El cáliz y la espada

Estremece pensar que ahora mismo, mientras yo redacto o usted se anima a leer esta columna, miles de mujeres, millones si pensamos a nivel mundial, estarán sufriendo alguna forma de violencia de manos de varones con los que, en casi todos los casos, mantienen lazos de convivencia.

Horroriza pensar que muchas de estas mujeres perderán la vida como consecuencia de esa violencia. Azotadas por una pandemia infinitamente más grave que cualquier emergencia sanitaria, afectadas por una guerra más sangrienta que ninguna otra guerra, las mujeres, muchas mujeres, malviven y malmueren en medio de pesadillas cotidianas que nada tienen que ver con esas historias que contamos a nuestras hijas sobre princesas dormidas y príncipes que las despiertan con un beso de amor.

Y así, resulta que el mismo día en que en Madrid se casaban Felipe de Borbón y Letizia Ortiz, colectivos de mujeres se reunían en Vigo (con motivo de la Marcha Mundial de las Mujeres) y en Bilbao (en conmemoración del Día Internacional de las Mujeres contra la Guerra) para gritar no a la violencia y a la pobreza de género. Son cosas que pasan. Sin proponérselo (no se trataba de provocar la coincidencia, de «contrabodas» ni nada por el estilo), pero el hecho es que, para las mujeres, la realidad es la que es, y ante el telón de fondo de esa realidad hay Bodas Reales que resultan, cuando menos, tan irreales como un cuento de hadas pasado por el turmix de la factoría Disney. Para las mujeres el mundo real se asemeja más al bosque oscuro de los lobos feroces que al salón luminoso de los príncipes azules.

No hace mucho un responsable episcopal declaraba, sin duda preocupado por estos hechos, que «detrás de bastantes casos de violencia hay parejas separadas y divorciadas, de manera que la separación y el divorcio no parecen solucionar el problema de los malos tratos». Puede ser cierto, pero no es menos cierto que detrás de todas las parejas separadas y divorciadas hay personas que han contraído matrimonio civil o religioso, por lo cual, según la misma lógica, habría que concluir que el matrimonio no parece solucionar el problema de los malos tratos. La verdad es que no resulta sencillo acordar un diagnóstico que nos permita fijar las causas de la violencia que sufren las mujeres de manos de los varones. Lo que tengo claro es que hablar de «violencia doméstica» es un error de concepto que encubre la auténtica dimensión del problema. Doméstica sólo en la medida en que el escenario de la misma es el hogar, la violencia contra las mujeres es un fenómeno esencialmente único, ya t enga lugar en el seno del hogar o en el campo de batalla. Cantaba Serrat:

«Resulta bochornoso verlos fanfarronear a ver quién es el que la tiene más grande». Se refería a aquellos coleccionistas de arsenales que se arman hasta los dientes en el nombre de la paz, pero la analogía sexual-militar no puede ser más oportuna.

Recuerdo, a este respecto, haber leído hace años el libro de la antropóloga Riane Eisler titulado El cáliz y la espada, en el que describe el vuelco cultural producido alrededor del siglo V a.C., al término del cual pasamos de unas sociedades en las que la capacidad de dar vida (identificada por el cáliz) era el valor preponderan-te, a otras en las que ese valor dominante lo fue constituyendo el poder de quitar la vida (la espada).

Tal cambio cultural está en la base de cambios igualmente radicales en el papel de la mujer en la sociedad, sometidas a partir de entonces a un modelo organización social en el cual el dominio masculino, la violencia y una estructura social jerárquica y autoritaria serán la norma. El problema no es el hombre como sexo, sino un sistema social donde el poder de la espada se ha idealizado. En el marco de este sistema la violencia contra las mujeres no es, en absoluto, contracultural. Al contrario: la mujer se vuelve necesariamente reposo o trofeo para el guerrero.

En fin. Como decía, estremece pensar en lo que millones de mujeres sufren cada día y no ser capaces de acertar con una causa y una solución. Tan sólo alcanzo a contemplar la propuesta de una sociedad que, recuperada de miles de años del dominio de la espada, vuelva a celebrar el poder de la creatividad y el amor. Probablemente decir esto sea decir tanto que les parecerá demasiado poco. Si así fuera, algo habremos avanzado.

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