El bloqueo a la sede del gobierno continúa en Beirut

La del jueves fue una de esas noches tensas en Beirut. Al caer la noche, pequeñas caravanas de jóvenes falangistas (cristianos partidarios del asesinado Gemayel) recorrían el distrito musulmán de Hamra coreando himnos y o­ndeando sus banderas blancas en un adolescente ejercicio de   provocación, teniendo en cuenta que apenas unas horas antes el jeque Nasrallah, líder de Hezbollah había convocado finalmente la gran marcha sobre el centro de la ciudad que todo el mundo esperaba desde hace semanas. El asesinato de Pierre Gemayel pospuso la protesta contra el gobierno. La oposición era consciente de los riesgos de salir a las calles en jornadas tan tensas y emotivas para los partidarios de Suniora, que se sienten prácticamente «cazados» por una mano negra difícilmente identificable y que desde el exterior se considera directamente controlada por Siria. En todo caso, desde que los ministros chiítas decidieron dimitir, el gobierno libanés carece de la legitimidad necesaria para continuar gobernando ya que su propia constitución indica que en él deben estar representadas todas las confesiones del país.

Tanto Hezbollah como el cristiano Movimiento Patriótico del General Aoun reclaman con firmeza la dimisión del gobierno, la creación de un ejecutivo de unidad nacional que reforme la ley electoral y la convocatoria de elecciones. Por el momento Suniora y sus partidarios cristianos, sunitas y drusos no han mostrado el más mínimo signo de debilidad en un conflicto que promete alargarse en el tiempo. Esgrimen su mayoría parlamentaria para mantenerse en el poder. Y la oposición asegura que manifestaciones como la que hemos presenciado el 1 de diciembre en Beirut se repetirán sin pausa hasta lograrlo. En estos momentos, cuando los cientos de miles de manifestantes han regresado a sus hogares, varios miles de personas mantienen bloqueado el palacio de gobierno en Beirut sin fecha límite. Aseguran que no levantarán sus tiendas hasta que el gobierno dimita.

Mediado el viernes, pocas horas antes del inicio de la movilización, se palpaba la tensión en el ambiente. El ejército ha tomado, literalmente, la ciudad Hay soldados en cada esquina del centro de Beirut, y todas las personas consultadas temían que alguna de las organizaciones progubernamentales tratase de reventar las protestas provocando actos violentos. Es necesario recordar que hace tan sólo dos días, la policía detuvo a 9 guardaespaldas de un dirigente falangista próximo al gobierno mientras se entrenaban militarmente para realizar asesinatos.

Desde el exterior se habla de clima de guerra civil. En Beirut es imposible referirse a ese término. Ninguno de los libaneses con los que hablo tiene la más mínima intención de combatir contra sus compatriotas. Ante las insistentes preguntas de los extranjeros, ninguno de los partidarios de la oposición con los que pasamos las horas se muestra partidario tan siquiera de responder a algún tipo de provocación por parte de las fuerzas progubernamentales aunque no las descartan. Tampoco hemos escuchado a ninguno de ellos mencionar la palabra Siria o Irán. Los lemas de la marcha ha sido «por un Líbano unido» y «Suniora, vete ya». Pero el ambiente, una vez comprendido que el servicio de orden garantizado por Hezbollah era efectivo, no podía ser más festivo y cívico al mismo tiempo. Canciones militantes, jóvenes barbudos con walkie talkies, mujeres, familias, niños, bocadillos y latas de refrescos. Lamentablemente, lo que en Europa llamaríamos un ejercicio de civismo y democracia se representa en Líbano como el clima previo a la guerra civil o el ejercicio de la manipulación sirio-iraní.

La presencia militar en las calles genera tensión y sorprende no encontrarse con ningún policía antidisturbios. Si los soldados que patrullan, pertrechados tan sólo de armas de fuego, se viesen en apuros, su única opción sería huir o disparar. Todos somos conscientes de ese «detalle de fino humor» de difícil comprensión. Pero al mismo tiempo, entre tantos cientos de miles de civiles, un servicio de orden impecable y coordinado con el ejército y miles de cámaras grabando a los cientos de miles de personas que piden pacíficamente la dimisión de un gobierno al que no consideran representativo, nos queda bastante claro que si la violencia irrumpe en las calles de Beirut, no será más que un hecho aislado e interesado que sólo beneficiará a quienes desean que este pequeño país no levante cabeza tras años de guerra civil, agresiones israelíes e influencias externas. Una vez más, el diario EL PAÍS miente cuando asegura en su edición que se ha retirado el bloqueo a la sede del gobierno. Son las 00.15 horas del sábado 2 de diciembre y miles de personas acampan rodeando el edificio sin la más mínima intención de abandonar la zona hasta que Suniora se vaya.

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