El Cáucaso sigue en alerta un año después de la guerra

Cinco días de guerra abierta, cientos o miles de muertos (según la fuente), saqueos, expulsión de civiles de sus hogares y una nueva división del mundo en bloques estancos, sin intentar analizar las numerosas aristas de un complejísimo conflicto.

Un año después, regresan las cámaras, llegan trabajadores rusos a mostrar las labores de reconstrucción (que, sin embargo, dejan claro lo poco que se ha hecho) y se vuelven a escuchar tambores de guerra y acusaciones cruzadas de tiroteos nocturnos. Todos coinciden en que es improbable otra contienda bélica, pero hace un año tampoco creía nadie que pudiera estallar una guerra y así sucedió.

Por eso, los incidentes de estos días han encendido todas las alarmas. Las patrullas de la Unión Europea han pedido refuerzos. Osetia del Sur acusa a Georgia de lanzar morteros contra la capital y algunos pueblos, algo que niega Tbilissi, mientras denuncia el movimiento de los mojones para integrar un pueblo georgiano en Osetia del Sur. Las tropas rusas quitaron los mojones al día siguiente, pero Georgia sigue protestando por la toma del distrito de Akhalgori. Aunque fue parte de la región de Osetia del Sur durante la Unión Soviética, la mayoría de la población es georgiana y ha estado bajo control de Tbilissi durante estos años.

Al drama humano por la expulsión de miles de georgianos (aunque muchos han regresado), se une la preocupación por la cercanía de la capital: los tanques rusos de Akhalgori están ya a menos de una hora de Tbilissi. Y sabiendo que prácticamente cada hogar esconde un arsenal de armas, la chispa puede estallar en cualquier momento.

Tsjinvali nunca ha sido una ciudad hermosa, pero tenía algún que otro parque con cafés en algunos puntos de la avenida Stalin. «Solíamos pasear por las tardes en nuestra maravillosa ciudad, pero ya no resulta agradable», asegura la ministra de Comunicación y portavoz del Gobierno de Osetia del Sur, Irina Gagloyeva. Admite el malestar de los ciudadanos de su país, independiente de facto aunque sólo reconocido por Rusia y Nicaragua (sólo testimonialmente, ya que no tiene el refrendo del Parlamento), que ven cómo siguen destruidos muchos de sus hogares. «Es increíble que alguien pueda vivir en estas condiciones en el siglo XXI», reconoce Gagloyeva, pero niega las acusaciones de corrupción, aunque admite que la población está muy enfadada.

Entre los hogares destruidos y los restos del bombardeo y la metralla luce un cartel de agradecimiento a Rusia, y otro que reza «por siempre juntos». La devoción por el gran hermano eslavo es total. Durante siglos los osetios han sido la punta de lanza de la conquista rusa del Cáucaso, lo que les ha granjeado la animadversión de las naciones vecinas. Una lealtad que les ha permitido salir victoriosos y conformar su propio territorio a costa de expulsar a miles de ciudadanos, especialmente georgianos e ingushes. Y de paso, el imperialismo ruso ha conseguido que las tres grandes familias caucásicas (georgianos al sur de las montañas, checheno-ingushes al noreste y circasianos al noroeste) estén divididas por un pueblo indoeuro- peo de origen iranio como es el oseto.

Desde la principal avenida Stalin de Tsjinvali llegamos hasta la panificadora, una de las pocas fábricas que funcionan en Osetia del Sur. Cada rincón del país esconde una pequeña gran hazaña bélica, y no podía ser menos el recuerdo de la factoría de pan que surtió de alimentos a toda la población en el peor de los momento que muchos recuerdan. Aunque las versiones sobre los pasos que condujeron a la guerra difieren según las fuentes, aquí nadie olvida que el 7 de agosto de 2008 se acostaron con la tranquilidad que proporcionaban las palabras de Mijaíl Saakashvili asegurando que no atacaría y que al día siguiente iniciaría las negociaciones. La madrugada del 8 toda la población civil que quedaba en la ciudad (muchos se habían marchado a Rusia) se refugiaba a toda prisa en los sótanos mientras escuchaban cómo entraban los tanques georgianos. Nadie niega estos hechos, ni que a las pocas horas los tanques rusos cruzaran el túnel de Roki para llegar a Tsjinvali.

Versiones del ataque

El matiz está en si Rusia respondió al ataque inicial georgiano para proteger a la población (a la que interesadamente había otorgado la ciudadanía rusa para así tener la excusa de defenderla), tal y como afirma la versión de Moscú, o si Georgia se vio abocada a actuar en vista de la inminente invasión rusa, como Mijail Saakashvili ha repetido durante estos días.

Detrás de la panificadora está el barrio de Shanhai, entrada de Tsjinvali desde la carretera occidental. Unos pocos tejados azules son la única muestra de reconstrucción de una zona totalmente arrasada. Ahí está Raisa Gagieva bajo la parras de uvas de su casa. No olvida cómo su hijo Nikolai cogió su lanzagranadas y el subfusil cuando un vecino bajó al sótano en el que estaban escondidos. «Nos dijo que se estaban acercando y Nikolai se preparó para disparar. Le dijimos que no lo hiciera, que nos escucharían y nos matarían a todos, así que salió al jardín para unirse al resto de milicianos que defendían el barrio. Lo mataron en cuanto dio unos pasos en el jardín y se quedó tirado dos días mientras duraban los combates, hasta que pudimos recuperar su cuerpo y enterrarlo».

En una aldea a las afueras de Tsjinvali, Tamara Burjanadze también lleva luto por su hijo. El nombre delata su origen georgiano. Tamara forma una de las numerosas familias mixtas de la región. Cuando vieron a los tanques en dirección a la capital (la carretera alternativa que usan los osetios para ir a Rusia pasa por aquí), se escondieron en los sótanos con sus vecinos osetios y al anochecer huyeron al bosque. Al día siguiente supo que uno de sus dos hijos, miliciano independentista, había muerto en la capital. Tamara no quiere diferenciar entre osetios y georgianos, para ella sólo son sus vecinos de siempre. Pero odia a Mijail Saakashvili.

Hoy nadie utiliza la carretera alternativa, la vía principal quedó expedita al ser arrasados los cuatro pueblos georgianos que había entre Tsjinvali y las montañas. El Gobierno surosetio («el régimen de Tsjinvali», según Georgia) niega todas las acusaciones. Asegura que la población fue evacuada antes de la guerra, lo que le da pie para argumentar que los habitantes de estos pueblos eran conocedores del ataque georgiano y, por tanto, como partícipes del «intento de genocidio», no pueden ser considerados refugiados ni tienen derecho a regresar.

Lo cierto es los osetios de a pie muestran con orgullo lo obtenido en el saqueo, especialmente las antenas parabólicas arrancadas de las casas georgianas que lucen en sus balcones y jardines. Tampoco hubo mucho más, algunos muebles y unos pocos aparatos tecnológicos. Lejos de lo que la propaganda prooccidental les hacía creer para convencer a los osetios de que se integraran en el Estado georgiano. Tan pronto como llegaron las tropas rusas, grupos de osetios saquearon hogares de georgianos en busca de enormes televisores de plasma, para convencerse de que sus vecinos expulsados eran tan pobres como ellos mismos.

Tamarasheni, el pueblo georgiano pegado a Tsjinvali, es hoy una sucesión de casas quemadas. A la izquierda de la carretera, sin embargo, se perciben unas grandes obras. Se trata del «distrito Moscú», un barrio completamente nuevo construido por cortesía del alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, en los terrenos utilizados hasta hace un año como viñedos por los georgianos, y hoy allanados por excavadoras. Un paso más en la integración del territorio en el Estado ruso, que casi todo el mundo desea y da por hecho, pero el Estado ruso no lo admite oficialmente para no tener que reconocer la acusación georgiana de que Moscú ocupa un país vecino.

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