El bacilo de Vox

Por Rafael Cid

Si el bacilo de Vox avanza impunemente en su alzamiento recentralizador, tradicionalista, xenófobo, antifeminista y homófobo, no será solo por sus propias y aún escasas fuerzas…

Por Rafael Cid

Con ser preocupante la irrupción de Vox en la escena política con 12 diputados en Andalucía y, de paso, haber sembrado una pica en el Senado, eso no es lo más deprimente. Con el tiempo la ergonomía de las posaderas se adapta al escaño y el hábito hace al monje. Lo peor a medio y largo plazo está en su onda expansiva “tradicionalista y de las jons” contra todo lo que suene a demasiado avanzado. Su marcial “a por ellos” entraña una acometida contra la emigración, el nacionalismo cívico (desde el rodillo centralizador del Estado-nación, por supuesto; de ahí su euroescepticismo beligerante) y otros muchos derechos de última generación y prácticas emancipatorias de la postmodernidad: feminismo, perspectiva de género, aborto, laicidad, memorialismo y hasta ecologismo. Ese es el verdadero y potencialmente contagioso, por intrusivo, bacilo de Vox.

El problema, andando el tiempo, surgirá si en la orilla izquierda no encuentra los suficientes anticuerpos naturales para contener la embestida. Estamos ante un ente patógeno que será tanto más resistente al tratamiento cuanto más parasite a esa ingente población que contempla ciertos usos y costumbres emergentes como una agresión a sus creencias vernáculas. Por acción, omisión o remisión el bacilo de Vox cuenta en esa dimensión con aliados potenciales para su cruzada involucionista. La ignorancia y la indiferencia suelen ser involuntarios compañeros de viaje de demagogos sin escrúpulos y traficantes de sueños. La progresión en media Europa del populismo ultra, participando en gobiernos (Italia, Hungría, Polonia, Noruega, Finlandia) o con presencia en el parlamento estatal (Grecia, Francia, Alemania, Eslovaquia. Dinamarca, Austria, Holanda, Gran Bretaña) tiene también que ver con haber sabido galvanizar el rencor social desatado contra las élites financieras causantes del austericidio.

Otra cosa es que a medida que Vox progrese en el organismo social siga manteniendo la misma viralidad. Despeñaperros abajo, aparte las consabidas circunstancias estructurales favorables, su relativo éxito se ha visto estimulado por la especificidad del territorio electoral. El efecto condensación de voto en un mapa de solo 8 provincias menguará en el caso de las 52 (50+2 ciudades autónomas) que operan en el marco de unas generales. Lo que pase en las europeas con circunscripción única está por ver, aunque ahí cabe que su impacto se frene por la polarización ideológica que la llegada de la extrema derecha ha despertado. En cualquier caso conviene no sobredimensionar las capacidades de Vox ni caernos del guindo. Al fin y al cabo los partidos que han gobernado durante estos 40 años nunca se plantearon inhabilitar a formaciones ultraderechistas, tipo Falange o Democracia Nacional, concurrentes a todas las elecciones habidas (si se ilegalizaron, por el contrario, Herri Batasuna o Euskal Herritarrok). Tampoco hay que hacer propaganda gratuita al depredador como ha sucedido en la campaña andaluza al tratar Susana Díaz de demonizar al PP y Ciudadanos metiéndoles en el mismo saco que al grupo de Santiago Abascal. Cuando, por ejemplo, el partido de Albert Rivera había sido el último y decisivo sostén parlamentario para dar la presidencia de la Junta al PSOE-A.

Este panorama, con sus idas y venidas, para ser debidamente contenido y eventualmente erradicado, debería compensarse con un relanzamiento de la ética política, los valores democráticos y la defensa inalienable y contumaz de los derechos humanos. ¿Existe ese botiquín de primeros auxilios en la caja de herramientas de los partidos establecidos? A primera vista, y a tenor de las reacciones habidas en sus filas ante el brusco desembarco de Vox en la arena política, la cosa dista mucho de cumplir con el mínimo aconsejable. A derecha e izquierda lo que ha habido ha sido más de la mismo, oportunismo y prédicas sin ejemplaridad. Lo hemos visto sobre cuestiones como la propuesta para que gobierne el partido más votado. Su inventor, el Partido Popular en tiempos de Mariano Rajoy, hoy no quiere saber nada y dice verdes las han segado, mientras el negacionista de antaño, el PSOE de Pedro Sánchez, ahora lo reclama con la fruición de un converso. También comparten de aquella manera lo del “cordón sanitario” a formaciones antidemocráticas. Primero lo pidieron PP y C´s, cuando el PSOE ganó la moción de censura con votos de los independentistas y Bildu, y tras el 1-D andaluz son PSOE y Unidos Podemos quienes reclaman un apartheid a Vox.

De distinto calibre es lo que se argumenta en los púlpitos mediáticos por políticos y periodistas respecto a las manifestaciones ciudadanas alentadas por Unidos Podemos en su “alerta antifascista”. Aquí la criminalización tiene signo y rango distinto. La tesis más socorrida en esos ambientes es considerar las protestas como un acto antidemocrático propio del mal perdedor, llegando hasta el punto de insinuar su prohibición. O sea, con la excusa de la defensa de la legalidad, se está sugiriendo lisa y llanamente la conculcación de la libertad de expresión, de participación política no reglada y de conciencia. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Otra cosa es que lo de Iglesias pueda considerarse un error envuelto en una torpeza, sobre todo teniendo en cuenta que el partido morado basó su larga marcha a través de las instituciones en una calculada desescalada de la movilización popular autónoma.

Y si cruzamos de margen, las respuestas son del mismo rancio rasero. Se habla, ahora desde la izquierda, de crear un bloque (unos lo llaman constitucional y otros antifascista) que contenga el bacilo de Vox por llevar en su ideario “propuestas anticonstitucionales”. Tal fundamentalismo, de prosperar, dejaría la política en una suerte de teología inquisitorial, con un atado y bien atado que obligaría a blindar la Constitución de la raya a la cruz. Una Carta Magna eterna, incorruptible, como el brazo de Santa Teresa que Franco llevaba en sus escasos desplazamientos. Al margen de ironías, exigir ese “respeto constitucional integral” (antes lo llamaban en bonito “patriotismo constitucional”) es lo más opuesto a lo que significa una constitución, y el propio ejercicio de la política, que pivota sobre la posibilidad real de cambio sin atender a sagrado.

En esto el puritanismo maniqueo de algunos sectores progresistas es preocupante. Ven la paja en el ojo del contrario pero no la viga en el propio, y llegan a asumir con naturalidad la dialéctica facha amigo-enemigo que postulaba el teórico del nacionalsocialismo Carl Schmitt. Se rechaza, con toda razón del mundo, al impresentable ex juez que lidera Vox en Andalucía por su carcundia homófoba y cuartelera, advirtiendo que llegó a ser sancionado y temporalmente apartado de su función jurisdiccional. Pero desde esas mismas posiciones, impasible el ademán, se pasea como un dechado de virtudes al también ex magistrado Baltasar Garzón, efectivamente expulsado de la carrera judicial por prevaricación. Sin que semejante tachón en su hoja de servicios impida su colaboración estelar en tertulias televisivas, conferencias de alto copete y prestigiosas tribunas periodísticas. ¿Uno de los nuestros?

Si el bacilo de Vox avanza impunemente en su alzamiento recentralizador, tradicionalista, xenófobo, antifeminista y homófobo, no será solo por sus propias y aún escasas fuerzas, habría sido espabilado por la indigencia ética y democrática de sus adversarios ideológicos. Que Vox y sus catecúmenos hayan alunizado a la cosa pública en la Andalucía del socialismo rociero y los ERE tiene su enjundia.

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