El cadáver del padre. A propósito de un debate sobre la revolución y la vanguardia.

Reproducimos un artículo de AFS titulado Los hilos de la revolución y la vanguardia (El País, 23-05-1982) . Era una reseña de la primera edición  El cadáver del padre, la obra de Ángel García Pintado (Akal, Madrid, 1982), obra ahora  reeditada por los Libros de la Frontera con algunos ajustes y con un prólogo de Jaime Pastor.  Esta recuperación viene a cuento por que el hecho de que uno de los debates más apasionantes y participativos de la Universidad de Verano de IA-Revolta Global, tuvo lugar en el taller sobre las vanguardias que animó Marc Casanovas, responsable de un ensayo que está en trance de aparecer en la colección Crítica alternativa. Como no podía ser menos, en el debate se hizo referencia a El cadáver del padre, obra  que a principios de los años ochenta abordó con el mismo nervio este mismo debate. Un debate necesario que requiere de numerosos calzadores para que sea introducido en esos hilos en el que las vanguardias artísticas y la revolución se confunden, y que resulta inexcusable introducir desde lecturas y actividades como las reseñadas. Desde este punto de mira, creemos importante abogar por el libro de García Pintado que se agotó en la librería de la Universidad pero que se puede encontrar en librerías.

La guerra y la pereza aisla­ron a España de las grandes polémicas de este siglo. No hace falta conocer ordenadamente la historia para descubrir esta ausencia. Si buscamos nombres -españoles en­tre los que jalonan estos grandes debates, encontraremos que hay tan pocos que su escasez es por sí sola un veredicto. Cuarenta y tan­tos años al margen de duelos de ideas nos han convertido en pobla­dores poco apacibles de un campo-santo. Los muertos silenciados nos increpan y piden la palabra. .

El debate sobre Ia vanguardia y la revolución, abierto a finales del siglo XIX  -cuando. Alfred Jarry descubrió lo que Aristófanes, los moralistas de la legua en la Edad Media y Shakespeare entre otros se sabían al dedillo: la capacidad transgresora de formas de un actor encaramado sobre un escenario— se ha ramificado a lo largo de la historia última de Europa, pero sin contaminar a España, por supues­to, pero sí a algunos españoles con vísceras irónicas. Uno de  ellos se llama Ángel García Pintado, es pe­riodista, escribe teatro, no suele es­tar de acuerdo, y acaba de publicar un libro donde lo dice.

El libro se titula El cadáver del padre y es una apasionada discusión: con una discusión, un debate con un debate. García Pintado va a una  de las fuentes —los escándalos de los futuristas— para desembocar donde sus escaramuzas terminaron, en el volcán del debate sobre cultura y estética en la revolución soviética, mientras fue una cosa y otra, es decir, antes de que el seminarista georgiano Josip Stalin apagara la brasa con su mangarriega  de horticultor y mandara plantar calabacines sobre las         ideas.

Es un libro  apasionado y apasionante Se salta de una zancada el silencio del cementerio vertical y anuda los hilos cortados del fin de un tiempo que está por nacer. Un tiempo en el que esta vieja polémica renace,  porque sus contendientes-vanguardia y revolu­ción-  pueden dormir, pero no morir, al menos mientras los hombres sigan siendo animales que nacen pequeñitos y tengan pelos, ays, ohes, y todavía, como dijo un poeta que estuvo metido hasta e! cuello en el fregado que ahora despierta García Pintado. No ha hecho, y ha hecho bien, un tratado Ángel Gar­cía Pintado. Su historia, lo que ha pasado, se da orden de disciplina a lo que es ya objeto. Pero se hace tumulto con lo que existe tumul­tuosamente. El aspecto disperso y caótico del libro, que probable­mente le ha salido a su autor más del instinto de pelea y de supervi­vencia que del prurito de conoci­miento, es en realidad un inevita­ble ajuste de la forma al fondo, o si se quiere, de la piel a la carne. Es el libro de un creador, no de un eru­dito. García Pintado usa la excelente información de que dispone no tanto para reproducir las cosas como para producirlas.

El debate sobre revolución y vanguardia no es sólo un asunto de las biografías de Maiakovski Bretón, Apollinaire, Trotsky, Artaud o Tzara. Es todavía una encrucijada abierta en la parte más incapturable de la identidad del presente, que obviamente es el fu­turo, la expectativa, lo que da inte­ligibilidad a un arco tensado. Ahí es donde, a mi juicio, hay que bus­car la forma y el valor de este libro; hace falta coraje para escribirlo; hay, de otra manera, que ser de la estirpe de los pobladores de aquel volcán que apagó Stalin, para sa­car la cerilla y dirigirla a la tea. En rigor, se trata de un libro, además de incendiario, nostálgico, lo que acentúa la paradoja de su mirada hacía adelante. Es lógico que lo haya escrito un dramaturgo y es­pañol.

García Pintado conserva tan in­tacta su capacidad de indignación que sus ajustes de cuentas con los aguadores estalinistas tiene autén­ticas proporciones de bronce. Má­ximo Gorkí -—»¿Qué hacías en la Revolución, Alejo Maximovich?»— y Gyorgy Lukács» —»‘El evangelio según San Lukács»—, entre oíros apagafuegos, reciben lo suyo.

Y la zurra a estos santones no es posible sólo porque García Pinta­do ame y hable desde la vanguar­dia, lo que le da facilidades icono­clastas, sino también porque odia desde ella, y la razón de la víctima es siempre superior a la del ver­dugo.

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