El asunto catalán

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Por Miquel Amorós

Cuanto más efímero es un tiempo,

tanto más se orienta según la moda.

(Walter Benjamin, Libro de los Pasajes)

 

Sorprende, y aún más visto desde fuera, el pulso que la oligarquía política catalana ha mantenido con el Estado español, pero lo que de verdad resulta extraordinario es el apoyo popular logrado, en parte por méritos propios, pero también por confluir en el tiempo un número determinado de factores favorables al llamado “procès”. La cuestión catalana ha rozado la crisis de Estado. Nadie desconoce que el catalanismo político participó en la redacción de la constitución española posfranquista y que desempeñó un papel estabilizador durante la “transición” de la dictadura al sistema de partidos amnésicos, facilitando en varias ocasiones la “gobernabilidad” del Estado del que ahora aspira a separarse. A cambio obtuvo sustanciales transferencias. Pero subyace en el nacionalismo, probablemente por los lazos que mantiene con el mundo de las emociones, una disposición singular a desarrollarse como moda, y una de las reglas de oro de la moda es la abolición del pasado, sustituido por un presente desmemoriado. En torno a la Generalitat, los municipios, las diputaciones y demás instituciones autonómicas había fructificado un entramado de intereses político-económicos en consonancia con intereses financieros y comerciales de mayor calado. El dinamismo capitalista de Cataluña exigía un considerable aumento del poder de decisión local que tropezaba con las maneras centralistas del viejo Estado monárquico. Cabía esperar una redistribución de poderes en forma de un nuevo “Estatut”, que afectara a la gestión de infraestructuras, y sobre todo, ampliara competencias jurídicas y fiscales. Sin embargo, la sentencia del tribunal Supremo de 2010, que en la práctica anulaba la prometida carta magna catalana, fue un jarro de agua fría y la señal de un cambio radical de estrategia de la oligarquía burguesa catalana, que ni siquiera podía hacer frente a las deudas contraídas por su Govern. Al colocar la independencia como objetivo a corto plazo, unificó en torno a ella a todos los sectores que podían considerarse perjudicados por la crisis económica, por el gobierno central corrupto y autoritario, por la derecha cavernaria, por la monarquía borbónica y por la globalización capitalista: pequeños empresarios y comerciantes, clases medias asalariadas, profesionales, funcionarios y cuerpos de seguridad autonómicos, sindicalistas, estudiantes, alcaldes, concejales y vecindario de ciudades pequeñas y pueblos agrícolas, separatistas irredentos, esclavos de la moda, etc. En fin, había resurgido un “pueblo catalán” dispuesto a obedecer las consignas que sus dirigentes le transmitían a través de eficaces aparatos de movilización (la ANC, Omnium Cultural, TV3, AMI), comportándose siempre pacífica y cívicamente, de acuerdo con guiones previamente marcados y trabajados en detalle. Vale la pena señalar la repugnancia de los patriotas catalanes, “gent de pau”, por los frentes nacionales, las asambleas de base deliberantes, la kale borroka y las huelgas salvajes. La propaganda nacionalista consiguió crear un mundo aparte, tranquilo, con su variada simbología, su barroquismo, sus figuras heroicas, su rollo convivencial y sus lugares comunes, con un discurso circular, un pueblo, unas víctimas propiciatorias y un enemigo hechos a medida. Ante una demostración imponente de aquiescencia popular como la que se produjo al llamado del Govern, los parlamentarios soberanistas podían presentarse como escrupulosos cumplidores del mandato efectuado por un pueblo aleccionado, que, lejos de reunirse en asambleas para debatir y constituirse como tal, todo lo fiaba a sus dirigentes políticos y a sus líderes mediáticos.

El concepto de pueblo es inherente al de soberanía, pues el pueblo soberano es fuente de derecho, fundamento de una nueva legalidad, más “democrática” que la estatal. En tanto que pueblo en lucha contra el colonialismo español tiene “derecho a decidir”, es decir, a autodeterminarse, a separarse de un estado opresor, promulgar leyes y dotarse de un gobierno propio, de preferencia, republicano. Como auténticos “demócratas”, genuinos intérpretes de la voluntad popular, los diputados soberanistas tendrían que votar el nuevo curso legal de la autodeterminación para luego negociarlo por las buenas con el Estado español, que como era de suponer, no estaría por la labor. Ese fue el punto débil de la estrategia soberanista, o mejor del relato “indepe”, que convertiría el espectáculo de la separación en pura comedia. El final del “procès” no fue tan épico como el día del referéndum y el de primera huelga en la historia convocada por la patronal. El aparato soberanista había anotado un gran gol en puerta contraria librando a la publicidad el dispositivo represor del Gobierno central, pero después del clímax de la declaración simbólica de independencia en el Parlament bastó un simple decreto para que las cosas volviesen a su cauce. La cosa no iba de independencia, sino de “diálogo”. El “pueblo” heroico se quedó en casa inmóvil frente al televisor, mientras los interventores de los ministerios ocupaban las consejerías sin necesitar la intervención de un solo agente de la fuerza pública. El traslado de las sedes de La Caixa y el Banc de Sabadell encabezaban una huida de empresas que ponía de manifiesto, junto con una caída controlada de la Bolsa y una bajada del turismo, la ruptura de los ejecutivos capitalistas con el “procès”. Ese fue el segundo error del soberanismo, pensar que el sostén capitalista era seguro a pesar de la merma de ganancias. El tercero fue el de la internacionalización de la causa catalana. El soberanismo jugó bien su última carta, la de la “mediación” internacional, pero la batalla diplomática se saldó con un triunfo del gobierno central, ya que ningún Estado se solidarizó con el “procès”. Como en el juego de la oca, el bloque soberanista cayó en la casilla que le devolvía al principio, retornando al victimismo de rigor y a las peleas por el liderazgo, instrumentalizando como de costumbre la cultura catalana, y aceptando frívolamente unas nuevas elecciones autonómicas con la agravante de haber provocado la aparición de un potente españolismo “de país”. ¿Hacían falta alforjas para este viaje?

La respuesta es que sí. El nacionalismo, como la moda, no estará en el candelero si se acerca a sus objetivos enarbolados, o sea, si empieza a negociar la independencia; su triunfo suprime en él la fuerza diferencial, la particularidad que le vuelve atractivo, y rebaja la tensión. Es evidente que la crisis catalana ha sido lo suficientemente grave para el Estado como para plantearse un encaje diferente de Cataluña dentro de él, con mayor autonomía, pero no serán los soberanistas actuales quienes lo negocien. El enemigo –el bloque unionista- ha salido reforzado moral y electoralmente de la contienda. La masa trabajadora urbana, despolitizada por decenios de socialdemocracia y estalinismo, se ha vuelto “constitucionalista” sin saber nada de la Constitución. En las barriadas populares del área metropolitana de Barcelona, de las grandes ciudades y de la costa ondean banderas españolas. Como ha sucedido otras veces, el grado de soberanía será determinado por los partidos no soberanistas y el destino de Cataluña se decidirá en el parlamento español. Es la ironía de la historia. También es evidente que Cataluña será ingobernable si se intenta dirigirla en contra del soberanismo, aun cuando pase moda. La represión no servirá de nada, bien al contrario, le proporcionará argumentos. Las muchas contradicciones del soberanismo no le van a pasar factura en lo que concierne a sus votantes. El Estado español le hace el juego. Si las cosas no son como empiezan, sino cómo terminan, es visible para quien no se conforme con el relato oficial de la soberanía, que el “procès” ha sido una farsa muy bien montada más que otra cosa, y lo que pueda parecer extraño pero no lo es, es que a la mayoría de sus partidarios les dé igual. El soberanismo ha sido un excelente gestor de las emociones. Sus huestes querían oír exactamente lo que sus dirigentes les decían, sin preocuparse por la falsedad o la demagogia que los mensajes podían contener. Y lo siguen queriendo. El engaño y la verdad no son distinguibles en un contexto sentimental e hipnótico, porque el nacionalismo es una fe y su meta está en el cielo. Lo que buscaban las masas era la catarsis y ésta tuvo lugar. La descarga emocional que implicaron las escenografías multitudinarias se hizo con el suficiente realismo y en fin, otras descargas menores se irán sucediendo en las próximas ceremonias de una independencia pura por la que nadie ha de sacrificarse. Eso es lo que cuenta, el espectáculo, no la verdad. El pueblo nacionalista se encuentra tan cómodo montado en su tren, que cabe concluir que la tierra prometida es en realidad el propio ferrocarril.

Lo preocupante del asunto es el hecho de que las minorías contestatarias hayan picado el anzuelo y confundido lo que era una disputa entre dos fracciones de la casta dirigente con una lucha de liberación popular. ¡Un vulgar reparto de poder tenido por conflicto social! Sin la menor vacilación se apuntaron a una movilización electoral que no pretendía en el mejor de los casos más que constituir un Estado similar en todo al existente, incluida la no-separación de poderes, sólo que en pequeña escala. Un Españita, como decía el malogrado Agustín García Calvo. Gente hasta hacía poco perseguida por los Mossos, que había sido víctima de montajes de la inteligencia policial y denostada en el Parlament como “antisistema”, aplaudía a las fuerzas represivas catalanas y defendía a muerte las urnas facilitadas por el Govern, deseosa de participar en un movimiento interclasista sin cuestionar para nada su dirección y su finalidad. No es fácil de explicar por qué los clichés nacionalistas han calado tan profundamente, cómo se ha alcanzado un nivel de debilidad mental de masas tan grave y cómo una frustración tan extensa haya podido traducirse políticamente de una forma tan irracional y tópica. Estamos enterrando una época, la de la razón, la del proletariado consciente, la de la lucha de clases, y las pasiones se ponen al servicio de la sinrazón y de los intereses plutocráticos. Cierto es que el movimiento obrero autónomo hace tiempo que desapareció dejando un reguero de desclasamiento y una sensación de derrota. Más cierto es que la exclusión social no ha generado ningún movimiento anticapitalista, ni siquiera a nivel primario. Dada la implosión capitalista, es un hecho incontestable la proletarización de las clases medias. Su mentalidad está determinada por la situación económica que gozaban con anterioridad a las crisis. Rechazan de todo corazón la condición proletaria a la que están abocados, por lo cual la ideología ciudadanista y el nacionalismo, importante la primera en la metrópolis barcelonesa y el segundo en la Cataluña comarcal, les son preferibles al socialismo revolucionario. En resumen, el factor determinante en el actual panorama ha sido la politización de las clases medias asalariadas, hasta hoy base electoral de los partidos tradicionales, un fenómeno responsable del abandono de las cuestiones sociales por la lucha política. El socialismo estatal o antiautoritario del proletariado ha sido acallado por el ciudadanismo más o menos patriótico, y la autogestión ha quedado relegada por el “asalto” a las instituciones. El fin de la clase obrera como fuerza social transformadora ha dejado la iniciativa a otras clases socialmente más conservadoras, keynesianas, profundamente estatistas, y entre tanto, las minorías rebeldes, el gueto libertario, los sindicatos alternativos y los llamados “movimientos” sociales, no hacen más que reflejar la degradación de la conciencia de clase, la pérdida de la memoria y el olvido de la experiencia que se desprenden del protagonismo espurio mesocrático.

El anarquismo es el movimiento que más ha dado muestras de descomposición, no siendo ni por asomo, el heredero de lo que fue. Ha sucumbido a todas las ideologías reaccionarias y a todas las modas, y su desarreglo es tan profundo que no cabe esperar de él otro empleo que el de mamporrero de la soberanía, punta de lanza del sindicalismo vulgar, divulgador de identidades apócrifas y pregonero de la posmodernidad. Al paso que va, pronto no será más que un lugar de tránsito hacia actividades mejor remuneradas e integradas en el sistema dominante, como la economía social, la ecología institucional, la política ciudadanista o el nacionalismo populista. El anarquismo había vivido siempre en simbiosis con el movimiento obrero, al que había proporcionado ideales, y con frecuencia, redaños. Cualquier anarquista de entonces hubiera dicho que el nacionalismo no era sino un intento de la burguesía de dividir al proletariado; que el conflicto nacionalista era un falso conflicto (Madrid-Cataluña, Estado central-pueblo catalán) para ocultar el verdadero (burguesía-proletariado). Que la cosa no iba de nacionalidad, sino de anticapitalismo; que los auténticos colonizados y oprimidos no son los catalanes, sino los obreros asalariados; que los trabajadores no tienen patria ni Estado. En su prensa encontraríamos con facilidad análisis del nacionalismo desde un punto de vista de clase. Y en la historia se producirían frecuentes enfrentamientos con los nacionalistas, a veces sangrientos. La barrera entre el nacionalismo y el anarquismo era nítida, y eso es lo que el soberanismo actual ha logrado eliminar. Al erigirse en principal fuerza social y política, pero sobre todo, en la figura ejemplar de la corrección política, el nacionalismo ha polarizado la sociedad, obligando a todas las demás fuerzas a definirse en relación con él, es decir, a tomar partido a favor o en contra. La cuestión social ha sido ampliamente sustituida por la cuestión nacional. La casta soberanista es la única con un proyecto de Estado y de “país” que está de moda, por eso le ha resultado fácil desbordar a “la izquierda” ciudadana y dejarla fuera de juego, “demodée”. Sabe lo que no quiere y a dónde quiere ir, aunque no sepa muy bien cómo. El camino cuenta menos que el objetivo realmente buscado, a saber, la ampliación del estatuto catalán. Y si bien el ciudadanismo de marca trata de mantenerse fuera de los “bloques” con dosis cada vez más altas de ambigüedad e ineficacia, la mayoría de los anarquistas se han subido al tren soberanista con la fatua esperanza de encontrar grietas por donde colar cuestiones identitarias y sociales. Su razonamiento puede reducirse a eso: si las masas quieren referéndum de independencia, elecciones parlamentarias, diálogo con “Madrid” y Estado, en principio, si no se quiere separarse de ellas, habrá que aceptarlo.

El anarquismo ha perdido la “trabazón” con los obreros pero parece haber encontrado un lazo bastante sólido con la clase media y el nacionalismo. El derecho laboral se ha hermanado con la libertad de los pueblos, y las papeletas, con la acción directa. Ha confluido con la izquierda catalana en los Comités de Defensa del Referéndum primero, y de Defensa de la República después, volviéndose esotérico y populista, puesto que defiende a un “pueblo” fantasma y combate por un Estado ectoplásmico. Está dispuesto a actuar como carne de cañón del soberanismo, que es como decir de una fracción de la burguesía. Las mismas CNT y CGT tienen a profesores universitarios de secretarios generales; la flor y nata de la ciudadanía, los funcionarios, dirige las organizaciones que de anarcosindicalistas no tienen más que el nombre. Los centros sociales están plagados de estudiantes, el exponente radical de la miseria típica de la clase media asalariada. Lo peor de todo es que el reformismo y el soberanismo libertarios no han acarreado la aparición de una extrema izquierda esclarecedora en el movimiento anarquista. Éste no da la talla y ya no es capaz de concebir un proyecto social desmarcado del soberanismo y del ciudadanismo. No es capaz de constituirse como corriente social radical distinta de sucedáneos tales como la CUP, Podemos, las Mareas o Los Comunes. La ideología neoanarquista gira en torno al concepto de “pueblo”, idea prestada del nacionalismo burgués originario. Sin embargo, el “pueblo” no es ningún sujeto político y mucho menos una clase distinta de la burguesía, una mayoría social homogénea y unificada que pugna por liberarse y construir un Estado garante de su libertad. Bien es verdad que no hay sujeto revolucionario, puesto que no existe un movimiento obrero susceptible de serlo. Tampoco hay pueblo catalán; lo que se designa como tal solamente es el producto de la propaganda institucional soberanista, una masa sumisa de electores relacionados entre sí virtualmente mediante redes sociales y aplicaciones de telefonía móvil, no la manifestación de una voluntad independiente emanando de una colectividad consciente de su pasado forjada con relaciones directas, cultura propia e intereses comunes reales. En último extremo el pueblo catalán es una entelequia a través de la cual la casta soberanista deviene clase nacional y se constituye ella misma en nación, a la que sólo falta un Estado. El patriotismo es una religión estatista. Esa es la realidad del supuesto “pueblo soberano”: una imagen publicitaria, una abstracción que conduce a otras como “patria”, “nación”, “democracia” o “Estado”. Un mito que permite a unos advenedizos iluminados hablar en su nombre y patrimonializar las instituciones por su cuenta. En pleno capitalismo mundializado, en fase terminal, no hay más que explotadores y explotados, sean catalanes o no lo sean, clase dominante y clases dominadas; no hay más que dirigentes y dirigidos, masas oprimidas y Estado, y no ha lugar más que a la falsa conciencia nacionalista o a la conciencia revolucionaria de clase, al patriotismo de campanario o a los ideales universales de emancipación. De la patria no cabe esperar sino libertades abstractas, tuteladas por una casta privilegiada; las libertades auténticas serán fruto de una lucha de clases llevada hasta sus últimas consecuencias.

De los antagonismos reales presentes ha de resurgir un nuevo proletariado inasequible a las modas ideológicas, a los proyectos ajenos de otras clases, a las luchas de palacio, a los espejismos nacionalistas. A pesar de que algunos inesperados resultados de la disputa entre las castas oligárquicas, como por ejemplo la desbandada de turistas, la quiebra de inmobiliarias o la fuga de inversiones cuenten con su más sincera aprobación. Los combates sociales han de seguir sus propios derroteros, su ritmo y marcar la diferencia. Evidentemente, la defensa de la cultura popular forma parte de ellos, pero ésta es todo lo contrario de una cultura subvencionada de Estado. Hay conflictos en los que se ha de estar y otros en los que no. Hay límites que conviene no traspasar y contenidos que interesa tener siempre presentes. No hay que caer en una guerra de banderas, una pugna de consignas o una competición de parafernalias. Tampoco se trata de confeccionar una ensalada populista con todos los ingredientes capaz de contentar a tirios y a troyanos. Esto va de alienación y de toma de conciencia, de principios y objetivos, de táctica y estrategia. Es una manera específica de hacer y una lucha a muerte por las ideas, las de una colectividad revolucionaria que intenta formarse en el fragor de luchas sociales verdaderas contra el Estado y el Capital.

Miquel Amorós.

Para el libro “Anarquismo frente a Nacionalismos”

20-12-2017

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