problema en el sistema económico, que desemboca en la creación de las naciones centro y las naciones periféricas, siendo las primeras las que ejercen el control de los bienes mientras que son las de la periferia las dueñas geográficas de estos recursos. Por lo cual, hasta que no deje de existir un intercambio tan desigual entre los explotados y los explotadores será imposible que deje de existir pobreza en el mundo, ya que, el sistema imperialista actual conlleva a estas desigualdades. Es por esto que creo que los Objetivos del Milenio o los Objetivos del Desarrollo Sostenible luchan contra las consecuencias de una mala estructura de sistema, y no contra las causas reales del problema, que es el sistema en sí.

Para que un cambio posible tenga lugar, tenemos que estar todos concienciados, los países desarrollados y los que no; y por supuesto, los grandes poderes. Al parecer, este es el gran problema. La mayoría de nuestros gobernantes intentan imponer un sistema de comunicación unidireccional, en el que sólo se traten temas occidentales, y los verdaderos problemas que achacan hoy al mundo, como puede ser el hambre, la pobreza o la ausencia de derechos humanos en estos países, sólo ocupan un 3´5% en nuestros medios. Vemos, además, que en los medios de los países que sufren estas penurias, estos temas también son escasos, ya que su agenda está más influenciada por el mundo occidental que por el suyo propio. Y como decía el Ministro de Guyana: “una Nación cuyos medios de comunicación están dominados por el extranjero, no es una Nación”.

A pesar de toda la crítica, los ODS podrían ser una versión mejorada de los ODM, aunque estos fueran más concisos y precisaran de más datos cuantitativos, ya que los ODM se desarrollan más extensamente y se desglosan en 169 metas, mientras que los ODS sólo en 19. Esto tiene detractores y defensores. La idea de esclarecer unos objetivos a conseguir en un período de tiempo relativamente corto resulta superficialmente positiva, pero ¿y si el hecho de que existan estos objetivos hace a la población sentirse más relajada al respecto y delegar sus funciones como ciudadano en los altos cargos que son los que “pueden cambiar el mundo”? En sus análisis, Wallerstein piensa que “aunque el futuro será totalmente impredecible, estará marcado por la intervención humana, de cada uno de nosotros, por nuestros pequeños aportes”.  Por esto, la actuación de cada uno de los ciudadanos es imprescindible, y ninguno debe dar por hecho que son otros los que van a transformar el mundo.

Para concluir el pequeño ensayo, me gustaría nombrar a Noam Chomsky, filósofo y activista político, y a su teoría sobre la Democracia, ya que según él existen dos posibles definiciones del término.  La primera de ellas es la definición establecida, pero que realmente se ha convertido en una utopía: “la población dispone libremente de recursos para participar en la gestión de su vida personal y los medios de información son libres e imparciales”. Sin embargo, la segunda es la que, según Chomsky, está vigente en nuestro sistema actual, una democracia es aquella forma de gobierno en la que “la gente no debe hacerse cargo de sus propios asuntos y los medios de información deben estar absolutamente controlados”.

Todo esto lo explica utilizando a Estados Unidos como ejemplo, ¿qué mejor ejemplo que EEUU? Un lugar donde al nacer se inculca el famoso sueño americano y unos valores patrióticos inquebrantables. Y nos cuenta Chomsky que como, normalmente, la población es pacifista, el gobierno debe implantar el miedo en la sociedad, debe crear un “monstruo” al que temer, ya sean los rusos o Sadam Husein. Un objetivo para distraer la atención de los problemas que afligen al país. Para explicar esto, recurre a la teoría de La Democracia del Espectador, de Lippmann, que describe un pueblo totalmente sumiso, controlado por un grupo selecto que piensa por él, y que dirige al rebaño desconcertado porque éste no puede hacerlo por sí mismo.  Pero este grupo selecto, para diferenciarse de un estado totalitario, permite al rebaño participar en política alguna vez que otra, dejándoles elegir quién va a ser su líder. Esta teoría tiene su base en la idea de que la gente es demasiado estúpida y que si se les permite participar más de la cuenta, sólo ocasionará problemas.

Pero el cambio está en las calles. Y de esta manera, los que tienen el poder quieren perpetuarse, quieren hacer al pueblo que “desde arriba” se están haciendo cargo de encontrar soluciones, de llevar a cabo unos objetivos. Así, consiguen perpetuarse en el poder, y las reglas del juego no cambian: los estados centrales siguen controlando los recursos y los beneficios, mientras que los periféricos siguen sin desarrollarse, sin saber cómo desarrollarse y sin tener la posibilidad de controlar sus propias vidas.

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