El «basta ya» estadounidense

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El asesinato del afroestadounidense George Floyd generó una ola de insubordinación popular a lo largo y a lo ancho del país, contra la brutalidad policial y una serie de iniquidades de larga data. Las protestas evidencian la crisis de todo el sistema, no solo del gobierno de Donald Trump, y buscan poner en pie nuevas coaliciones sociales para quebrar los efectos del supremacismo y la fragmentación racial de las clases populares.

Lo más impactante de las inmensas protestas de estos últimos días han sido las grandes reservas de decencia y rebeldía que mostró tener el pueblo estadounidense. Una humanidad fogosa ha florecido a finales de mayo de 2020 y se extiende por junio, en los trabajadores negros, blancos y latinos, las mujeres y la clase media popular que se sublevaron ante la opresión de la elite corporativa y la ruindad moral de los políticos dirigentes del país. Al fin se dio el gesto colectivo que tenía que darse, con la contundencia dramática necesaria, ante la continua agresión existencial propinada por una elite cuya decadencia Donald Trump representa tan fielmente. Pocos negarán que Trump es una de las figuras que mejor ha personificado en la historia moderna, cual showman infernal, la codicia y la indecencia del villano capitalista. Pero su histrionismo de pesadilla no es un show de temporada sino la encarnación demasiado real de la más profunda crisis de legitimidad que ha afectado al aparato de hegemonía estadounidense.

Las protestas evidencian la crisis de todo el sistema, no solo del gobierno de Trump, pues el supremacismo blanco que él asiduamente fomentó en estos años, y que lo hace responsable de la campaña de asesinatos de negros conducida por la policía y elementos paramilitares afines, ha sido parte de procesos que históricamente dieron forma a la nación estadounidense y que hasta el día de hoy continúan siendo refrendados por los dos bandos de la elite que se turnan en el poder: republicanos y demócratas. Esos procesos han sido el saqueo y el exterminio.

Lo dijo bien claro la dirigente negra Tamika Mallory, copresidente nacional de la Marcha de Mujeres, en el discurso electrizante que plasmó el grito de mayo, en respuesta a los usuales plañidos de los medios liberales contra los saqueos que acompañaron las protestas: «Esta es una actividad coordinada a través de la nación. La gente negra está muriendo, es un estado de emergencia», y agregó: «No podemos mirar esto como un incidente aislado. La razón por la cual se queman edificios no es solamente por [el asesinato de] nuestro hermano George Floyd. Se están quemando porque la gente de Minnesota le está diciendo a la gente de Nueva York, a la gente de California, a la gente de Memphis: ¡Basta ya! [Enough is enough!]… No nos hablen de saqueo. Ustedes son los saqueadores. América ha saqueado a los negros, América saqueó a los nativos americanos; al saqueo se dedican ustedes…».

Estas palabras apuntan al corazón del pacto intrarraza que ha consolidado la hegemonía de la elite norteamericana desde el siglo XVIII. En la población blanca se creó una relación de complicidad implícita (y a veces descaradamente explícita) entre la clase dominante y las clases subordinadas en el sentido de que, si bien los blancos de las clases medias populares y trabajadoras serían subordinados y explotados por la elite blanca, siempre se les garantizaría una posición privilegiada a ellos, como blancos, por encima de los sectores racializados, es decir, los indígenas, los negros y otras poblaciones de color.

Estos sujetos racializados no solo serían explotados por los capitalistas blancos, sino también expropiados, es decir, saqueados, despojados, desplazados y exterminados (en el caso de los indígenas) por el conjunto de las clases dominantes y subalternas de la sociedad blanca. Tanto a indios como a negros se los despojó de su mundo y sus cuerpos durante un largo proceso genocida, que en el caso de los indios redundó en el exterminio de incontables naciones nativas, y en el de los negros, en esclavitud, muertes y mutilaciones físicas, culturales y psíquicas sin fin. Los mexicanos conquistados y luego los hispanohablantes y asiáticos migrantes han pasado también por un proceso de expropiación vinculado al pacto supremacista entre los blancos.

Desde el principio del régimen de colonos blancos (white settler regime), se les permitió a estos poseer libremente armas para que mataran y robaran a discreción a indios y negros sometiéndolos a todo tipo de abusos, saqueos y exacciones. Los colonos arrebataban tierras a los indios a punta de fusiles y escopetas y de la misma manera sometían a los negros al trabajo esclavo, luego servil, y también les robaban tierras. Ese es el saqueo al que se refiere Tamika Mallory en su discurso. De ahí viene la adicción a las armas de muchos blancos estadounidenses, especialmente en zonas rurales, que persiste hasta el día de hoy, glorificada como esencia de la «democracia estadounidense».

Así, la supremacía blanca ha sido el mecanismo principal de fragmentación y alienación de las clases trabajadoras estadounidenses, cuya mayoría es blanca, en beneficio de la elite capitalista. Ha habido periodos históricos, como los años que antecedieron a la década de 1930, en que la clase trabajadora blanca se ha desmarcado de la alienación supremacista para acogerse a la solidaridad de clase multirracial, pero la feroz represión anticomunista y el nacionalismo blanco frustraron esos progresos. A ello se ha sumado la garantía a la clase trabajadora blanca (junto a las clases medias) de niveles de ingreso y de consumo inigualados en muchas partes del mundo. Este nacionalismo blanco inveterado es lo que explica por qué Tamika Mallory, en su electrizante alocución, dice que América saqueó a los negros y los indios, como si se refiriera a un país extranjero, pues desde la perspectiva supremacista, América debe ser una nación exclusivamente blanca como se pretende que lo fuera alguna vez. Así es como se interpreta el infame lema «Make America great again» [que Estados Unidos vuelva a ser grande] de Trump, como «Make America white again» [que Estados Unidos vuelva a ser blanco].

¿Quiénes han dicho basta? Obviamente el pueblo negro, y un amplio abanico de sectores populares que incluye una sorprendente cantidad de blancos. Se manifiesta así un sentimiento de opresión compartida, dentro del cual la opresión sobre los negros es sumamente aguda. Como dice Danny Haiphong, la esclavitud del pasado halla su prolongación directa en el complejo penal-industrial en gran medida privatizado que explota el trabajo cautivo de millones de estadounidenses, entre los cuales más de 60% son negros. 75% de los presos por delitos de drogas son negros. Uno de cada ocho hombres negros jóvenes está en prisión. Casi un millón de negros están encarcelados y son privados de derechos fundamentales, como el voto, aun tras la finalización de la condena. La expectativa de vida se reduce en 78% tras cinco años de prisión en Estados Unidos. Por eso la lucha contra el sistema de prisiones, encabezada por la intelectual negra Angela Davis, asume el ideal abolicionista.

Esta situación se relaciona con la sujeción de las grandes mayorías negras a los empleos de peores condiciones y peor paga, amén del servicio casi obligatorio en el llamado ejército del desempleo, que a su vez es explotado por una economía criminal que provee a las clases medias y altas blancas del más alto consumo de drogas en el mundo, y que proporciona cada vez más cautivos, mayoritariamente negros, es decir, más ganancias, a las grandes corporaciones carcelarias privadas. Numerosos activistas han denunciado que las comunidades negras están bajo estado de ocupación militar permanente. El infame Ku Klux Klan ya es innecesario, pues ha sido sustituido por la policía militarizada que está en campaña de cacería de ciudadanos negros, con la anuencia de políticos republicanos y demócratas. Este es el estado de emergencia al que se refiere Tamika Mallory en su vibrante alocución de fines de mayo. Un colega negro me dijo no hace mucho: «Tú no sabes lo que es tener un hijo varón adolescente y temblar cada vez que sale a la calle, temiendo que un policía lo mate o lo mutile así porque sí».

Ahora bien, ¿en qué consiste el inusitado sentimiento de opresión también manifestado por los blancos? Hay muchas ambigüedades en este fenómeno reciente. Involucra a la clase trabajadora blanca y a lo que llamo la clase media popular blanca (integrada por profesionales y proveedores de servicios públicos y privados muy ligados a la primera). Las secuelas destructivas del neoliberalismo han ido despertando la conciencia de clase en estos sectores, pero esta se ha articulado en formas ambiguas, en parte intervenidas por el legado supremacista. Danny Haiphong explica que «el capitalismo tardío ha destripado el contrato social que antes garantizaba que el nivel de vida de todos los blancos estadounidenses estaría por encima de los Estados Unidos negros y de todas las razas de color del mundo»; y añade: «Los trabajadores de todas las etnicidades han perdido mucho terreno económico bajo el capitalismo tardío en Norteamérica, pero los hombres blancos también han ido perdiendo su lugar dominante en el ‘orden de picoteo’ (pecking order) de la jerarquía racial».

Esta frustración ha desviado la incipiente conciencia de clase de esos sujetos hacia un nacionalismo blanco plebeyo de tonos fascistas, que rechaza a las elites blancas liberales como traidoras debido a las políticas de captación del voto de las mujeres, de las personas LGBTI y de las poblaciones de color que estas elites despliegan para ganar elecciones. Los votos de las mujeres, de las personas LGBTI y de las poblaciones de color, así como su fuerza de trabajo y su capacidad de consumo, son cada vez más necesarios para las elites en una demografía en la que la cantidad de hombres blancos va en descenso, toda vez que este grupo padece la más alta tasa de muertes en el país, de proporciones epidémicas (115 muertes diarias), resultantes de sobredosis y suicidios vinculados la adicción a los opiáceos que las grandes corporaciones farmacéuticas les empujan en alianza con los servicios de salud privatizados, lo cual se complementa con una tasa de natalidad comparativamente más baja entre los blancos que en los sectores racializados.

Una amiga joven, de familia blanca trabajadora en Ohio, maestra provisional en una escuela que está por cerrarse, me dijo: «En mi familia hemos perdido nuestro mundo, las casas, todo. Todas las expectativas de los más jóvenes entre nosotros, de tener una profesión segura y remunerada, hijos, familia, casa, han sido liquidadas. Algunos familiares han muerto de sobredosis de opiáceos, supuestamente por accidente. Pero eso no nos ha llevado a alimentar el odio (to nurture hate), como algunos de nuestros conocidos, gracias a Dios». Es lógico que entre esos que «alimentan el odio» haya más hombres blancos entre las edades de 30 a 70 años que de cualquier otro grupo demográfico.

Pero no en todos los casos la conciencia de clase se ha desviado hacia el plebeyismo supremacista, sino que ha plasmado una conciencia solidaria más próxima a la identidad de clase. Las encuestas revelan un aumento sin precedentes en los ciudadanos estadounidenses, entre ellos muchos blancos, que simpatizan con el socialismo, cuya mera idea fue casi erradicada por la represión anticomunista posterior a la década de 1930. La campaña de donaciones directas de ciudadanos particulares más grande en la historia fue la de Bernie Sanders en las primarias presidenciales de 2019-2020, y estuvo presidida en todo momento por un mensaje de revolución y socialismo democráticos. La organización Black Lives Matter [Las vidas negras importan], que suma a su defensa de las vidas negras un programa de justicia e igualdad social para el país, ha estado a la vanguardia de las actividades de mayo de 2020, y estas incluyen también a muchos sanderistas que nunca se desmovilizaron pese a que Sanders tuvo que retirarse de las primarias internas del Partido Demócrata tras no poder sostener su impresionante avance inicial.

El neoliberalismo ha conducido a los estadounidenses a una carrera hacia el abismo. La tendencia a la tasa decreciente de ganancia en la gran industria (no solo la manufactura convencional sino también la alta tecnología) en los países de capitalismo desarrollado ha conllevado que estos exporten sus capitales a lugares donde bajos salarios y costos permiten una mayor ganancia, en especial a China y otros lugares de Asia. Ello ha resultado en una desindustrialización colosal, con la resultante pérdida de empleos bien remunerados en torno de los que se construyó la vida de varias generaciones de millones de trabajadores que alcanzaron un nivel de ingresos que los mimetizaba con la clase media. Pero el nivel de vida de grandes franjas de la población estadounidense se ha desplomado. Es algo visible, que ha cambiado incluso el paisaje.

Las zonas más afectadas conforman lo que se llama el Cinturón del Óxido (Rust Belt). Un viaje en auto permite ver interminables instalaciones desiertas, literalmente oxidadas, poblados y sectores urbanos desolados, desangelados. Basta darse una vuelta por Detroit para respirar el aliento depresivo de esa vida sin encanto. Es cierto que, lentamente, ha habido reciclaje de las fuentes de empleos, pero estos empleos no se comparan jamás, en términos de ingresos, beneficios, seguridad laboral y satisfacción existencial, con aquellos sólidos puestos en la manufactura. La gente fue empleada de nuevo, pero bajo condiciones de absoluta precarización. Hay que añadir que el movimiento sindical que sostenía, con su acción colectiva, la calidad de esos empleos industriales ha quedado casi postrado. Además, la automatización y la digitalización eliminan fuentes de trabajo intelectual y manual.

A esto se suman la privatización, la reducción y eliminación de servicios públicos, la vigilancia electrónica, la militarización, la enfermedad y la desesperanza que conduce en proporciones epidémicas al suicidio o a muertes por sobredosis vinculadas a la adicción a opiáceos. La elite corporativa ha pasado también por una reconversión al capital puramente financiero, más cercano en su dinámica a un casino que a una empresa productiva. Así, esa elite pierde lo que Luc Boltanski y Eve Chiapello llamaron «el espíritu del capitalismo» y se sume en la decadencia moral, paralizada por su propia codicia y arrogancia, sin capacidad de reproducirse como grupo dirigente de la sociedad en cualquiera de los dos bandos políticos, demócratas o republicanos. No han podido producir siquiera un candidato mejor que el inane Joe Biden para reemplazar a Trump, por lo que posiblemente no lograrán deshacerse hasta 2024 del líder máximo que expone, con su conducta francamente canalla, la pérdida irreversible de legitimidad, no de su presidencia, sino de la idea misma de Estados Unidos. Esa pérdida general de legitimidad de la clase dirigente es la que permite que un electorado sin norte ni liderazgo realmente hegemónico vote por cualquier aventurero con demagogia y respaldo financiero.

Al final de una primavera desolada por el encierro propio de las actuales condiciones de pandemia, millones de personas se indignaron cuando vieron cómo un policía motivado por las políticas supremacistas de Trump asfixiaba a un hombre negro desarmado y esposado, aplastándole lentamente el cuello sobre el pavimento con la rodilla hasta matarlo. El hombre apenas pudo decir: «No puedo respirar», y los testigos afirman que también llamó a su mamá, como si fuera un niño que pide ayuda, antes de expirar. Multitudes de todos los colores y géneros vencieron esa epidemia de las epidemias que es el miedo, y echaron a andar.

nuso.org/articulo/Estados-Unidos-Trump-George-Floyd/

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