El Bienestar de Estado

Nunca llueve a gusto de todos, el care drain permite que vengan gente del Sur a ayudar con los cuidados a nuestros padres y el brain drain encontrar trabajo a nuestros hijos fuera. Vengan o se vayan las decisiones individuales de los emigrantes consiguen transferir mucho más dinero a los países y familias pobres que toda la “ayuda” de los países más ricos y las buenas intenciones de las instituciones de lo que queda del Bienestar de Estado.

  A pesar de que algunas migraciones reflejan condiciones económica y políticamente patológicas, en general la migración no es en sí misma patológica, en contra de lo que plantea la coalición antimigratoria. Pueden ser un componente de una sociedad cosmopolita, sana y vital. En particular se trata de un fenómeno que puede ayudar a la clase obrera a escapar de la camisa de fuerza del nacionalismo en la que siempre trata de inmovilizarla la burguesía globalizadora.

     “Deben ustedes aceptar o nuestros productos o nuestra gente”, es el problema de la OMC y la inmigración en pocas palabras. Lo que pretenden las corporaciones transnacionales es domesticar a la gente. Por eso pretenden venderles cosas, para que no rebullan, para que se queden en casa, en su casa, en su país. La domesticación lleva a través de la evolución a animales más mansos, menos propensos a emigrar y vagar, adaptados a grupos y manadas mayores, con pelos más cortos, dientes más pequeños, astas menos peligrosas, con más grasas, cerebros menores y sentidos e instintos menos desarrollados.

    Los que hemos defendido la necesidad de salir de aquí y de venir aquí de unos y otros nos las hemos tenido que oír más que cuando pretendimos matizar sobre drogas o sexo no convencionales. Se nos habla de delincuencia y desarraigo con el mismo paternalismo con el que se nos ponían ejemplos de putas y drogatas. Sin embargo en contra de los deseos e intenciones de quienes los postulan, el “refuerzo de las raíces” provoca más la desintegración de la sociedad de acogida que la integración de los inmigrantes en ella.

  Una vez más “dime a quién detestas y te diré quién eres”: Detestas a los que derrochan o se hacen con más de lo que necesitan o detestas a los que no se han sabido quedar en su casa y han venido hasta aquí a disputarnos lo que teníamos. Odio a los ricos o a los inmigrantes. Izquierda o derecha. Los que  detestan a todo el mundo son un caso aparte, tengo algún buen amigo entre ellos. Los que no detestan a nadie que se lo hagan mirar.

   La Unión Europea ha conseguido que nos convirtamos en emigrantes hasta los que nos hemos quedado en casa. La ampliación de la comunidad económica europea, como la entrada de inmigrantes, debía servir para que los más retrasados se recuperaran in situ y que los más adelantados encontraran nuevos mercados y menores costes para competir internacionalmente. Pero a medida que los números dejan de salir, el efecto redistributorio debe retardarse y hay que pensar más en una integración escalonada que en una integración uniforme. Es decir que los trabajadores clandestinos nos salgan más baratos y los costes de los despidos a su país de origen corran por su cuenta.

   Cuando además de la crisis tenemos que aguantar a tanto rebelde, tanto indignado y tanto emigrante es necesaria más autoridad. Los dos modos de reforzamiento autoritario de las democracias son la excepción (el Estado cambia sus leyes, leyes de excepción, para evitar problemas espinosos ) y el  secreto (para mandar sin réplica es preciso conocer a fondo y evitar ser conocido). Además el Bienestar de Estado alienta la clandestinidad fatua y la excepción masificante. Eso condena a ver la tele donde pasan constantemente películas de los buenos y malos, dentro de poco va a ser recomendable para poder moverse dentro de los parámetros de salud deseables para todos, al menos para todos los que están “en” pero no son “de” este país.

   Una cosa es poder largarse y otra tener que hacerlo. Una anécdota contada por Gide, según la cual él mismo, un día que paseaba con Valéry, expresó que si le impedían escribir se suicidaría. Valéry, impertérrito, le contestó que el haría lo mismo si le obligaran a escribir.

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