El Bicentenario, detrás de las candilejas

En el único pronunciamiento político oficial de la semana de Bicentenario, la Presidenta se empeñó en contrastar el desarrollo social y la autonomía nacional de la actualidad con el vigente cuando se celebró el Centenario. Para decirlo con las palabras de los inspiradores intelectuales del oficialismo, “Carta Abierta”, en 1910 regía “un modelo de país agroexportador incapaz de proyectarse con autonomía del Imperio Británico”. En la misma línea, el desfile histórico del 25 pretendió reivindicar la industrialización del país.

¿Qué película está viendo esta gente? Es cierto que Argentina ya no es una nación agro-exportadora porque hoy se limita a exportar soja y, como consecuencia de esta deformación semi-colonial, a desarrollar el mayor desplobamiento del campo e incluso la desertificación del suelo. Hace cien años existía todavía la expectativa de que una rebelión agraria convirtiera en burguesía a la clase media inmigrante –algo definitivamente imposible en las presentes circunstancias. Es cierto que exportamos autos, pero no se trata de una industria nacional porque su tecnología y el capital son extranjeros. No se trata tampoco de una exportación propiamente dicha, puesto que disfraza una transacción interna de los monopolios internacionales del automóvil con asiento en Argentina y Brasil.

La concentración de la industria es la mayor de la historia, lo mismo que su extranjerización. El desfile del 25 exhibió autos Di Tella y heladeras Siam como testimonio del fracaso de la industrialización nacional. Hasta los celulares de Tierra del Fuego, una iniciativa tardía, son productos del ensamblaje. Las trabas a la importación de productos industriales de las semanas recientes es una demostración irrefutable de la inviabilidad de la industrialización endógena sobre bases capitalistas. Elogiar una industrialización que no es tal equivale a homenajear a Menem o al ‘neoliberalismo’, porque a nadie se le ocurriría que eso hubiera podido ocurrir en el período que llevan los K en el gobierno. La ignorancia de los escribas oficiales supera a su perfidia. Macanear de este modo cuando la crisis mundial está operando una destrucción sin precedentes de las fuerzas productivas, o sea de la industria, y cuando los salarios son reemplazados (no solamente en Argentina) por el Repro, es sencillamente vivir en el limbo.

A lo largo de la 9 de Julio, los stands oficiales evocaron a las provincias como potencias económicas y culturales, cuando la mayoría de ellas se encuentra en la quiebra, y sus recursos están en manos de uno o dos monopolios y la explotación de los trabajadores agrícolas –en el Nordeste y Noroeste– es peor que bajo la República Oligárquica. Otras alegorías daban cuenta de los 30.000 desaparecidos, de la deuda externa o del corralito; ponían el dedo en la herida o funcionaban como una catarsis, pero no denunciaban su persistencia bajo regímenes políticos diferentes, porque el gatillo fácil sigue a sus anchas y el aparato del Estado es nido de Palacios.

Ningún ‘stand’ ejemplificó que la abrumadora mayoría de la legislación e instituciones de la dictadura siguen vigentes, o que la deuda externa nos esclaviza como nunca y que la Presidenta reivindica una ‘vuelta a los mercados’ y el pago de la deuda con reservas, siguiendo la consigna de Avellaneda de “pagar la deuda ahorrando sobre el sudor y la sangre de los argentinos”.

Fuerza Bruta desplegó una conmovedora exhibición del pasado nacional, realzada por su vigor artístico. Pero cuando exhibió el martirio de nuestros soldados en Malvinas, ¿estaba condenando toda guerra nacional o el maltrato, la cobardía y la traición del mando militar, que en aquella ocasión respondía a la dictadura? Cuando con fogosas llamaradas denunció la quema de la Constitución Nacional, ¿a quién estaba condenando: a los golpes militares que recibieron su legitimidad de parte de los partidos y de la Corte, en una suerte de reivindicación del gobierno por decreto de necesidad con carácter indefinido, o a los gobiernos ‘democráticos’ que gobiernan con la legislación que heredaron de los gobiernos militares? La confusión de Fuerza Bruta tuvo el mérito de exhibir la confusión nacional que caracteriza a todas las clases populares. Lo del gobierno y sus opositores es otra cosa: es pura estafa política.

El montaje espectacular del Bicentenario estuvo, de conjunto, vacío de contenido. Fue, en su mayor parte, un ‘shopping’ a cielo abierto. No esquivó el ‘show’, que caracteriza al espectáculo que ‘baja’ del “imperio”, incluso aunque muchos de los que protagonizaron ese ‘show’ son auténticos artistas del pueblo. Fue una celebración despolitizada, a pesar del puterío político entre los figurones del sistema, o precisamente por esto, ya que sirvió aún más a esa despolitización. Se dice que dos millones de personas transitaron por los distintos eventos, y quizás un número parecido se tomó el fin de semana largo. Los ‘gurúes’ se aprestan a discernir ahora a quién favoreció más lo ocurrido, si a los opositores o al oficialismo. Ya hay quienes reivindican las elegantes contorsiones corporales de la Presidenta al paso de las murgas, como una fórmula potable de comunicación oficial. Llamentablemente el candidato para 2011 es su ‘consorte’, que tiene la maleabilidad de una estatua.

El carácter del pos-Bicentenario no lo va a develar el estudio de ‘marketing’ que empezarán a hacer las consultoras, sino la bancarrota capitalista mundial y la disposición de lucha de los trabajadores para que la crisis la paguen los capitalistas, o sea la superación del capitalismo. Lo que nadie remarcó (¡qué curioso!) es que los organizadores de la fiesta se encuentran procesados o tienen a sus ministros, funcionarios y amigos en esa misma situación.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Equipo de Redacción

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS